19 de enero 2001 - 00:00

Cupones Bursátiles

Días atrás, al pasar, comentábamos de esa fórmula moderna -acaso inaugurada en la zona de los '90- por medio de la cual: no resultan los precios de las acciones quienes deben reflejar el nivel de utilidades de las empresas, sino ¡al revés! Aunque alguno se sorprenda al leerlo de tal modo, o piense que esa locura proviene de algún mercadito emergente, nos apresuramos a decirle que no. Esto se forjó en el principal de los centros bursátiles del mundo, a instancias de una industria del análisis y los informes, que tomó tanta robustez como lo iban cobrando los ciclos alcistas. No tenemos una fecha justa, pero podríamos establecerla a partir de que en el Dow Jones se llegaba a niveles de «precio/ utilidad» que rebasaban toda media histórica y se iban de largo mucho más allá de un prohibitivo «20», como era a lo largo del historial.

La rama que creció para poder seguir inflando cotizaciones fue la llamada de la «proyección». Simple instrumento mediante el cual uno puede tomar la cifra de un trimestre y -si le gusta- lanzarla hacia el futuro junto con esa tasa de crecimiento. Como si resultara tan fácil sostener, por caso, un crecimiento de diez por ciento anual acumulado. Si igual el ratio seguía dando alto, tirando tres años para adelante, se tiraban cuatro, cinco, hasta que ese índice -que se había convertido en estrella de valuaciones- se pudiera ubicar en marcas asimilables y con cierto techo extra. Colocando al pie la salvedad de: «Siempre que se mantengan las mismas condiciones actuales», la estrategia quedaba cubierta. Por aquí también se lo usó en el ciclo de 1991/'92, en el que jóvenes analistas de entidades competían en eso de descubrir minas de oro de la Bolsa mediante «la proyección»...

Hoy mismo, usted escuchará habitualmente decir que en Wall Street tal acción cayó diez, veinte por ciento en una rueda: «Porque la empresa vino con unos centavos de ganancia por acción, menores a los proyectados». Afortunadamente, los mercados se encargan de sacudir el árbol de los artificios y quizá veamos una vuelta a la normalidad y sensatez: que las acciones reflejen la marcha de una empresa y ajusten de acuerdo a ella, pero dentro de las posibilidades empresarias y no por imaginaciones bursátiles que dejan sentada una obligación a cumplir. Primero, la empresa que da razón de ser a la acción. Después, el papel cotizante.Y no hacer pasar como fracasos gestiones que no lo son, sociedades que porque ganan algo menos son crucificadas en los paneles de la Bolsa, como si hubieran cometido algún delito mercantil. Ajuste lo que ajuste, aquí o en la China, conviene recordar que es nula la obligación de cosas imposibles (la base del derecho romano).

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