7 de enero 2003 - 00:00
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Las precauciones en su último viaje a Irak fueron las mismas que antaño. Los emisarios internacionales saben que los iraquíes aceptan de mala gana la presencia de los inspectores de armas nucleares y biológicas supervisando las instalaciones fabriles de su país, una condición impuesta luego de la derrota en la Guerra del Golfo. Ayer, por caso, Hussein hizo explícito su disgusto y aseguró que los representantes de la ONU y la OIEA hacían inteligencia acusándolos literalmente de espías. Por eso los inspectores sospechan que podrían envenenarlos. Zlauvinen mismo no sabe exactamente qué fue lo que le provocó la terrible descompostura por la que debieron evacuarlo de Irak en 1996 y cuyos síntomas aún siente en el estómago.
«Ahora yo llevo mi propia comida. En la base hay una cantina donde al mediodía puede comerse arroz con pollo hecho ahí mismo y a la noche podemos comer latas de sardina y raciones militares que usan los soldados», contó el diplomático en diálogo con Ambito Nacional.
No será impedimento, sin embargo, para que su jefe, Mohammed ElbAradei, director general de la OIEA, interrumpa sus vacaciones en Rafaela para enviarlo a la última inspección a Bagdad antes del informe final que presentarán ante la ONU a fines de este mes. De ser así deberá habituarse a la austeridad de la base conjunta que tienen en suelo iraquí su organismo y la Comisión Especial para el Desarme de Irak (esta última perteneciente a la ONU).
De todas formas, Zlauvinen -diplomático de carrera, especializado en todo tipo de armas cuando trabajó en la Cancillería argentina- asegura que las presiones que recibe el equipo al que pertenece no sólo provienen de los iraquíes que no les pierden pisada por las calles de Bagdad.
Cada vez que se reúnen con funcionarios norteamericanos éstos quieren hacer pesar sus opiniones ansiosos de encontrar pruebas contra el enemigo de su país.
La pata política de la cuestión será, por lo tanto, el factor determinante en el posible ataque de EE.UU. El informe previsto para el 27 de enero, sin embargo, intentará ser, según Zlauvinen, lo más objetivo posible.
Si el teléfono suena en Rafaela con aquella llamada de larga distancia, el diplomático argentino de 42 años, casado con una sueca que lo espera en Manhattan, se encontrará en Medio Oriente entre el 18 y el 20 de enero. Tiene la esperanza de que las declaraciones de Hussein no sean un signo de desmejora de las relaciones con los anfitriones que lo esperan en Bagdad sino una nueva maniobra de propaganda del régimen iraquí.
Por lo pronto está seguro que lo esperará en alguna esquina de la ciudad el hombre de bigotes -en Irak todos llevan uno- que en otra ocasión lo condujo en un taxi y que luego resultó ser coronel de inteligencia de Hussein.
Entrevista de Santiago Feldman




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