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Existe un extraño puente, para velocidad alta, entre algún anuncio de renegociación concretado y la suposición de que todo vuelve al estado de bonanza y prosperidad. Es como atravesar el mismo puente, uniendo alguna pauta de convenio con el FMI -del país-y, tan sólo por ello, imaginar que sale el sol y que todo irá hacia arriba. Las trilladas expresiones sobre «deuda externa impagable» en sus diversas variantes, que, todos saben, también les cabe a ciertos pasivos privados que, a la vista de la capacidad de ganancias y de repago, resultan una montaña difícil de poder sacarse de encima. Todo es mejor que la desaparición o la liquidación de una compañía -donde el poseedor de acciones es como un socio solidario, cobrando si queda algo-, pero de allí a sobrestimar que se siga tratando de una «empresa en marcha» (que verá de qué modo puede repuntar) hay un paso peligroso. Como la tendencia del Merval parece no tener vientos contrarios por estos tiempos, frente a la crisis de opciones alternativas, sencillamente se pueden mezclar el oro y el oropel, que brilla, pero se oxidará ante las inclemencias. Por lo que pueda seguir sucediendo con todo en nuestra economía, tan entusiasmada en tratar de vivir de la «soja», siempre es mejor afinar la cartera y darles la calificación justa a los papeles, buscando tener el oro, desechando el oropel, aunque parezca brillar más.




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