En medio de la desazón, se había encomendado un análisis de situación del mercado argentino y las ponencias que la consultora elegida quisiera tener a bien, para encontrarle la vuelta a una vela que se viene apagando desde hace mucho tiempo. No tenemos el resultado del trabajo, que sabemos que iría a ser presentado en días pasados, pero leímos un adelanto en este mismo diario: amén de ciertas cuestiones que -de ser así- traerán duros enfrentamientos en el ambiente, se deslizaba lo de «un plan para proponer incentivos fiscales para las cotizantes...».
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Vaya, pensar que hace no menos de una década y pico que estamos en esa prédica y la necesidad imperiosa de diferenciar, de privilegiar, si se quiere usaremos otra palabra de las «malditas» en nuestro país, de subsidiar a las empresas que se inscriban en la oferta pública. Hay que esperar que alguien con chapa del exterior lance la misma iniciativa para que --quizá- se la tome en serio, o se la intente -según se dice-, con un plan, llevar a cabo.
¿Cómo le va a dar privilegio a unas y no a otras?, dirá alguna «vieja» de nuestro sistema económico que ve fantasmas en todas las palabras y ha hecho malditas un montón de ellas que se usan en el mundo con total entusiasmo y por los más poderosos. Un ejemplo global: el subsidio liso y llano a ciertos sectores (como el rural, en Europa, como muchos en Estados Unidos). Otro ejemplo claro: proteccionismo a la industria local, como lo demuestran de modo permanente con las insólitas vallas que les inventan a los países que arriban con productos más eficientes que los de ellos. Pues bien, señora «vieja» económica que echa a todos los yernos de antemano: si como país, si como Estado, me convienen las empresas bien abiertas y muy transparentes por obligación -como las de oferta pública-, tanto desde lo fiscal como desde recrear un mercado de capitales que funcione y lubrique la economía con una fuente de recursos sin costos -la Bolsa-, entonces: ¡debo privilegiar, premiar a las que se abren y darles ventajas sobre las que quieren seguir cerradas! Así de fácil.
Y si hay una región que precise tener incentivos para que allí se produzca una radicación, hay que dárselos y dejar de culpar a los instrumentos por responsabilidades de los hombres que se desvían. O nadie querrá estar en una oferta pública que les trae gastos y problemas y ninguna satisfacción, y nadie querrá ir a la Patagonia cuando puede estar en Buenos Aires. Cuando tengamos el trabajo y las propuestas, comentaremos ciertos aspectos. Pero, en principio, se nos ocurre que poder quebrar la tendencia a la deserción y atraer empresas sigue siendo materia principal para tratar de refundar el sistema bursátil.
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