7 de julio 2005 - 00:00

Cupones bursátiles

Mirando una rueda a solas con las órdenes locales, por el feriado del lunes en el mayor centro financiero del mundo, y esos escuálidos $ 17 millones en acciones (algo más de 6 millones de dólares, para el total de los paneles cotizantes), pensábamos en aquello que es tema de comentarios actuales y las normas sobre los capitales golondrina. Y siempre uno tiende a suponer en el problema de los que se pueden ir, pero quizá lo más delicado pase por la otra dirección: imaginar que se selle una condena -hasta que venga algún ser más racional y recomponga la cuestión- de mercado mediocre y falto de ingresos de órdenes. Que si bien es lo que veníamos teniendo, siempre está la ilusión latente de que más capital de riesgo comience a fluir hacia el mercado. En realidad, no están matando lo material de una caja actual -que ya viene diezmada de inversores-, sino que aniquilan el espíritu fundamental de una Bolsa: la esperanza de que lo siguiente, el porvenir, resulte mejor que el presente.

A solamente unos días de cumplirse otro aniversario de la entidad, el 151°, se tiene un panorama de absoluta desazón en todos los ámbitos que hacen a lo bursátil. No porque los precios bajen, los volúmenes se aplasten, las reacciones se frustren, sino por lo otro: por esa sensación de que las ruedas siguientes pueden ser una repetición sistemática de lo visto, esa especie de resignación -de entrega- que es el peor de los virus para fomentar la muerte virtual de un sistema. Que vive mucho más de los sueños que del dinero.

Qué sabrán los «genios» que delinean ese tipo de medidas acerca de lo que late realmente en una Bolsa.


Algunos la habrán hojeado en un libro de texto, otros creerán que la entienden enhebrando palabras como « especulación», «volatilidad», «timba», seguros de que se trata de un segmento totalmente obviable de la economía y las finanzas.


Todo lo que se pueda decir de quienes diseñan normas para ahorcar a un mercado bursátil es poco. Tienen la disculpa habitual, de la propia ignorancia que los guía. Y, a fuerza de ser sinceros, hay que convenir que muchas veces se ayudó desde el mismo sistema a que vayan abonando sus conceptos primitivos. Innumerables son las muestras de nuestra historia, donde se atacó a lo bursátil desde la mente de funcionarios retrógrados, que dejaron su huella, provocaron los daños y pasaron de largo por la función, pero las muescas se acumularon, los daños se cuantificaron en pérdidas de inversores y capitales, como de empresas desertando de la cotización. Nunca se vuelve totalmente atrás, aunque se modifique lo dispuesto equivocadamente. Lo bursátil es como un jarrón de fino cristal: una vez roto, no queda igual por mejor que se lo pegue. Y lo hacen de nuevo.

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