El decaer de Brasil, sus problemas que también se tornan más duros ante un contexto mundial que se hizo mucho más denso y menos solidario (cada uno atiende su juego, porque ninguno viene cómodo) acaso se puedan sumar en un frente común, al estilo de «extraña pareja», con la Argentina. Mientras las peleas por el Mercosur llevan a posiciones extremas, como el no querer dialogar más con Cavallo -de parte de ellos- y pedir la supresión del acuerdo, que proviene de nuestros industriales, los puede unir el espanto a no poder hacer frente a compromisos, el espanto a tener virulencia social interna, el espanto a percibir que los poderosos ya no atienden debidamente los pedidos de los rezagados. Finalmente, la aparición de un frente natural, no ideado por ninguna mente humana, sino por obra de la casualidad: que convierta a nuestra región en un polvorín, mucho más grande que con la Argentina sola. Imaginemos a los dos, por distintas vías, camino al abismo y la onda expansiva que esto podría generar, no solamente entre los emergentes, sino en el mundo desarrollado. Y Brasil hace mucho ruido, levanta mucho polvo, si se llega a caer fuerte. De tal forma, los desastres nuestros podrían quedar amortiguados, diluidos en un desastre común: y nuestros hábiles políticos se encargarán de pasarle la factura al «mal común», sacándose de encima toda penalidad por errores cometidos. Saldrían del callejón unos cuantos, a quienes se les viene chamuscando el cartel. Y, posiblemente, participarían ambos de la fuerte ayuda internacional que se implementaría para salvar a los dos países y evitar una crisis en cadena. Acaso, hasta se podría soñar con alguna meta ahora utópica, como condonar una parte de la deuda y reciclar en condiciones muy laxas la otra porción, aquello que resulte apropiado para dar una inyección vitamínica.Aunque los problemas de Brasil y de la Argentina son muy distintos porque ellos se mueven -con serios problemas-, y nosotros estamos inertes, vegetativos, yacientes y en catalepsia, para una situación así: «extraña pareja» resultaría más pegado que Vicente López y Planes, o que Ortega y Gasset. Un soberano susto, a un mundo que ya está convulsionado y ultrasensible a todo, que provenga de los dos socios mayores del Mercosur, resultaría primero aterrador: mas, después, tal vez sería el comienzo de una solución que nos saque de un pantano que cada día nos traga un poco más. En esto hay que hacer «pata» con Brasil, tirar los dos de la cuerda y ver hasta dónde aguanta: ir hacia arriba solos ya no se puede. Hay que dejarse caer y rogar, para que el paragolpes de los bomberos esté dispuesto a evitar el choque contra el suelo. (Parece una idea alocada, pero no lo es más que el presente que se vive...)
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