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Punto y aparte. Bien puesto, porque la primera rueda de febrero se fue al infierno. La belleza trocó en una demolición de indicadores, viendo que la agilidad y frescura del mercado se iba por la pendiente, rodando sin remedio. ¿Cómo puede cambiar tanto la opinión mayoritaria de los inversores, de una a otra rueda? Que traten de explicarlo los que operan, pero la realidad de cambios tan violentos -en las fronteras mensuales- dan toda la sensación de los esfuerzos concentrados, para producir objetivos más artificiales que reales en su fondo. Y que son capaces de desteñirse sin ningún tipo de timidez, ni gradualismo alguno, como quien decide dejar salir el vapor que ya no puede contener la caldera.
Las carteras registraron una ganancia de más de 16% en enero, que ya se había desagiado más de 2,5% en el primer día de febrero: demasiado para un solo día, que bien podía haber resultado de tomas de ganancias, pero conservando cierta presencia compradora en términos más suaves de precios. Son los «barquinazos» que hacen dudar de todo, no sólo de la consistencia en Bolsa, en nuestro medio. Y son las mismas dudas que hacen que no existan mayores interesados en tomar plazos de cierta extensión, cuando se ofrecen papeles oficiales.
Una dualidad notable, el decir y hablar del crecimiento, la enorme recuperación, el camino distendido en la economía, los acuerdos de precios, pero que -al pasarlo a la verdad de las colocaciones- no se sale del día por día, o de un tramo muy corto en el invertir.
¿Cómo se compadece buena pregunta para analistas que la dialéctica nos llene de esperanzas y las inversiones rehúyan salir del muy corto plazo? Con todo, el indicador rozó los 1.800 puntos al término de enero. Antes del aguacero.




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