8 de noviembre 2022 - 00:00

Zgustova: echar luz a las mujeres en bambalinas

Pasó por Buenos Aires la escritora checa, radicada en Barcelona, y habló con este diario sobre su foco en las esposas brillantes de algunos genios.

Monika Zgustova. Investigó las vidas de Vera Nabokov y Dala Galí.

Monika Zgustova. Investigó las vidas de Vera Nabokov y Dala Galí.

Las mujeres que fueron eminencias grises de hombres geniales, y los imborrables padecimientos del exilio, son dos de los temas centrales de la escritora checa Monika Zgustova. La huida de su familia de la Praga comunista la llevó a estudiar en la Universidad de Illinois, y su obra a recorrer el mundo. Finalmente se radicó en Barcelona. Zgustova es narradora, periodista y ha traducido más de 60 obras del checo y el ruso. Junto a provocativos ensayos ha escrito las premiadas novelas “Las rosas de Stalin”, “La mujer silenciosa”, “La noche de Valia”, “Vestidas para un baile en la nieve”. Visitó Buenos Aires para presentar sus recientes novelas “Un revólver para salir de noche” y “Nos veíamos mejor en la oscuridad”,. Dialogamos con ella.

Periodista: ¿Qué la llevó a contar de las mujeres que eligen estar detrás del trono?

Monika Zgustova: Quise saber de las eminencias grises, de mujeres como Vera Nabokov y Gala Dalí, de mujeres que están al lado de genios, llevándolos a realizar su destino. Sin ser la cara visible son poderosas. Me di cuenta de que hay una constante de mujeres que se esconden detrás del hombre que consideran un genio. Lo vi en casa, con mi madre, que fue la gran colaboradora de mi padre. Mi madre que, entre otras cosas, sabía japonés y era traductora de poesía japonesa, senryu, chöka, tanka, haiku, decidió ayudar a mi padre en su profesión. Mi padre fue un lingüista mundialmente famoso, especializado en lenguas muertas, principalmente la de los sumerios. Noam Chomsky lo invitó a trabajar con él. En el caso de Vera Slómin se ve bien cómo lleva a Nabokov adonde ella quiere. Y en Gala Diákonova, que llevó a Dalí a la fama, a ganar dinero. Son personas que en el fondo tienen y no tienen ganas de protagonismo. Su protagonismo es a través del otro.

P.: ¿Son mujeres van al encuentro de hombres geniales?

M.Z.: Los reconocen y logran que en ellos surja el talento. Son grandes managers. Paul Eluard sin Gala no se habría convertido en un gran poeta, sus padres y su ambiente no lo ayudaban para nada. Gala supo ver en él el genio. Su relación con Max Ernst fue distinta, a su lado Gala aprendió el trabajo del pintor, y empleó ese saber con Dalí. Gala sabía descubrir cuál era el talento de su pareja e impulsarlo a desplegarlo. A Vera Nabokov le hubiera gustado ser creadora, pero creía que no tenía suficiente talento, y prefirió tenerlo a través de otro. A Gala le sobraba talento, lo demostró siempre en su correspondencia y al final de su vida en su autobiografía.

P.: ¿Fueron mujeres marcadas por el exilio?

M.Z.: El exilio es uno de mis temas, lo sufrí junto a mis padres. Quien lo ha padecido no lo olvida. Es traumatizante. Los que escribimos no dejamos nunca este tema. En “Las rosas de Stalin” cuento el doble exilio de Svetlana, la hija de Stalin. Me impresionó su despertar en la Unión Soviética cuando conoció al intelectual indio Brajesh Singh, con quien dejó de ser la provincianita hija de un dictador. Abrirle los ojos a Brajesh le costó la vida, la KGB lo mató de forma lenta con veneno. Ella se fue a la India a esparcir sus cenizas, y allí descubrió que hay países donde se puede ser libre y no volvió a Moscú, dejó su vida de profesora, sus hijos, su lengua materna. Viajó como turista a los Estados Unidos, y se quedó dando clases en la universidad. Fue muy doloroso cuando comprendió que la separación de sus hijos era para siempre. Los exilios tienen eso, se deja algo muy valioso que nunca se recupera del todo.

P.: Otro de sus temas es el totalitarismo y sus consecuencias.

M.Z.: He sido muy influida por la tradición centroeuropea, la de Jeroslav Hasek y “Las aventuras del buen soldado Svjek”, Kafka, Musil, Broch, de mis amigos Kundera y Hrabal. Novelas que cuentan cómo el individuo, sometido por un Estado omnipotente, intenta rebelarse. Busco evocar la historia para que nuevas generaciones puedan saber cómo fue todo aquello, y cómo ante ese tipo de Estado cabe la rebelión o la huida. Una huida es a través del arte, la creación, un exilio interior. La creación dignifica aún en la cárcel. Hoy hay potencias que están intentando revertir el orden y es peligrosísimo. Los que vivimos en democracia tenemos que vigilar los extremismos que pueden llevar a perderla. Tener cuidado de ideas que pueden convertir el régimen en otro, que finalmente son fascistoides.

P.: ¿La “Lolita” de Nabokov no es la obra de un pedófilo sino de un chico abusado?

M.Z.: Cuando hacía la investigación para mi nabokoviana novela “Un revólver para salir de noche” descubrí que en “Habla memoria”, Nabokov cuenta que en los veraneos en la villa de las afueras de San Petersburgo, su tío, refinado diplomático, que vivía en París, se enamoró de él y lo abusaba, no sabemos hasta qué punto, cada vez que iba a esa villa. Eso pasó entre sus nueve y doce años. Lo invitaba a su cuarto y le mostraba libros, mariposas, cosas así. El padre se dio cuenta de que su cuñado homosexual se acercaba demasiado a su hijo y le ordenó al chico que estuviera con él. Debió ser algo fuerte porque lo que describe en “Lolita” son abusos totales.

P.: ¿Qué está escribiendo ahora?

M.Z.: Terminé “La traductora de haikus”, contracara de “Nos veíamos mejor en la oscuridad”. Si en una Milena, la hija, cuenta el difícil reencuentro de una madre y una hija separadas por el exilio, en la nueva Jana, la madre, cuenta su infancia bajo el totalitarismo, lo que hizo que la familia tuviera que huir, como vivió el exilio. Al final de su vida Jana vuelve a los haikus que había abandonado para ayudar a su marido y ser la eminencia gris detrás de un gran hombre. Son dos novelas autobiográficas donde busco mostrar cómo funcionan el exilio y las relaciones a distancia.

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