15 de octubre 2003 - 00:00

Cupones bursátiles

Cuando se consiguen refinanciaciones de pesados compromisos se genera uno nuevo: el de poder lograr que el negocio rinda, para cumplir con lo repactado. Es la diferencia entre poder sanear una estructura, remozarla, devolverla a los viejos principios de la administración sabia y cautelosa (el gran éxito, en todo caso, poder tener una «segunda vida» empresaria, cuando casi estaba en la tumba). O bien, solamente poder acceder a una operación que brinde «sobrevida» al que estaba moribundo, pero que ya nunca recuperará condiciones normales, previas a la operación.

En toda la sinfonía de repactaciones que la mayoría de las sociedades cierra o tiene en gestación, aplicando los más diversos modelos de ingeniería financiera, cabe al inversor ponerse a distinguir qué sucederá con el futuro. Y qué ha debido resignar la sociedad, en tren de poder cerrar el trato. No es lo mismo, por caso, que los acreedores se «coman» nuevos bonos de deuda y otorguen plazos de gracia que den cabida a la reacción, que si tienen la opción de capitalizar los compromisos, convertirlos en acciones. En tal sentido, se puede arribar a una licuación del capital, enfrentando a diezmado poder de realizar beneficios. ¿Qué será, entonces, de las esperanzas del simple poseedor de acciones de la minoría? Que bien puede ocurrir que el festejo pase por un «grupo de control», que estaba ya puesto a la parrilla, pero que no resulte apto para ser un simple «bolsista» y que debe privilegiar cuánto puede rendirle la sociedad, cuánto podrá repartirle y cuál es el respaldo en activos que cada título todavía posee.

Existe un extraño puente, para velocidad alta, entre algún anuncio de renegociación concretado y la suposición de que todo vuelve al estado de bonanza y prosperidad. Es como atravesar el mismo puente, uniendo alguna pauta de convenio con el FMI -del país-y, tan sólo por ello, imaginar que sale el sol y que todo irá hacia arriba. Las trilladas expresiones sobre «deuda externa impagable» en sus diversas variantes, que, todos saben, también les cabe a ciertos pasivos privados que, a la vista de la capacidad de ganancias y de repago, resultan una montaña difícil de poder sacarse de encima. Todo es mejor que la desaparición o la liquidación de una compañía -donde el poseedor de acciones es como un socio solidario, cobrando si queda algo-, pero de allí a sobrestimar que se siga tratando de una «empresa en marcha» (que verá de qué modo puede repuntar) hay un paso peligroso. Como la tendencia del Merval parece no tener vientos contrarios por estos tiempos, frente a la crisis de opciones alternativas, sencillamente se pueden mezclar el oro y el oropel, que brilla, pero se oxidará ante las inclemencias. Por lo que pueda seguir sucediendo con todo en nuestra economía, tan entusiasmada en tratar de vivir de la «soja», siempre es mejor afinar la cartera y darles la calificación justa a los papeles, buscando tener el oro, desechando el oropel, aunque parezca brillar más.

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