El presidente número 46 de Estados Unidos, Joseph Biden, es un moderado. Pocos creyeron que pudiera llegar tan lejos, pero ya se posesionó en la Casa Blanca. Gracias a la moderación, con su perfil sin aristas filosas, derrotó a Bernie Sanders en las primarias y a Donald Trump en la elección general. Sin embargo, su primera decisión de gobierno es una estrategia de shock. El símbolo: las 30 órdenes ejecutivas que firmó en sus primeros tres días en el Salón Oval. Diez de los decretos revierten decisiones emblemáticas de su antecesor. EE.UU. es un navío transatlántico pero su capitán quiere que sepan que giró el timón. El país vuelve a suscribir el Acuerdo de París sobre Cambio Climático, no abandonará la Organización Mundial de la Salud, cesa la construcción de la gran muralla mexicana y las limitaciones de ingreso para los ciudadanos de siete países musulmanes, cancela el proyecto del oleoducto Keystone XL y revisará 100 medidas tomadas por Trump con repercusión sobre el medio ambiente. ¿Volver al futuro? ¿A la era de Obama? Es imposible regresar las agujas del reloj. El mundo es otro. La agenda, forzosamente, también. Las tensiones con China tiñen la retórica del nuevo gobierno con la intensidad propia de los tiempos que corren. Quizás el acto más generoso de la transición haya sido, el último día, declarar la situación de los uigures en China como un genocidio. Lo eximió de la carga a Biden y le deja una mejor palanca para la negociación. Pero, no es el pasado lo que hay que arreglar, es el futuro que se viene encima. Que la Unión Europea y Beijing hayan sellado un acuerdo integral de inversiones de apuro, antes que Biden tome las riendas, nos enseña que los grandes jugadores movieron ya sus piezas, que las consecuencias de Trump no se borran por decreto y que muy rápido los desafíos y las alianzas pueden (o van a) ser distintos de lo imaginado.
La política económica también apuesta al shock. Más aun, a la sobrerreacción, a exceder el blanco. Y en todo caso a rebatir luego la espuma. ¿Es razonable pensar que el megapaquete fiscal de 1,9 billones de dólares pueda tener éxito en su pasaje por el Congreso? ¿Después de que un plan más modesto, pero no pequeño, de 900 mil millones fuera sancionado el mes pasado? Queda claro, eso sí, que Biden y Yellen no quieren un programa gradualista, o, simplemente, ver y esperar antes de tomar decisiones. La idea es poner toda la carne en el asador. El covid causa estragos ahora, y obliga a dos tareas. Biden pretende vacunar a 100 millones de personas en los próximos 100 días (consumiría 415 mil millones de dólares del paquete). Y también atender las consecuencias económicas: paliar las situaciones críticas en el mercado de trabajo, las pymes, los hogares y las finanzas públicas locales. Especula con que la oposición no querrá quedar como culpable de una recaída en la recesión por su tozudez. Y el covid amenaza con causar un “double-dip” en la eurozona, Gran Bretaña y Japón, según los informes PMI. Pero, si bien en EEUU los signos de debilidad están presentes –el empleo y las ventas minoristas cayeron– la misma metodología señala que 2021 arrancó pujante, con máximos en las actividades de servicios y, sobre todo, manufacturas. Que la economía, luego de la vacunación masiva, explote con una bonanza a toda orquesta sería la ruina de la oposición en las legislativas del año próximo. ¿Cómo convencerla de que acepte el trato que ofrece Biden? “No hay ninguna chance”, dice Roy Blunt, el senador que lidera el comité de política republicano. La estrategia de choque puede fracasar contra una pared. Wall Street, por su parte, ya metió buena parte del shock de estímulo en sus precios. El rally temprano y furibundo es el mejor testimonio. Y no por casualidad canceló la rotación “pro-Biden” y se volcó de nuevo a las tecnológicas (que no dependen de ningún estímulo extra). Si el Congreso se convierte en clave, nos espera un “serrucho” que mimetice los altibajos de toda negociación. Y los legisladores no van a regar la ilusión del plan de 1,9 billones de dólares, van a podarla. Aun así, costará que pase el filtro. Biden eligió el shock, la Bolsa no cree que sea misión imposible, pero quién puede descartar que su propia agresividad no se le convierta en un búmeran.
Dejá tu comentario