4 de diciembre 2001 - 00:00

En lácteos, la Argentina mira a Nueva Zelanda

Nueva Zelanda constituye un caso emblemático en la exportación mundial de alimentos, tratándose de un país con reducido mercado interno y elevadas ventajas competitivas en productos básicos. En gran medida, éste es el modelo alternativo sostenido por la Argentina durante muchos años. El caso de la actividad lechera es un claro ejemplo de ello.

En su reciente viaje a nuestro país, la primera ministra de Nueva Zelanda expresó lo que debiera ser el punto central del desarrollo argentino. En palabras textuales, la funcionaria dijo: «la economía (neocelandesa) ya está progresando de la exportación de productos básicos hacia un enfoque más sofisticado, basado en incrementar los niveles de talento, innovación y oportunidades.»

Pese a que este país sólo produce 15% más que la Argentina, alrededor de 90% se destina a la exportación.
En nuestro país, y pese a las posibilidades de incremento en la producción, sólo 15% va al exterior. Mientras Nueva Zelanda está abocada el vasto mercado externo, aquí la producción sólo exporta los saldos y al hacerlo no aprovecha adecuadamente su principal ventaja comparativa.

La calidad natural de la leche de vacas criadas a campo, básicamente mediante pastos y pasturas, está reconocida mundialmente como superior. Tanto la Argentina (y Uruguay) como Nueva Zelanda (y Australia) cuentan con esta ventaja comparativa respecto de los demás productores. Este aspecto técnico es destacable pues aporta a los productos lácteos, a la hora de su comercialización, una definida y apreciada diferenciación, que en el caso argentino no es aprovechado adecuadamente.

Revolución

Justo es reconocer que en los últimos años hubo una verdadera revolución que permitió saltar de nación autoabastecida a exportadora de productos con mayor valor agregado y diferenciación. Sin embargo, como meta ésta resulta poco ambiciosa para el potencial argentino. Por el fenómeno de la globalización, sólo aquél que se propone objetivos elevados permanece en el mercado.

El primer problema que enfrenta un desafío de tal naturaleza es el referido al proteccionismo mundial. A medida que se agrega valor y diferenciación, los productos encuentran aranceles más elevados. En el comercio de lácteos especialmente se registran barreras no arancelarias tales como restricciones sanitarias, de seguridad y de procedimientos aduaneros. Por ello, la acción gubernamental debe ser decidida y bien puede ser mancomunada con gobiernos de competidores para luchar con este flagelo.

La concientización de estas trabas por parte de las autoridades argentinas es cada vez más pronunciada. Un caso típico es el reciente levantamiento de barre-ras, por parte de México en la importación de leche en polvo argentina, merced a la acción gubernamental y del sector privado que, con ágil reflejo, lograron rápidos resultados.

Nueva Zelanda logra los precios más bajos en el mundo, mediante una estrategia de elevada concentración en el eslabón comercial de la cadena productiva.
Basado en un sistema de producción estacional y, a través de la comercialización que ejerce una fabulosa organización cooperativa, esta nación logra el mayor grado de competitividad en el mundo.

Tal organización, denominada Fonterra Cooperative Group, concentra 98% de las ventas de productos lácteos. Perfectamente conocedora del marketing, ésta ha establecido, bajo la forma de una suerte de «cabecera de playa», distintas representaciones comerciales en los principales mercados importadores. A través de ellas, llega al consumidor final con productos diferenciados en base a marcas.

El modelo neocelandés exige abandonar la posición argentina de exportación de saldos,
como forma de mantener el precio interno. Para nuestro país y especialmente para el sector tambero, persistir en esta situación resulta sumamente peligroso ya que la competencia externa se mueve con piel de oveja pero y, con hábil seducción, avanza sobre los mercados sin pausa.

Hoy se cierne una amenaza sobre el sistema productivo argentino. La noticia de la alianza entre la suiza Nestlé y el Fonterra Cooperative Group de Nueva Zelanda debiera ser un claro síntoma de alerta especialmente para la industria primaria.

Dicen que la mejor forma de superar un problema es atravesarlo. Para ello, es necesario
competir. Pero para hacerlo, hay que incrementar la producción y salir al exterior: no para vender sino para comercializar aquello que se demande. En tal caso, el ejemplo neocelandés es paradigmático. Y para seguirlo el productor deberá trabajar en pos de integrarse horizontal y verticalmente, para alcanzar escala de producción y eficiencia comercial.

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