31 de enero 2003 - 00:00

Cupones bursátiles

Además del título «Confusiones de Lavagna» (benigno modo de juzgar, en nuestra primera plana), todos los medios de información coincidieron en apuntar que el ministro de Economía se dispuso a contar una película distinta a la que filmaron -y firmaron- con el FMI. ¿Por qué hace esto un funcionario, que tiene la obligación de ser riguroso en la información al ciudadano? No se sabe. Se puede apenas sospechar. Y si uno posee algún libro de historia argentina, hasta se puede llegar a afirmar una respuesta. Solamente en base al modo en que casi siempre se tratan los asuntos de Estado, como si fueran un exclusivo patrimonio de quienes detenten el poder. Es una falta grave. Pero, es otra de las faltas que pasan de largo, inventariada, dada al cajoneo de los usos y costumbres nacionales, que serviría para encuadernar varios tomos, apenas tomando unos años.

Es así. El señor ministro de Economía desvirtúa la realidad, oculta parte de los datos firmados, suaviza unos, maquilla otros, llega a conclusiones muy distintas a la mayoría de los analistas, sobre los efectos de ciertas cláusulas, y parte muy orondo a los Estados Unidos para ver si le devuelven esos dólares que hubo que poner por adelantado. Otro aspecto no bien sopesado por periodístico y economistas: de tal modo no le creen a estos gobernantes, que le eligen «pague primero, firme después».

Parece duro tratar a un alto funcionario de mentiroso, cuando pasa de modo más digerible titularlo como de «confuso», o dándole esa ventaja inaudita que se le suele dar a muchos guardianes de la cosa pública: la de poder manipular ciertos datos a gusto y placer, contar lo que quieran y guardarse el resto para un pequeño círculo. Por tal tipo de privilegio es que el país terminó por irse al diablo, mientras, dos o tres que jugaban de iluminados de turno decidían
por todos, cuestiones fundamentales. Pero, es imposible pensar en que nada de lo que venga -gane quien gane- vaya a ser distinto: no por que los que sucedan a estos caigan en los mismos vicios sino porque la ciudadanía no tiene en claro el papel de lo que debe realizar un gobernante. Y no reclama nunca. Priva la idea de tener que votar, dejar el mundo por cuatro años al que triunfe y tratar de aplicar la gran fórmula, que inventan los propios interesados: castigar con el voto. En tanto, donde se pueda ejercer un control permanente sobre las obligaciones y las transparencias, hay otros mecanismos democráticos que tienden a poner en caja los desvíos y hasta que le cueste el cargo a los que cometen faltas graves. Todo esto parece un cuento de hadas, una utopía muy gruesa y que seguirá siendo eso. Pero, las utopías engendran más utopías y ver ahora un futuro corregido, un país que emerja de la crisis con otra imagen y otro porvenir... Parece así, una utopía. Hay que seguir comiendo sapos vivos, la única comida barata y que se produce íntegramente en el país.

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