Las obras de Sir Edward Elgar (1857-1934), así como las de otros compositores ingleses, no son muy difundidas ni apreciadas en los auditorios con público mayoritariamente latino, para quienes la música británica es distante, flemática y fría. En pocas ocasiones, se permiten algún rasgo de apasionamiento y de osada transgresión a la tradición, tal vez algún momento en las óperas de Britten y el Concierto de violoncello del mismo Elgar.
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Este oratorio, de casi dos horas sin interrupción, está bien equilibrado en alternancias con los solistas, una importante y vital intervención del coro, de música agradable incuestionablemente bien escrita, pero no es atrapante ni emocionante, y sí tiene delirios de grandeza.
Sin duda, Mark Deller domina el género y la obra se sigue con interés, con la esperanza de alguna sorpresa o un nuevo aporte. La versión fue prolija, los músicos de la Sinfónica Nacional se adhirieron a la ética del armado sólido, y el Coro de la Wagneriana acusó una buena preparación del experto Alberto Balzanelli, aunque la rusticidad en la sección de sopranos y contraltos en el coro místico del Pentecostés fue un contraste notable con la labor general.
De los solistas sobresalió, aun sin proponérselo, la estupenda voz y la teatralidad de Lynne Dawson, sobre todo en la secuencia « El arresto», donde el monólogo de María llegó a las fronteras de lo sublime; sus compañeros de labor se mostraron destemplados hasta la incomodidad, sobre todo el barítono Glenville Hargreaves y el tenor Robert Johnston, este último, con su distancia en la afinación; la mezzo Wilke te Brummelstroete, en un plano apenas aceptable.
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