El empresario lanza un alerta razonable: estima que puede existir un impacto inflacionario, a través de no medir correctamente cierto derrame que se produzca en la economía. El sindicalista salta enseguida y contesta con el viejo discurso de siempre, actitud que no carece de sentido puesto que defiende lo suyo. El tercero en el escenario, el funcionario, y de alto rango, toma partido y acude a los gastados argumentos políticos. Como pretendiendo que aquel que lanza el alerta y que ha hecho una evaluación -siendo de una empresa de las grandes, con más razón- es poco menos que un enemigo. Así están dadas las cosas, cada uno -unidos por el aumento de salarios anunciado- mostró sus cartas. Y se hace carne la división de posturas, las salidas airadas cuando algo no parece gustar y que viene de parte de quien, además, está directamente involucrado en las consecuencias. De ahí a la amenaza con el «control de precios» media solamente que esa inflación anunciada tome cierto cuerpo. Con las previas acusaciones del caso, se perfila nítidamente que habrá predisposición para ello: sólo es cuestión de esperar. Es un baile demasiado peligroso el que se puso a tocar la orquesta en el ámbito local (como el que llevaron en sus portafolios enviados a España).
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El mercado que abrió la semana no se pareció en nada al que se había retirado el viernes. La vuelta a un monto negociado de bajas revoluciones, salvado en los precios porque la oferta se mantuvo muy sobria. La demanda saca su cabeza del agujero, se anima un poco, pero en cuanto da algunos pasos vuelve a oír los aullidos que siembran la inquietud. Y corre a meterse dentro del pozo, del que -posiblementeno debería animarse a salir hasta que el día vuelva a brillar, sin aullidos agoreros. En las encuestas formales, aquellas que se habrán de difundir, se hallan las respuestas obvias, de molde, las de siempre. No quedar mal con funcionarios que se ofenden, no irritar al soberano de turno, de poco sirven. Valen mucho más las conversaciones informales, aquellas que desnudan parte -no todo- del pensar de los agentes económicos. Y, en especial, de los que «hacen» la economía. Por allí puede uno encontrarse con la sorpresa de ver qué distantes están las encuestas, de las opiniones reales. Algún empresario salta, no quiere quedar callado, entonces ve de qué modo se le vienen encima. Pero, la inversión, la radicación de capital, lo que hace que haya empresas y trabajadores, es la que se va viendo mellada. La Bolsa y sus apagones son el referente que puede ir mostrando la realidad. Por más que se pueda corregir oportunamente un índice, que debe lucir algo mejor en la rueda de un fin de mes. El país de superficie lo estamos viendo todos, todos los días. Preocupa más lo que corre por debajo.
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