Malos muchachos: la estrategia del Gobierno para negociar

Economía

El dilema: decir que se quiere pagar, que hay voluntad, que no se quiere un default, pero quedarse con la posibilidad de no pagar deuda por tres o cuatro años. Traducción: no rompemos de forma unilateral, pero sí, de común acuerdo y en buenos términos con los países del FMI y Wall Street, rompemos. Fin de la cita.

Es la quintaesencia de la reestructuración que prometen en la Casa Rosada. Parece ser también la principal diferencia, hasta ahora, entre el revisitado arranque en el poder de Néstor Kirchner y el del presidente Alberto Fernández. Si la idea de este último es calcar el modelo económico de aquél (a pesar de los precios internacionales, el contexto y de que el expresidente Kirchner tomó el Gobierno en un escenario posdefault), entonces lo primero que se deberá lograr es resolver el problema de la deuda, es decir, no pagar nada de nada.

De ahí, el segundo paso es aplicar una quita que acompañe, no inhiba, el crecimiento. En palabras del ministro Guzmán, que haga sostenible la deuda. En el Congreso, esta semana, Guzmán dio una pista: dijo que este año no va a haber una reducción del déficit fiscal, por ende, no habrá más política de ajuste porque afirmó que recién en 2023 se lograría el equilibrio. De ahí se deriva que la quita que se viene será importante, porque sin superávit fiscal no se pueden hacer altos desembolsos. La tercera pata, sumar recursos para inyectar en la economía y así convocar al hada madrina del consumo, actividad, empleo, inversión, recaudación.

En el Gobierno miran con interés (el verbo queda corto) los años posdefault del primer kirchnerismo: el no pago (de hecho) en los primeros años sirvió posteriormente para lograr una quita, todo un factor muchas veces subestimado del ciclo de recuperación y crecimiento que inició en 2003.

Por eso en el Gobierno hay quienes piensan que es riesgoso encarar una reestructuración amistosa que limite a la Casa Rosada de imponer años de espera para empezar a pagar, posiciones duras, hacer quitas y afines. El ministro Guzmán dio pruebas de que el caso Kicillof (decir que no se puede pagar un bono y luego pagarlo) no podía ser tomado como medida de las cosas. Por eso decidió patear esta semana el pago del Bono Dual para adelante (muy). Por eso también Guzmán-Stiglitz, el animal bicéfalo que negocia la deuda argentina, dijo lo que dijo: “Este Gobierno no va a aceptar que la sociedad argentina quede rehén de los mercados financieros internacionales, ni va a favorecer la especulación por sobre el bienestar de la gente...”. Lo que el mercado leyó como kirchnerismo puro y duro.

De esa manera, vuelve a foja cero lo verosímil de la situación financiera. No estamos mintiendo. Claro está que ahora, con el FMI de por medio y sin poder cancelarle la deuda cash, habrá que sumar a Georgieva & Co. en la patriada. Y si bien la propia titular de FMI hizo declaraciones prometiendo más sensibilidad mientras sonaba la melodía de “somos-mucho-más-que-dos”, se sabe que el ablandador de corazones es un aparato difícil de conseguir por estas horas, sobre todo en Washington. Los enviados especiales del Fondo a Buenos Aires tendrán la tarea nada prometedora de convencer al Gobierno para poner en marcha un plan económico que contemple ajuste fiscal y ya que estamos, reformar las jubilaciones. Ah. Y de paso, llevar a cabo una quita los bonistas, por esa historia del esfuerzo compartido. No hacerlo implicaría para ellos una segunda derrota (la primera es que no van a cobrar el mayor préstamo de la historia del organismo, si todo sale bien, por varios años).

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