No nos compadecemos, como sí nos compadecimos antes, de los que han vuelto a invertir en bonos argentinos y ahora se ven nuevamente defraudados. Cuando la ocasión del «canje de deuda» siempre defendimos la posición de los que tenían tales papeles, y eran esquilmados sin piedad por un gobierno que hablaba de «negociación» cuando solamente presentaba un menú unilateral de «tómalo o déjalo». Es el día de hoy que propios y extraños adjudican a «una brillante operativa» lo que hicieron en ese momento nuestros gobernantes: cuando, en verdad, no se trataba de otra cosa que una grotesca operación donde se repugnaba, absolutamente, el principio del compromiso soberano. Y hasta se trataba de demostrar que los poseedores de esos bonos se lo tenían merecido...
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Oportunamente, luego periódicamente, sostuvimos la vergüenza que representaba ese modo de atropellar a los inversores, que dieron crédito al país comprando tales papeles en su momento.
Pero, también decíamos que la segunda vez que se produjera otro tipo de artimaña la culpa sería del que volviera a tomar un cheque de los que le habían dado uno primero que no tenía fondos. Y resulta que ahora vuelven las quejas, después de haber visto unos cuantos días donde los medios -incluido el nuestro- hablaban de la buena demanda que poseían los bonos locales en función de la supuesta renta que están dando. Salido el nuevo índice de inflación, retornaron los sinsabores y ya en otra evidencia de que todo seguirá igual -o peor-y que el ratio que corrige a los bonos será puesto a voluntad, la inflación, sin importar lo que digan los críticos.
El que se sienta ahora desilusionado lo mejor que puede hacer es dedicarse a buscar otras inversiones. Y si han caído en la inocencia de tomar un bono de ésos, teniendo como ejemplo el pasado, ciertamente que son «carne de cañón» para que les quepa cualquier estratagema futura.
No puede nunca un inversor dejarse llevar solamente por la renta posible, o prometida, sin medir la columna del riesgo y la desconfianza por una ganancia demasiado amplia. Los que más pagan son los más riesgosos, una simple fórmula -que el gobierno usó como argumento cuando decidió desagiar a los bonistas-y no porque falten las alternativas, o las demás pagan poco, uno tiene que ingresar al terreno de lo peligroso. Y el modo de conducirse de los funcionarios de esta década, en cualquier plano, los sindica como peligrosos para poder transar y convenir condiciones que después se respetarán o se revolearán por los aires, según convenga.
No nos interesa casi nada, nunca en realidad, todo lo que no resulte acción cotizante, y el riesgo puro, el -para nosotros- verdadero espíritu bursátil. Si ahora vemos los bonos, es porque nos llaman la atención.
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