10 de agosto 2001 - 00:00

Sólo se saldrá de la crisis con medidas duras

En las últimas semanas la Argentina avanzó mucho más que en los últimos dos años en armarse para una pelea dura para enfrentar la crisis de la deuda y el shock competitivo. Sin embargo, todavía se sigue y se seguirá debatiendo entre la devaluación y el default en parte porque hay que probar que el déficit cero funciona y en parte porque desde el exterior no se ha sabido interpretar bien que existe una chance cierta de que las cosas están cambiando y que tienen que aflojar con tanto pesimismo hacia un país viable y vivible como la Argentina.

Lo que hemos estado viendo es un reconocimiento de que el diagnóstico realizado en marzo por el equipo económico de López Murphy era el correcto. Aún cuando se discuta sobre los contenidos y los instrumentos, lo cierto es que el ajuste al déficit cero es un reconocimiento de que en circunstancias tan desfavorables, de tanto pesimismo hacia la viabilidad de la Argentina, la única salida posible es corregir las cuentas fiscales con una reducción del gasto público de un modo que sorprenda hasta a los más escépticos. Y la sorpresa no se basa en el ajuste en sí sino en la capacidad de hacerlo sin cocinarnos en nuestra propia salsa.

• Errores

El segundo trimestre de 2001 quedará en la historia como una seguidilla de errores por pensar que se podía eludir la batalla principal. En primer lugar, se ignoró la pregunta más difícil que se hacía sobre la Argentina: ¿Cómo defender un esquema cambiario duro («hard peg») cuando nadie en el mundo cree en tal cosa? La respuesta argentina siempre fue «con reglas y con señales» de que se iba a endurecer si era necesario. La estrategia desde abril confundió y debilitó esta imagen. En segundo lugar, falló completamente la estrategia de reactivación apelando a cosas tan poco sólidas -sobre todo después del diagnóstico de marzo-como la confianza del consumidor y los programas de competitividad. Varios economistas profesionales sabíamos que no funcionaba en la teoría y ahora todos sabemos que no funcionó en la práctica. Es llamativo como todavía subsisten economistas que opinan en los medios sobre reactivación keynesiana en medio de una crisis financiera. La pregunta ¿qué queda de este enfoque? es menos relevante que lo que vino a reemplazarlo como enfoque principal, no accesorio.

La otra gran enseñanza del segundo trimestre es que no sirve el consenso sobre ideas equivocadas. En efecto, hubo un excepcional grado de consenso en el enfoque inicial heterodoxo de marzo/abril (poderes especiales). El 99% del arco político aplaudió los ingredientes heterodoxos y que no funcionaron porque provenían de un mal diagnóstico. Tampoco existe hoy un consenso sobre el ajuste fiscal, pero el realismo se ha venido instalando de manera contundente en la opinión pública. ¿Esto muestra que hay una oportunidad para la Argentina? La respuesta depende de nosotros, principalmente de nuestros políticos y empresarios, y de un frente externo que incluye tanto a los mercados como a los políticos de los países desarrollados.

A esta altura ya está claro que la reacción negativa desde el exterior que se basa en un exagerado pesimismo hacia el país, que si bien se apoya en varios hechos objetivos de funcionamiento de la economía y en una crisis política concomitante, lo cierto es que va mucho más allá de los fundamentales para llegar a argumentar el default de la Argentina como algo inexorable. Hemos entrado en una fase en donde para 9 de cada 10 observadores externos la «verdad revelada» es ahora que la Argentina se va al default y la carga de la prueba está en demostrar lo contrario. Esta posición destructiva es muy preocupante porque es un mensaje absolutamente vacío de contenido e imprudente para la salud del sistema económico regional e internacional. Es vacío de contenido porque hemos llegado al punto en que ya ni siquiera se piensa o no se proponen medidas para sacar al país del default. Las propuestas o ejercicios de default que han circulado no sólo están mal técnicamente porque se basan en supuestos erróneos de comportamiento de la economía frente a una cesación de pagos. También son de una incredulidad notoria el pensar que la quita de la deuda va a ser parcial, porque ignoran los incentivos y el escenario político que puede traer aparejado una movida hacia la cesación de pagos.

• Interrogante

La pregunta relevante ahora es cómo revertimos esta situación y percepción pesimista a partir de la implementación de la regla de déficit cero sobre la que tiene que encolumnarse la mayoría de la sociedad con los políticos y los empresarios a la cabeza. Existen tres puntos fundamentales sobre los que hay que llamar la atención en este momento: «hacer» el déficit cero, maximizar las reformas estructurales sobre el gasto y la economía y no dilapidar la última ayuda externa pensando que sirve para reactivar sin hacer lo nuestro.

El primero es que la credibilidad se va a ganar haciendo camino al andar y no discutiendo la equidad del ajuste. Por más duro que esto suene, no nos sirve la equidad de los cementerios en donde todos los muertos somos iguales. En el corto plazo hay que darle al déficit cero un claro contenido de regla de caja que tiene que cumplirse en un sentido estricto de restricción presupuestaria dura. Lo que se está discutiendo ahora con el piso de recorte salarial y de jubilaciones debe ser complementado por un mecanismo de suspensión de personal o cierre diario o semanal de algunas partes del gobierno (como realizó Clinton en su momento para cumplir con el presupuesto). Esto va a ser equitativo para los jubilados porque ellos no pueden ser suspendidos. Y también más justo para los empleados públicos porque se va a pagar menos por menos trabajo.

El segundo punto es moverse rápido hacia la introducción de elementos estructurales en el presupuesto 2002 que resultan fundamentales para escaparse de la lógica destructiva de la reducción salarial y la persecución de una base tributaria que se va cayendo. Esto supera a los elementos del recorte anunciado en marzo e incluye de manera especial a la reforma estructural del Estado, ahora trasladada a los otros niveles de gobierno, y que tiene que empalmarse con la regla temporal de suspensión de personal en el sector público.

El próximo presupuesto tiene que hacerse sobre un criterio que maximice las reformas estructurales sobre el gasto y el funcionamiento de la economía, debe trasmitirse con mucha claridad a la opinión pública y finalmente debe someterse simultáneamente a una consulta popular y a la votación del nuevo Congreso elegido en octubre con toda la carga de la responsabilidad de salvar o hundir al país.

El tercer punto es el de mostrar que los fundamentales de largo plazo de la Argentina en cuanto a crecimiento potencial, exportaciones y capacidad de ahorro hacen sostenible el ajuste sólo si la tasa de interés externa acompaña el esfuerzo doméstico. Los números de crecimiento del producto potencial (lo máximo a que puede crecer la economía) y de la productividad total no van a poder esconder el daño de tres años y medio de recesión, pero también es cierto que ningún crecimiento potencial razonable u optimista hace sostenible la solvencia del país a tasas de interés como las que se observan en los mercados.

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