23 de enero 2006 - 00:00

Cupones bursátiles

Los desastres y desvíos bursátiles, a partir de la sofisticación de instrumentos, derivados y tecnologías, cayeron esta vez nuevamente en terreno japonés. Pero bien podía haber sucedido en otro recinto del mundo globalizado. Es nada más que la otra faceta de todo aquello que puede considerarse como muy favorable del escenario en que se mueven los mercados modernos.

Ciertamente, los actos fallidos de un personaje, o una firma, ya sea de inversiones, o solamente empresaria, pueden llamar al asombro únicamente a la gente común. A los que están alejados de todo el entorno de los mercados, que apenas recuerdan algunos pasajes resonantes -de los muchos que se vienen encadenando en estos años- y que creen estar ante una figura incomprensible. Ya sin tecnología, sin globalización, sin tantos instrumentos a la mano, la historia de los mercados posee un duro historial de desvíos y de fraudes resonantes: lo lógico es que a esta altura los casos sean más frecuentes, los controles más inservibles, la cantidad de fórmulas y estratagemas mucho más abundantes. Y si aparece, cada tanto, el estallido de algún caso, hay que suponer cuántos que están en ciernes muchas veces consiguen tener el golpe de suerte que les enderece el barco, y todo quede tapado. Solamente alcanzan la superficie las maniobras que salen y terminan mal. Pero, ¿cuántas que vienen mal de pronto terminan bien y nadie se entera? Que la falta de tiempo necesaria para cubrir las brechas. Que el golpe de suerte que no se presentó a tiempo. Que la desesperación que induce a cometer todavía más errores...

Se dice que ahora tomarán medidas sobre la «partición de acciones», el instrumento que se sindica como culpable, pero será solamente colocar una valla un poco más alta, y que las astutas mentes de los que hacen fortunas de la nada -por estos lares, tenemos unos cuantos- se encargarán de vadear o de saltar. El único peligro inmenso es que los eslabones vuelvan a ubicarse en línea, como sucedió en la época de los 80, o con las «tecnológicas», y que la globalización produzca una explosión nuclear para el mundo de las Bolsas. Los casos aislados, que apenas conmuevan por algún tiempo, volverán a ser resueltos; y los daños, pasados a «gastos generales» del universo operativo. Es el precio a pagar por la vorágine de números y operaciones, de procesos montados, que derivan de las facilidades disponibles. Y si se vuelve la vista atrás, se verá que en el historial -con elementos precarios- siempre los resonantes hechos han ensuciado el cuadro del sistema bursátil. Acaso, será para repetir aquello remanido en el mundillo futbolero, cuando todo se cubre con la expresión: «La pelota no se mancha». Pues bien, la Bolsa tampoco...

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