20 de julio 2006 - 00:00

Cupones bursátiles

Hace unos días, en sede de Repsol YPF, la sociedad convocó a una reunión donde auspiciaba la presentación de «Un inédito diccionario de argentinismos del siglo XIX». El autor de la obra en el conocido Pedro Luis Barcia, presidente de la Academia Argentina de Letras. Resulta sumamente interesante la recopilación de voces que se utilizaban en nuestra tierra, cuando recién se formalizaba una Argentina constituida como nación. Y también lo valioso y fidedigno de lo realizado, debido a que el doctor Barcia rescató un manuscrito de hace más de 130 años y que había estado en proceso de elaboración por la Academia de Ciencias, Letras y Artes entre 1875 y 1879. Fue recuperado entre viejos papeles guardados en la sede de la Academia en Palermo y ahora alcanzan la luz pública mediante la edición presentada. Un vocabulario que se venía utilizando en torno de los años en que se fundó la Bolsa de Comercio, pero que mantiene muchos de los términos vigentes en nuestro modo actual de expresarnos.

Viene muy bien, además, para advertir el origen de ciertas voces habituales y sobre las que uno suele preguntarse, sin saberlo a ciencia cierta. Por caso, la expresión «che», que resulta nuestra marca argentina en cualquier parte del mundo. Resulta ser de origen araucano y en ese idioma significa «hombre», adoptado por todos nosotros como para llamar la atención de alguien, o iniciar una conversación. Posee también el diccionario aparecido una serie de considerandos, como observaciones gramaticales y distintas disposiciones que sirven de apoyatura a las definiciones. Resulta un exquisito hallazgo, el haber rescatado un material que aporta a conocer sobre nuestras raíces.  


Y es también para preocupar que tantas obras seguramente habrán seguido el camino de la humedad y la destrucción, en un medio que nunca se preocupó seriamente por conservar su historia. Dentro del propio sistema bursátil -que sigue debiéndole a sus socios y a la comunidad un museo que contenga siglo y medio de pasar- causa tristeza saber que es muy poco lo que ha quedado a buen recaudo, más allá de «memorias» de la entidad o páginas y fotos dispersas, siendo que la Bolsa ha sido permanente espectadora de la vida nacional, con un trayecto desde 1854 que no muchas instituciones pueden igualar.

Bellísimo resultaría poder capturar las terminologías de aquellos operadores, usos y costumbres, el modo de moverse dentro de aquellas ruedas de las primeras etapas. Acaso si se llegan a revisar pilas de viejos papeles, como hizo el doctor Barcia, alguna vez se hallen páginas inéditas para mostrar a la comunidad bursátil de hoy. Tarea que bien podría encararse en adelante...

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