31 de mayo 2001 - 00:00

Cupones Bursátiles

Otra evidencia de lo que es espejo del país, la Bolsa, se obtuvo el lunes cuando Wall Street estuvo acallada. La medición sobre el mercado estrictamente local habla de menos de $ 4 millones de efectivo para mover los paneles del recinto porteño. Ergo, lo que se necesita para recobrar brillo es dinero disponible y vocación por estos activos. Igual que en el país. Modificando instrumentos, agregando variedades deportivas novedosas -como se intentó en estos años- no se consigue nada. Nuestro mercado no tiene problemas de competitividad, como también se pretendió aducir cuando bajaron escandalosamente los aranceles, no tiene inconvenientes de tecnología. No acusa problemas de alternativas de inversión. Lo que falta es: plata. Y una «clonación» de inversores interesados. Lo mismo que el país. Pero todos tardan en llegar a conclusiones sencillas. Y recién por estos tiempos parecen haber caído en la conclusión, en este gabinete de hombres pretendidamente brillantes, de que hay que promover que la gente tenga más para poder gastar.

Esto, claro, después de haber instaurado un impuesto a las ganancias sobre sueldos (Machinea) y un impuesto al cheque (Cavallo). Dejando que los servicios aumenten alegremente en un país en crisis, forjando una aspiradora sobre los ingresos de las personas que no termina en eso. Porque está el riesgo concreto y aplicado con asiduidad, de reducirles los sueldos a los empleados, o bien de estar en la nómina de despidos sin más ni más. No sólo es tratar de darle algo más de resuelto para que se gaste más, es la seguridad mínima de tener el ingreso estable con un mínimo de derechos.

Consiguieron, tras muchos de estos intentos de chuparle dinero del bolsillo al ciudadano, secar totalmente al mercado interno. Y todavía hay quienes creen que esto se soluciona con la exportación. ¿Exportación de qué? ¿Compitiendo con este tipo de cambio y con los costos argentinos (donde el sueldo no está en primer lugar, ni por asomo)? Ahora se desviven en estudiar medidas para promover que la rueda económica se active y han caído en la cuenta de que los nombres providenciales -como Cavallo- ya no surten efecto por el solo hecho de designarlos. Hace tiempo hablamos de esa especie de «rebelión silenciosa» que era la secuela mayor de esta crisis: la rebelión del consumidor, la rebelión del ciudadano harto de que lo esquilmen para tapar agujeros de cuatro inútiles que nos entierran cada vez más y después... renuncian.


La más bella de las rebeliones: aquella que se va comiendo a supuestos geniales y a otros chantas, sin necesidad de hacer nada. Justamente por no hacer nada. Cómo saldrán de esta madeja es lo que veremos en adelante. Pero nada es fácil hoy en día.

Dejá tu comentario

Te puede interesar