Cada día... un mal día. La frase popular es a la inversa, como para inyectar ánimo de movida, y reza que «cada día es un buen día». Está bien, esto es lo que aplauden los optimistas por fanatismo, que suelen redoblar los esfuerzos (y el optimismo) cuando ya han perdido todo contacto con la realidad que los circunda. Así, no sirve, levantarse cada mañana y encarar la lucha por la vida con espíritu y las mejores armas, vale. Suponer que todos los días resultarán buenos, es un potencial de llevarse disgustos seguidos. Y más en un país como el nuestro, donde todo está chirriando desde sus bisagras y se agregan más nubarrones a la gran tormenta. A tal punto que en una Bolsa como la nuestra actual, se puede entrar al primer día, de la última semana, de un mes (noviembre) viendo que un esfuerzo alcista puso las cosas parejas y hasta dejando paso a poder tener una ganancia, para que, en un par de ruedas siguientes, se asuman golpes de baja de diez por ciento y llegando al último día con el gran temor calando los huesos y nuevamente expuestos a ingresar a la centena inferior (la que va de los «100» a los «200», en el Merval). No se está tan allí, pero recordar que hace más de diez años se arrancó desde un piso Merval en solamente «91», que se llevó a lo más alto en diez veces más esa base, y que ahora se está apenas al doble de aquel arranque... es para llorar.
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Si se pudiera decir que volvemos al sitio de antes, que estamos otra vez en el punto de partida, como si una década se esfumara y nada de ella quedara registrado... Pero, no. Eso sería, acaso, el paraíso, porque lo que nos quedan son solamente ruinas de un mercado. Que antes era chico, que era entre cuatro paredes, que tenía trabas para el inversor extranjero, que tenía volúmenes reducidos. Pero que estaba sólido en lo suyo, con muchas más sociedades cotizantes que ahora, con la esperanza por el crecimiento y con más futuro que pasado. Hoy, la fórmula está invertida, hay pasajes salvables del historial -muchos de ellos para desear, con toda la nostalgia-y el futuro es un punto oscuro en un horizonte pleno de relámpagos. Apenas al doble de índice que en 1991, faltando todavía un mes terrible para la economía argentina, es de temer. Ese viaje redondo requiere que se perfore todo el piso en una caída mucho más libre, esto estaría atado a horas muy delicadas -mucho más que lo conocido-y ya nada parece trasuntar confiabilidad. No están lejos las horas donde muchos operadores veían al Merval de menos de «500» como un piso-piso, lamentándose de que no se subiera. Vea dónde llegamos, lo que confirmó que siempre se puede estar un poco peor...
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