Al menos, un soplo de aire fresco para lo que han vivido los mercados del mundo en estos últimos años: leemos que en librerías de Estados Unidos está tercera en ventas una reedición de «El inversor inteligente», de Benjamin Graham. El mejor título con que pasara a la posteridad el autor; es que se lo reconoce en todos los círculos bursátiles como «el padre del análisis fundamental». Personaje singular, hasta su muerte -a los 82 años, en 1976- resultó atractiva para la historia: porque falleció en una de sus tantas casas, en Francia, en brazos de una amante... ¡que le había arrebatado a su propio hijo!. Bohemio puro, como pocos, comenzó su accionar en Wall Street a los 20 años -en 1914, recién recibido de Columbia- esde el humilde puesto de pizarrero de una agencia bursátil. Pero tres años más tarde ya se había convertido en un analista reconocido. Lo que hizo Graham, desde una profesión que no pasaba de ser estadística casi pura, fue romper moldes y operar por cuenta propia, con ideas originales. Un amigo, que captó su capacidad, le propuso fundar la Graham Newman Corporation y desde esta sociedad se inculcó «la inversión de valor». Ganancias, dividendos, valor libros, resultaban los pilares de su análisis, con los que descubría «pichinchas» y las compraba por debajo del valor real, hasta tomar el control de sociedades que luego debían realizar sus activos. Esta obra, denominada con unción como «El libro», que ahora trepó al tercer puesto del ranking, Benjamin Graham la escribió ¡en 1949! Una buena noticia, ver que los ciclos se van de marco, pero siempre vuelven a las fuentes los que quieren interpretar las bases del mercado. Es posible que la puesta en boga tan entusiasta de Graham en esta época tenga también raíces en que uno de sus discípulos más exitosos -Warren Buffet- está en plena vigencia como la mayor fortuna del mundo, hecha en los mercados. Considerados un conservadores tanto el maestro como el discípulo, todo lo suyo se fundamenta en razonamientos más del tipo de conducta y naturaleza del ser humano que en complicados «researchs» o sofisticaciones analíticas. Justamente, decía que «las reglas que permanecen no se refieren a papeles, sino a naturaleza y conducta humanas». Cuando leía resúmenes demasiado densos, aseguraba que «en mis 40 años de Wall Street, nunca vi cálculo confiable sobre el valor de las acciones que fuera más allá de la aritmética simple o el álgebra elemental...». Acaso mantendremos, como homenaje y valor de permanencia, unos «cupones» más con sabios consejos y precisiones del padre del fundamentalismo. No tenemos datos acerca de cuántos miles de libros se han vendido en la actualidad, pero desde su primera edición en 1949, hasta la muerte de Graham en 1976, dos de sus obras habían llegado a los 100.000 ejemplares cada una. Una de ellas, por supuesto, este remozado «Inversor inteligente» que volvió para dispersar un poco de sensatez entre tantas locuras de los recintos modernos. ¡Brindamos por ello!
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