Divertido arrancó 2008, sin tiempo para que en el mercado se duerma la siesta veraniega. A tal punto está divertido, que ya apareció un primer suceso para la galería de los movimientos nunca esclarecidos. ¿Qué pasó con la plaza de Petrobras en el ida y vuelta? No es tarea periodística andar lanzando hipótesis o licuado de versiones, una temeridad que muchas veces lleva a erróneas conclusiones y a la información. En especial, porque falta el «factor X» y posible elemento para arribar a la claridad: saber de qué manera se armó todo, saber de qué modo creció, saber sobre los que se bajaron primero y la relación que pueda existir entre los dos extremos: el auge y la caída. Lo demás es solamente lo que adorna el movimiento, como saber que corrieron rumores sobre intenciones de compra y declaraciones posteriores -bastante posteriores, cuando ya el volcán bullía-que hicieron el desastre del miércoles y una caída de casi 20% en la plaza de esa acción.
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¿Habrá quienes estén indagando algo más, con elementos? Y lo más importante: si los hay, ¿harán la debida difusión? Por el momento hay que quedarse con la primera gran «nota de color» de 2008, que le puso pimienta a nuestro mercado en la primera parte de enero.
En Wall Street también se están divirtiendo bastante, mientras vuelven locos a todos los demás recintos que esperan qué cuernos habrá de llegar desde allí, para obrar en consecuencia. O bien intentan salirse de la órbita y dejar que el Dow se cocine en su propia salsa, mientras los satélites procuran un microclima que los ponga a salvo de tanto candombe yanqui.
Mercados así no sirven a nadie, ni siquiera a los que pescan en río revuelto: porque da la impresión de que ni peces van quedando. En tal sentido, hay una coherencia y un empalme con el ejercicio anterior, donde todo lo que se haga debe tener la mira bien alta y olvidando lo inmediato. Desde lo interno no aparecen estímulos ni cambios de escenario -ni de discursos-que puedan conmover a un dejarse llevar general. El último símbolo es ver a los diligentes empleados que envían intercambiando lamparitas con los vecinos como parte de lo que -sin ponerse coloradoshan denominado como un «plan energético». Asociar esa imagen a la producción de las empresas en este ejercicio es volver a temblar en gran forma. Y no parece una postal muy atractiva para que aparezcan nuevas inversiones a radicarse.
El sainete se completa con invitados a programas televisivos de renombre a los que se consulta muy seriamente sobre: ¿es eficaz el cambio de lamparitas? ¿Y el mercurio que contienen, es peligroso? Los políticos votan en consecuencia, sin que ninguno aporte números concretos sobre el ahorro, sino en la utilidad de la famosa lamparita que no es de bajo consumo solamente: sino, de bajo talento.
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