13 de enero 2004 - 00:00

Corte de EE.UU., un modelo de independencia

La sociedad norteamericana tiene un alto grado de respeto hacia su Corte Suprema y sus nueve miembros. No sólo por su honestidad (que allí se presume), sino también por su idoneidad y por la calidad de su trabajo.

Esto es así, pese a que sus jueces pertenecen indiscutiblemente a signos ideológicos diferentes. Sin caer, naturalmente, en extremismos, tres de ellos son conservadores (Clarence Thomas, Antonin Scalia y William H. Rehnquist); dos, en cambio, son de centro (Anthony M. Kennedy y Sandra Day O'Connor); y los otros cuatro son, por su parte, liberales (esto es, más bien de centroizquierda), conformando estos últimos el grupo más numeroso en lo que a afinidades ideológicas se refiere (John Paul Stevens, Ruth Bader Guisburg, Stephne G. Breyer y David H. Souter).

Un análisis superficial sugeriría que la actual conformación permite suponer que en el más alto tribunal de los Estados Unidos habría -presumiblemente- una «mayoría automática» de centro, 5 a 4. Pero no ciertamente es así. Porque cada juez vota, en conciencia, individualmente. No como grupo. Más allá de las afinidades, con total independencia. Como debe ser, lo que impide la conformación de «mayorías automáticas».

En agosto pasado, «The Washington Post» difundió el resultado de un análisis pormenorizado del grado de independencia con que efectivamente funciona la Corte Suprema de los Estados Unidos. Lo realizó un matemático de la Facultad de Medicina de Mount Sinai, en Nueva York, Lawrence Sirovich. Sus resultados muestran el buen grado de equilibrio que, en rigor, prevalece en el tribunal.

En efecto, tras analizar los votos de todos los jueces en 468 casos diferentes decididos entre 1994 y 2002, Sirovich los calificó, caso a caso, del 1 al 9. Uno, supone el mayor grado de «dependencia» o «ancla» ideológica. Nueve, en cambio, la mayor expresión de libertad decisoria: el ideal, entonces.

En promedio, la Corte Suprema de los Estados Unidos obtuvo una calificación de 4,68. Pero si no se computan los 47 casos en los que las decisiones del tribunal fueron unánimes, la calificación es, en cambio, de 6,2, lo que denota un nivel de excelencia en lo que a independencia en las decisiones se refiere, que alimenta el reconocimiento de todos.

No obstante, después del porcentaje de casos que la Corte Suprema decidió por unanimidad (el más alto, de 47%), el segundo porcentaje es el de aquellos casos en los que los votos de los jueces se dividieron 5 a 4, en los que el centro prevaleció sobre los liberales ( 9,6%), lo que demuestra que, conforme a lo esperado, la orientación ideológica de los jueces algún peso tiene. No es una alineación «automática», pero las ideologías, en alguna medida, cuentan. La prueba más evidente de esto fue quizá la decisión recaída en el caso: «Bush vs. Gore», de 2000, que permitió a
George W. Bush alcanzar la presidencia de su país. No fue ésa una decisión menor.

Cabe recordar que
la actual composición de la Corte Suprema de los Estados Unidos se mantiene, sin cambios, desde 1994. Es el período de estabilidad estructural más largo desde 1823. Todo un récord histórico. De allí que el análisis realizado tenga su importancia.

El saludable grado de independencia que en su accionar demuestra el más alto tribunal norteamericano es aun más importante si se advierte que dos de sus jueces conservadores (Thomas y Scalia) votaron en la misma dirección nada menos que 95% de las veces. Y que, además, dos de los jueces más liberales (Guisburg y Souter) coincidieron, a su vez, en 90% de los casos. Estas «parejas» ideológicas son -en mi opinión- nocivas para la proyección de una sensación de independencia. Su existencia erosionó, es obvio, el promedio, alejándolo de la platónica calificación de nueve.

Lo más importante que el estudio de Sirovich parece demostrar es no sólo que, empíricamente, la Corte Suprema de los Estados Unidos califica como realmente independiente de las ideologías, sino que es mucho menos previsible de lo que alguno, a primera vista, puede llegar a creer.

Las ideologías tienen, queda visto, algún peso relativo, pero no alcanzan a «colorear» el andar de la Corte
, en ninguna dirección. Y ésta es, precisamente, la definición misma de independencia, sin la cual es difícil presumir imparcialidad. Para tener en cuenta e imitar en nuestros castigados lares.

(*) Ex representante permanente de la República Argentina ante la ONU.

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