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Parece duro tratar a un alto funcionario de mentiroso, cuando pasa de modo más digerible titularlo como de «confuso», o dándole esa ventaja inaudita que se le suele dar a muchos guardianes de la cosa pública: la de poder manipular ciertos datos a gusto y placer, contar lo que quieran y guardarse el resto para un pequeño círculo. Por tal tipo de privilegio es que el país terminó por irse al diablo, mientras, dos o tres que jugaban de iluminados de turno decidían por todos, cuestiones fundamentales. Pero, es imposible pensar en que nada de lo que venga -gane quien gane- vaya a ser distinto: no por que los que sucedan a estos caigan en los mismos vicios sino porque la ciudadanía no tiene en claro el papel de lo que debe realizar un gobernante. Y no reclama nunca. Priva la idea de tener que votar, dejar el mundo por cuatro años al que triunfe y tratar de aplicar la gran fórmula, que inventan los propios interesados: castigar con el voto. En tanto, donde se pueda ejercer un control permanente sobre las obligaciones y las transparencias, hay otros mecanismos democráticos que tienden a poner en caja los desvíos y hasta que le cueste el cargo a los que cometen faltas graves. Todo esto parece un cuento de hadas, una utopía muy gruesa y que seguirá siendo eso. Pero, las utopías engendran más utopías y ver ahora un futuro corregido, un país que emerja de la crisis con otra imagen y otro porvenir... Parece así, una utopía. Hay que seguir comiendo sapos vivos, la única comida barata y que se produce íntegramente en el país.




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