27 de diciembre 2002 - 00:00

Cuentos de la selva misionera

Llevan en sus mochilas, sin embargo, la mejor guía que pudo haberse escrito jamás sobre el pueblo de las ruinas jesuíticas: los Cuentos de la Selva de Horacio Quiroga. El escritor uruguayo ( nacido en 1878 y muerto en 1936) retrató la vida de los mensú -los trabajadores mensualeros de la madera y la yerba-Escribe Santiago Feldman
mate-y demás habitantes de la selva misionera durante los años en que se instaló en este punto, distante a 63 kilómetros de Posadas. Su literatura, publicada en la prensa de Buenos Aires, daba dimensión nacional a unos mitos que eran rescatados a filo de machete del monte.
La casa donde vivió Quiroga es hoy en día un museo que cuenta con una amena visita guiada y silencio para reflexionar sobre la vida trágica del literato y la de su familia (él, su primera esposa y sus dos hijos se suicidaron por lo que no hay descendientes directos del escritor).
Los personajes de sus cuentos parecen habitar aún el suelode Misiones:
guaraníes que viven más allá de las fronteras entre la Argentina y Paraguay, descendientes de alemanes que conservan el acento de sus ancestros a pesar de haber crecido en plena selva subtropical, paraguayos que cruzan a remo el Paraná para vender sus mercancías, turistas que perdieron la dimensión del tiempo de su viaje y otros tipos de personas que por la magnitud de este relato no pueden ser citados.
Los visitantes que se acerquen a este punto del mapa, si quieren conocer San Ignacio, deberán recorrer el pueblo a contrapelo de la mayoría de los turistas quienes detienen sus vehículos sobre la Ruta Nacional 12 para observar las ruinas y luego siguen camino a las Cataratas del Iguazú.
Lo que queda de la
misión San Ignacio Miní, y las muy cercanas ruinas de Loreto y Santa Ana pueden visitarse haciendo base en alguno de los hoteles y hospedajes de San Ignacio. Pero son los restos del Imperio Jesuita sólo una introducción histórica (aunque estupenda e imperdible) a un territorio que aún cuenta con una vida cultural activa cuyo reflejo arquitectónico son las cabañas y bungalows de madera donde, amparado en frescos aleros, circula incesantemente el tereré.

•Hitos

La reserva natural de Teyú-cuaré, un peñón que asoma al Paraná, y la desembocadura del arroyo Yabebirí, a unos 8 kilómetros del pueblo, son otros puntos a recorrer con detenimiento.
Habrá que tener en cuenta que es en estos recodos del río donde los remeros de Quiroga vivieron sus más intrépidas hazañas a riesgo de perder la vida en esas soledades, carentes de amparo contra las picaduras de serpientes, arañas y barigüís (diminutos mosquitos despiadados).
Para darse una idea de la fantasía a la que empuja el paisaje de San Ignacio cabe recordar una conversación que mantuvieron los dos turistas que dejamos camino al pueblo, andando de noche, y un hombre llamado Paco. Hablaban despreocupadamente, esta vez a orillas del río, en la playita de arena del Puerto Nuevo, desde donde se divisan los cerros del Paraguay.
Le decían a Paco que, con su sombrero de paja y su bastón de caminante, se parecía, sin lugar a dudas, a Tom Sawyer. El habitante de San Ignacio, agitando su cabeza con ademán resignado, les respondía: «Me bajaron de un hondazo. Pensar que me creía el dios Neptuno...».

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