27 de diciembre 2002 - 00:00
Cuentos de la selva misionera
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mate-y demás habitantes de la selva misionera durante los años en que se instaló en este punto, distante a 63 kilómetros de Posadas. Su literatura, publicada en la prensa de Buenos Aires, daba dimensión nacional a unos mitos que eran rescatados a filo de machete del monte.
La casa donde vivió Quiroga es hoy en día un museo que cuenta con una amena visita guiada y silencio para reflexionar sobre la vida trágica del literato y la de su familia (él, su primera esposa y sus dos hijos se suicidaron por lo que no hay descendientes directos del escritor).
Los personajes de sus cuentos parecen habitar aún el suelode Misiones: guaraníes que viven más allá de las fronteras entre la Argentina y Paraguay, descendientes de alemanes que conservan el acento de sus ancestros a pesar de haber crecido en plena selva subtropical, paraguayos que cruzan a remo el Paraná para vender sus mercancías, turistas que perdieron la dimensión del tiempo de su viaje y otros tipos de personas que por la magnitud de este relato no pueden ser citados.
Los visitantes que se acerquen a este punto del mapa, si quieren conocer San Ignacio, deberán recorrer el pueblo a contrapelo de la mayoría de los turistas quienes detienen sus vehículos sobre la Ruta Nacional 12 para observar las ruinas y luego siguen camino a las Cataratas del Iguazú.
Lo que queda de la misión San Ignacio Miní, y las muy cercanas ruinas de Loreto y Santa Ana pueden visitarse haciendo base en alguno de los hoteles y hospedajes de San Ignacio. Pero son los restos del Imperio Jesuita sólo una introducción histórica (aunque estupenda e imperdible) a un territorio que aún cuenta con una vida cultural activa cuyo reflejo arquitectónico son las cabañas y bungalows de madera donde, amparado en frescos aleros, circula incesantemente el tereré.
Habrá que tener en cuenta que es en estos recodos del río donde los remeros de Quiroga vivieron sus más intrépidas hazañas a riesgo de perder la vida en esas soledades, carentes de amparo contra las picaduras de serpientes, arañas y barigüís (diminutos mosquitos despiadados).
Para darse una idea de la fantasía a la que empuja el paisaje de San Ignacio cabe recordar una conversación que mantuvieron los dos turistas que dejamos camino al pueblo, andando de noche, y un hombre llamado Paco. Hablaban despreocupadamente, esta vez a orillas del río, en la playita de arena del Puerto Nuevo, desde donde se divisan los cerros del Paraguay.
Le decían a Paco que, con su sombrero de paja y su bastón de caminante, se parecía, sin lugar a dudas, a Tom Sawyer. El habitante de San Ignacio, agitando su cabeza con ademán resignado, les respondía: «Me bajaron de un hondazo. Pensar que me creía el dios Neptuno...».




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