«Fuerte reacción en los mercados del mundo, porque se aguarda una guerra corta y triunfal...» Esto era lo que recorría los noticiarios del mundo, a partir de una Wall Street que subía en cerca de 4% -el lunes- y cuando Bush estaba a unas horas de anunciar el ataque. «Una guerra corta...», un modo de tener la misma cantidad de muertos, pero en el menor tiempo posible. Ecuación que satisface a los mercados, así como causaba notable repercusión favorable cuando la desocupación avanzaba en nuestro medio, como también sucede en otras partes. El mercado no es así el reflejo de la gente, sino la representación de quienes miden aconteceres a la manera de un «price/earning». Extraer el «precio utilidad» de una guerra corta y calcular qué rendimiento puede traer al mercado. Obviamente, como estaban las cosas, era un poco más que una apuesta y cuando el mundo tiembla pensado en la onda expansiva y la magnitud de la misma. De todos modos, les sirvió para levantar alicaídos índices del Norte y también los europeos. En tanto, los asiáticos seguían cotizando el miedo a esto, oponiendo su tendencia a la exuberancia occidental. Curiosamente, nuestra plaza y la de al lado -la brasileña- no se sumaron al trencito y a la par que había muy poco volumen en nuestro recinto, la cuestión no pasó de 0,6%. El fatídico «lunes 17» pasó con dos figuras contrapuestas: el «alerta naranja» para Estados Unidos, que tiene a la población en vilo, y una Wall Street jugando a los «toros». De todas formas, manteniendo la lógica acerca de un pensamiento que podía generar repuntes, si se deducía la posibilidad de una «guerra corta». No había que leer ningún cable ni revisar pantallas, solamente conociendo la idiosincrasia, que ha quedado grabada en la historia, se podía estimar esto. Amargo acierto. Recordamos, a propósito de esto, el doble mensaje de la gente sumamente compungida y los mercados rebosando, lo que dedicó Victor Hugo a Nathan Rothschild, quien había realizado el llamado «golpe de Waterloo». Este hombre, de una familia de banqueros de gran arraigo, se enteró en Bruselas de que Napoleón había perdido. Corrió velozmente a Londres -antes que la noticia llegara- y en la Bolsa barrió con cuanto papel pudo tomar. Se fabricó una fortuna en un par de días. Pero mereció el escarnio de un poema que el famoso autor le dedicara: «¡Descúbrete, anciano! Ese que pasa hizo su fortuna, mientras vertías tu sangre: jugaba a la baja y trepaba a medida que nuestra caída era más profunda y segura. Si nuestros muertos necesitaban un buitre, él lo fue.» Cuando dice «jugaba a la baja» es porque se dijo que Nathan primero ayudó a bajar más los precios, dando información distinta, y después se compró cuanto pudo. No es más que una anécdota, pero, aun sabiendo que la mente del mercado es así, siempre nos produce cierto rechazo estar buscando la utilidad sobre la desgracia. Tal como formaron un desagradable cuadro, las dos postales del lunes 17.
El contenido al que quiere acceder es exclusivo para suscriptores.
Dejá tu comentario