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Tenemos un funcionario que ya es virtual, presidiendo ese mismo Banco Central del que hablamos un par de veces con motivo de un aniversario de la entidad, y que -dicen- está afuera, pero se queda para un trabajito de dejar la casa en orden y ayudando para con los amigos del Fondo Monetario. Un Central que tiene de esas autarquías a la Argentina, donde cualquier ministro de Economía se ofende si el presidente del Central lleva adelante políticas monetarias, que no responden a sus lineamientos. Subordinación y valor, es la consigna que se pretende de todo organismo. Al que, en algún momento de la historia, se lo inventa como autárquico (así sucedió con la Comisión Nacional de Valores, que terminó siendo un simple resorte de Economía).
Nada es creíble en nuestro medio. Y lo fiduciario es lo único que nos puede sacar adelante, si es que no aparece un «plan Marshall» que inyecte combustible. Y no lo habrá. Nada, ninguna medida, ninguna vuelta a la convertibilidad, ni un invento financiero, podrá dar vuelta la tendencia si no surge la confianza de la gente. Y no se trabaja en esa dirección. Con un presidente del Central que ya se baja del caballo, por absoluto desacuerdo, no es para nada insensato que la Bolsa haya dibujado ese circuito fatal de todo mayo y lo que va de junio. Quizás, se piense que dispersando inflaciones de 4% mensuales, la gente creerá que todo está bien. Lo peor: que nadie se ofende por dichos como el del presidente uruguayo. Demostrativo.




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