16 de octubre 2002 - 00:00

Países buscan fuerzas profesionales

El intento de reimplantar el servicio militar obligatorio es para algunos un retroceso, en especial cuando en la mayoría de los países europeos y latinoamericanos se pugna por generar buenos ejércitos profesionales. Para otros, es la posibilidad de recrear los efectos que históricamente se le atribuyen al servicio obligatorio como «integrador» y «educador».

Esta nueva concepción de ejércitos profesionales tiene que ver con el fin de la Guerra Fría, los cambios económicos y con un abandono del rol político de las Fuerzas Armadas en un esquema de fortalecimiento de la democracias.

En ese esquema geoestratégico es básico señalar que la ausencia de posibles conflictos bélicos ha reducido la idea de ejércitos poderosos, alimentados por ciudadanos civiles que cumplen con el Servicio Militar Obligatorio.

Países como Brasil han entrado en esta fase y hasta Cuba, que supo tener el ejército más grande y mejor equipado de la región, ha reducido drásticamente sus gastos militares y el volumen de sus tropas. Como excepción aparecen México y Colombia, dos zonas en conflicto permanente y que tienen tras de sí la irrupción en el escenario político de la guerrilla armada.

Hace siete años, la Argentina tuvo el privilegio de producir una giro de 180 grados en esta concepción del servicio militar y de hacer punta en Latinoamérica, sobre todo después del fracaso de la Guerra de Malvinas. Fue Carlos Menem en 1994, después del asesinato de Omar Carrasco en un ignoto cuartel del Zapala, provincia de Neuquén, quien se animó a anunciar el fin de la centenaria «colimba» y su reemplazo por un ejército de profesionales.

«Muchas veces, aquellos que hemos tenido la suerte de hacer, y digo suerte, el servicio militar, sabemos muy bien que a partir del rigor de la disciplina a algunos se les va la mano»
, dijo Menem aquella vez para abolir la centenaria ley Richieri que en 1900 instauró el Servicio Militar Obligatorio. Aunque antes lo había hecho Chile, que actualmente discute su continuidad.

En aquel momento, el anuncio de Menem pareció una jugada electoral audaz, dispuesta a ganar la simpatía de los nuevos electores; sin embargo, para los analistas políticos se trató de una medida que tendía a reforzar el sistema democrático bajo la atenta mirada de un Pentágono que prefería discutir con democracias sólidas y no con dictaduras.

En realidad, lo que hacía la Argentina era mirar el contexto internacional donde los ejércitos grandes dejaban paso a los de menor envergadura, más calificados y con mayor tecnología. Por caso, España puso fin a este sistema en enero de 2001, después de 231 años.

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