''Cuando viajo, me extraño a mí mismo''

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El actor llega antes del horario acordado. Camisa blanca de mangas largas a pesar del calor de enero en Buenos Aires. Saluda a cada uno de los empleados con los que se cruza en las oficinas del primer piso del Paseo La Plaza. Pide una botella de agua mineral y que bajen un poco el aire acondicionado de la sala. Con una agenda hiperajustada, se predispone a la charla como si encarara un viaje esperado. Cuando habla, mira a los ojos, y no le tiene miedo a hacer silencio para reflexionar o, incluso, para dudar. En un momento del reportaje, dice: «Si uno tuviera el coraje de levantarse cada mañana y abrir los ojos como si fuera la primera vez... como hace un chico que se asombra de todo. Pero los adultos damos todo por hecho. Nos enseñan que la experiencia es muy valiosa. No lo es tanto... Si uno se apoya en la experiencia para vivir, se pierde la vida».

Alfredo Alcón, seguramente el actor más experimentado y reconocido de la escena nacional, opina que lo importante es abrir el corazón: «La idea es que cada uno de nosotros se anime a mostrar un poco de nuestras almas. No tengo un discurso armado. No sé cómo voy a contestar la próxima pregunta. No me interesa dar respuestas supuestamente 'inteligentes'. El inteligente es el que duda, se anima, prueba. El inteligente es el que está vivo».

Desde esta semana, cada noche, Alfredo Alcón revive a Willy Loman, el protagonista del clásico de Arthur Miller «Muerte de un viajante», el hombre que se pasó la vida recorriendo una y otra vez Nueva Inglaterra, Boston, Portland y Waterbury, hasta que acaba siendo despedido «por su propio bien» y todo su mundo se derrumba. Aquí presentamos lo más destacado de la entrevista que Ambito del Placer mantuvo con Alcón.
Periodista: ¿Conoce Nueva York, la ciudad de origen de Arthur Miller, en donde escribió este clásico?

Alfredo Alcón: Conozco algo. Pero no necesité pensar en esas ciudades para componer el personaje, porque habla de un tipo de sociedad, de un sistema que explota al hombre. En un momento de la obra, el protagonista, que ha realizado el mismo trabajo durante treinta y seis años, dice que la empresa no puede «comerse la naranja y tirar la cáscara»... Habla de nuestra sociedad que considera inservible a un hombre de 45 años. No creo que esa situación sucediera específicamente en Nueva York, sino que pasaba en su país y, especialmente, en la mente del autor.

P.: Usted ya hizo «Muerte de un viajante» a fines de los años 70. ¿Por qué aceptó protagonizar nuevamente este clásico?

A.A.: Porque es una obra argentina. 

El director es norteamericano pero escribió una obra que no tiene tiempo, como «Hamlet» o el «Rey Lear». Son textos que describen el mundo. «Muerte de un viajante» es una de las tres o cuatro obras clásicas del siglo XX. Tiene una mirada de eternidad. Parece una obra de Discépolo, con personajes de Roberto Arlt. La familia de Willy Loman pasa del optimismo más grande al pesimismo más espantoso, y sueña con el éxito. Podría ser una familia argentina de hoy. Por eso me interesa esta obra. Cada persona que la ve encuentra cosas distintas. A la misma persona, en época diferente, le remite nuevos matices. Pasa como con los grandes clásicos. Todos nosotros nos vamos a morir y Willy Loman seguirá vivo.


P.: ¿Cuál es la característica de la personalidad del protagonista que más le llama la atención o que se contrapone a su personalidad?

A.A.: Es patético ver cómo está tan equivocado, producto de una educación desacertada en la que uno nació para tener éxito, no para vivir. El objetivo es ser exitoso y caer simpático. No importa si lo que haces está bien o mal. El protagonista pretende llevar una vida aparentemente feliz, pero que esconde una tragedia porque oculta el verdadero sentir del hombre. No se habla de la fragilidad del ser humano, de sus deseos verdaderos. Esta familia vive mal porque se le ha hecho creer que cumpliendo ciertas reglas bastaba para ser feliz. Y estaban equivocados. Lo mismo le sucede a todos los que viven para cumplir con mandatos impuestos, porque hay un vacío. No saben qué hacer en caso de encontrarse con un deseo íntimo, incluso con el silencio. La última película de Federico Fellini termina cuando el protagonista dice:

«Y si hiciéramos un poco menos de ruido...». En cambio lo que hay es cada vez más ruido porque si el hombre piensa, es peligroso. No estamos viviendo bien. No sólo los argentinos, el mundo. Nosotros tenemos problemas económicos, pero hay países en donde la gente es rica y, sin embargo, se drogan y suicidan para poder soportar ese vacío, que no sé con qué habría que llenarlo pero con este ruido seguro que no. Esta es la primera reflexión que me surge, pero seguramente encontraremos más. Porque es una historia viva, que despierta distintos sentimientos. En un mes va a ser diferente. Las personas somos «líquidas», no sólidas, por eso cada vez que uno lee un libro o ve una obra de teatro, le deja sensaciones diferentes. Estamos en continuo movimiento, y gracias a Dios que es así.


P.: Como todo clásico, es una obra que fue realizada a lo largo de los años por diferentes figuras. ¿Recuerda alguna puesta en especial? ¿Volvió a ver la película que protagonizó Dustin Hoffman?

A.A.: Creo que esta pieza es una obra de teatro por excelencia. El cine es maravilloso porque el mar es el mar y una puerta es una puerta. Pero en el teatro se mueve una soguita y el espectador juega a que eso es el mar. Esta obra no es naturalista, sino que pasa en la cabeza de un hombre. Los tiempos se confunden. De repente está hablando en el pasado, y al instante vuelve al presente. Está desordenada como es el pensamiento y eso hace que necesite del escenario. Dustin Hoffman me parece un buen actor y también un actor que tuvo la suerte de nacer en un país donde siempre tiene trabajo. Existen allá unas posibilidades de desarrollo impresionantes. Me gustaría ver a esos actores y directores americanos, que ganan millones, viviendo en Latinoamérica. Ellos no tienen que levantarse a las 6 para hacer televisión y después a la noche ir al teatro y seguir trabajando... Con respecto a otras obras de teatro, tengo una anécdota muy especial. Hace muchos años Milagros de la Vega había hecho el rol de Linda, la esposa de Willy Loman. Yo no había visto la obra porque era muy chico.

Pero en sus últimos años de vida y a pesar de la diferencia de edad, nos hicimos muy amigos. A Milagros le gustaba hablar del pasado y le encantaba que le dijeran que habían visto sus obras. Un día, poco antes de morir, me habló de «Muerte de un viajante». Me preguntó si la había visto, y aunque era mentira le dije que sí para conformarla, que la había visto. Entonces, con emoción, empezó a recitar el monólogo final: «Ya no tenemos deudas, querido. Somos libres. Somos libres...», dijo y se puso a llorar. Fue conmovedor y me quedó grabado para siempre. Cada vez que escucho a María Onetto decir el mismo texto, me emociono y me acuerdo de Milagros.

Viajar, extrañar

P.: Como actor, recorrió distintos países y ciudades. Es especialmente querido en España. Y con «Los caminos de Federico», por ejemplo, visitó toda la Argentina. ¿Le gusta viajar?

A.A.: Sí, en general, me gusta. He trabajado mucho en España, tengo muy buenos amigos, que me llaman dos o tres veces por año para hacer algo. Pero, cuando viajo, extraño. Primero me extraño a mí mismo. Allá no soy yo. Tengo que hablar con la zeta y no sé bien quiénes son ellos. Es decir, si alguien me propone armar un recital de poesías para el público argentino, yo acepto confiado porque sé quiénes somos. Me hago la ilusión que algunas palabras o textos le van a resonar porque nos está pasando a todos más o menos lo mismo. Pero yo no sé qué les pasa a los españoles. Es una vanidad pero me hace bien pensar que aquí, más allá de estar bien o mal en un papel, que es importante, puedo decir con mi oficio y hacerle sentir al otro. Para un periodista es bueno saber de gramática y ortografía, pero más importante es cómo dice lo que tiene que decir. Qué se dice con ese oficio.

P.: ¿Nota diferencias en la reacción del público porteño o del interior?

A.A.: No me doy cuenta. El público argentino es muy afectuoso. En el interior, me parece que ven poco teatro porque, en general, no suelen ver a los buenos actores y el buen teatro que hay en sus ciudades. Hay teatro muy interesante, sin embargo, llega cualquier personaje de afuera, de Buenos Aires, y pagan para verlo. Un día un empresario en Tucumán me preguntó si sabía verdaderamente la obra de memoria. Imaginate los ladrones que habían ido... ¡Cómo no vamos a saber el texto de la obra!

P.: ¿Alguna vez necesitó conocer alguna ciudad o país para componer un personaje o entender mejor a algún autor? Por ejemplo, la Sicilia de Pirandello o la Noruega de Ibsen...

A.A.: Conozco algo, pero si estoy haciendo un trabajo lo único que me interesa es leer la obra. Todos los días, desde que nace la idea, durante los ensayos y hasta que termina la temporada. Leo la obra todos los días, como mínimo un acto, porque de ahí saco sensaciones. Veo cosas que antes no percibí. Siento la respiración de la obra.

Porque cada obra tiene como una respiración. Cuando una función sale bien, los actores y los espectadores están respirando al ritmo que el autor escribió la obra. Ahí se produce el milagro que sólo pasa en el teatro. No en el cine, porque el cine no necesita al espectador. La película es buena o mala pero el espectador no la puede modificar, nada la distrae. En el teatro un movimiento físico o mental, puede mejorar o estropear un clima. Si el espectador no va con ganas de jugar, de salirse de él mismo y jugar, no pasa nada. Lo mismo le sucede al actor. Si uno no sale a jugar, a hacer ese personaje, a observar la mirada del compañero... Y así es como ninguna función es igual a otra. Por más que la vea varias veces, el espectador siempre va a descubrir algo distinto. Con los actores, sucede lo mismo. Siempre cambia porque somos todos los días diferentes.


P.: En general las obras de teatro tienen que ver con la cultura occidental. ¿Ha tenido ganas de conocer, por ejemplo, la cultura oriental? ¿O países que pueden resultar exóticos como la India o Egipto?

A.A.: Claro que me encantaría conocer Oriente, y la India o Egipto. Tengo muchas amigas que viajaron a Egipto y les encantó. Dicen que la gente es muy agradable. Siempre hago los aprontes, pero después me llaman para hacer una obra... y desisto.

Para mí, ensayar es como irse a la India y a Egipto juntos. Meterse en estas obras, por ejemplo, hacer Enrique IV de Pirandello es un viaje, es como viajar a otro mundo. Por eso no me hace tanta falta lo distinto, el afuera, porque ensayando y actuando uno ya está en otro mundo.


P.: Pero la búsqueda es interna... ¿Cuáles son las herramientas que lo transportan en ese viaje?

A.A.: La búsqueda es por adentro pero el mapa para hacer el recorrido está en el texto. El actor tiene que seguir el mapa. El texto te alimenta, va tocando los puntos G de la imaginación para que viajes lejos, para que seas otro y vivas ese otro mundo. Es algo misterioso y produce un estado difícil de explicar.

No sé dónde está un actor cuando una parte de él está creyendo que es otro... Claro que tampoco es para volverse loco. Hay actores que se cuestionan «quién soy» a partir de un personaje. En esos casos, es mejor que consulten a un médico, porque el arte no tiene que ver con eso.

Cada tanto Alfredo Alcón se toma vacaciones y descansa pero, en la semana del estreno de su obra, piensa mucho en su trabajo. No es la primera vez que hace de Willy Loman. Ya había protagonizado «Muerte de un viajante» en 1979, dirigido por Omar Grasso.

Tampoco es la primera vez que interpreta a un personaje del escritor neoyorquino. Antes fue el granjero John Proctor de «Las brujas de Salem» y Eddie Carbone de «Panorama desde el puente». A través de la palabra, los gestos y la mirada expresa su máximo objetivo: bucear adentro de él, en el texto y en su relación con el otro -el director, el elenco, el espectador- hasta lograr que cada función sea «la» función, que le permita sentir y transmitir. Cuenta una anécdota: «Mis abuelos me llevaron por primera vez al teatro a los 7 años. Fuimos a ver a Carmen Amaya, una bailarina española, bajita y no muy linda. Al principio no despertó mi interés, pero cuando empezó a bailar... derrochaba tal pasión y energía que todos nos quedamos sorprendidos. Observé a la platea. La gente estaba pasmada. Sentía que la energía de Carmen les daba miedo. A ella le pasaban cosas por dentro y se las podía transmitir al público. Era como un ciclón, un animal rítmico. Se entregaba en cuerpo y alma. Después reconocí igual pasión en otros actores, como Ana Magnani, con ese volcán que tenía por mirada. No quiero ser un actor correcto, quiero transmitir esa pasión. Por eso uno tiene ganas de ser actor, para realizar este viaje».

EN EL PASEO LA PLAZA

Dirigido por Rubén Szuchmacher, Alfredo Alcón protagoniza el clásico de Arthur Miller «Muerte de un viajante», en la sala Pablo Picasso del Paseo La Plaza. Lo acompaña un destacado elenco integrado por Diego Peretti, María Onetto, Luciano Cáceres, Roberto Castro, Carlos Bermejo, Javier Lorenzo, Pablo Caramelo, Mónica Santibáñez y Francisco Civit. El diseño de escenografía es de Jorge Ferrari y el diseño de iluminación de Gonzalo Córdova. La obra es una producción de Pablo Kompel y Adrián Suar.

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