River e Independiente quedaron a mano
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Sólo durante los primeros 20 minutos, el local pudo asumir la responsabilidad del juego y establecer una superioridad contra un adversario fue de menor a mayor.
Mientras Independiente perdía un jugador clave como Daniel Montenegro, River se consolidaba en la cancha con la profundidad que Paulo Ferrari y Augusto Fernández aportaban por la banda derecha.
El primer gol del partido, nacido de un lateral, rubricó la imagen de los minutos iniciales.
Fernández recibió un centro llovido de Andrés Ríos, cubrió la pelota ante la marca de Fredes y venció a Assmann con una media vuelta al primer palo.
Tras la apertura del marcador, River comenzó a debilitarse y nunca más volvió a tener el protagonismo del clásico.
La visita, en cambio, crecía de la mano de Rodrigo Díaz, un buen reemplazante para "Rolfi".
Antes del descanso, Independiente tuvo una ocasión clarísima para la igualdad pero su ímpetu por buscar la pelota provocó que se pasara de largo, tras un centro lanzado por Machín paralelo a la línea de gol.
El ex mediocampista de Argentinos Juniors fue el hombre del partido, especialmente en la parte final, y no sólo porque marcó la igualdad a los 6m. tras capitalizar un rebote en el palo izquierdo de Juan Pablo Carrizo.
El rubio, además, fue el abanderado de todos los ataques visitantes, mucho más frecuentes que los del local.
Passarella, que soportaba el murmullo de todo el estadio en cada desacierto del equipo, contemplaba con asombro la falta de ideas para ganar el clásico, corporizada en la imprecisión de Fernando Belluschi (silbado algunos hinchas).
Después del empate, Independiente estuvo cerca de la victoria en tres oportunidades: primero con un remate del colombiano José Moreno que pegó en Ferrari y pasó cerca del palo derecho; luego con un disparo de Machín en el palo y, finalmente, con un impacto de Fredes que Nasuti despejó en la línea de gol.
Cuando faltaban cinco minutos y la posibilidad de ganar resultaba una quimera, el hincha de River explotó y reclamó por la presencia de Ortega, como un pedido desesperado para paliar un déficit que se acentúa partido a partido.



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