Para Argentina, fue un triunfo más, una oportunidad de probar hombres nuevos en el funcionamiento de siempre, de cumplir con el compromiso de AFA, llevado por el importante cachet de 250.000 dólares, que no es poco. Corea del Sur -seguramente-tendrá más preocupaciones, porque era un partido amistoso donde podía probar algo nuevo (que no lo hizo), mostrar que su cuarto lugar en el Mundial no era casual (lo fue) o, por lo menos, tener mayor decisión a la hora de salir a buscar un resultado, tanto cuando era em-pate como cuando estaba en desventaja.
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Argentina no repitió el fútbol que demostró en el partido anterior con Japón. Simplemente, porque Aimar no estuvo a la altura futbolística de su última etapa, porque Cambiasso no tuvo precisión en la salida y porque los coreanos se cerraron en su campo, como si un buen resultado les sirviera para algo.
Más, se plantaron en un juego especulativo, impreciso, de mucha fricción e intentaron desde atrás aprovechar la velocidad de sus jugadores (casi siempre, imprecisos) para --fi-nalmente-terminar con el conocido, viejo e intrascendente «ollazo». Argentina se sustentó en la sobriedad de una línea defensiva (con toda una gran franja de terreno regalada, con Coloccini como abanderado), pero con problemas, porque a Galletti, Saviola -a pesar del gol-y Solari primero, y luego «Maxi» Rodríguez (por Galletti), Riquelme (por Aimar) y Castromán (por Solari) les costó entrar en el circuito de toques y -finalmente-perdieron.
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