Desde hace tiempo es preocupación de las uniones provinciales la organización de un fixture nacional que les permita armar de la mejor manera posible sus campeonatos locales. Esta inquietud no ha sido satisfecha por la UAR a través de su Comisión de Competencias. Inglaterra venció a Sudáfrica por 25-17 y finalizó el año, sumando esta conquista a las obtenidas frente a Australia y Argentina.
En toda historia nacional, el capítulo de las luchas entre los poderes centrales y los provinciales suele ser uno de los más interesantes, por la complejidad de los temas de discusión y porque los intereses, en algunos puntos, son inevitablemente encontrados. En países como el nuestro, donde por distintos motivos geopolíticos, la mitad de la población se concentra en la Capital, la cuestión federal tiene aristas muy marcadas, y toda actividad social, política o económica presenta problemas de esta índole, que requieren criterios con altos componentes de claridad, honestidad y solidaridad.
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El rugby es una actividad deportiva, de limitada trascendencia en la problemática social de estos tiempos, pero que para quienes lo practican y lo dirigen, exige decisiones en las que inevitablemente surge el problema federal, ya que en los últimos treinta años aquel juego de unos pocos porteños de clase media alta se transformó en un deporte competitivo, con fuerte arraigo en varias provincias, que fundaron y reciclaron clubes que actualmente disputan la hegemonía porteña.
En la última década se rediseñó el esquema institucional, con la fundación de la Unión de Rugby de Buenos Aires, y se federalizó la antigua Unión Argentina de Rugby, estableciéndose una importante participación del rugby provincial en su consejo directivo. Para los egoístas y los sectarios, ésta fue una mala decisión, ya que el rugby porteño cedió una primacía absoluta, que había ganado por derecho propio. Indudablemente, la convivencia genera conflictos, y la generación de consensos es más difícil cuando se da participación a todos, pero si la inteligencia es una condición humana, es con ella que debemos saber encontrar solución a los conflictos de intereses.
Es cierto que el calendario para el Torneo Nacional de Clubes y para el Campeonato Argentino muestra diferencias de intereses, y que la formación del seleccionado nacional, como depende del criterio de un porteño, necesariamente será distinta de la que piense un entrenador provincial; pero ello está ínsito en un planteo de amplia participación.
Es absolutamente natural que el rugby porteño pretenda la conducción de la UAR, pero es también legítimo que el rugby provincial haga pesar sus intereses, y en mayor medida si los capitalinos presentan fisuras en su dirigencia. El rugby de Buenos Aires tiene un poder económico bastante mayor que el de las uniones provinciales, y es políticamente correcto que haga valer tal condición, en la medida en que comprenda que el desarrollo del rugby no es un juego de suma cero, donde se crece a expensas de otros.
Como toda actividad humana compartida, los que dirigen manejan una cuota de poder, y ese poder se logra con capacidad política para conjugar intereses. Los dirigentes porteños y provinciales que comprenden la relación de fuerzas son los que lograrán continuar este apasionante desafío federal.
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