Si bien son tres las provincias que ya estamparon su firma para la reactivación frutícola, la realidad en cada una de ellas es muy distinta y llegan a esta instancia con coyunturas que en nada se parecen. La comparación entre Río Negro y Neuquén cae de madura.
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Río Negro llegó -o más bien forzó- este acuerdo luego de terribles luchas de los productores locales que cortaron cuanta ruta había y que sumieron a la Patagonia en un panorama de protestas jamás vivido en toda su historia. El mismo gobernador Pablo Verani, que siempre mantuvo buena relación con los productores (él se señala como un productor más) vio cómo el lazo que los unía se rompía y terminó admitiendo que ya nada podía hacer para solucionar el conflicto en momentos en que los manifestantes se negaban a aceptar un acuerdo. Por suerte para Verani, la postura radical de los productores cedió finalmente y hoy las aguas están tranquilas. Pero, de todos modos, el mandatario rionegrino no está tranquilo. «Necesitamos que este plan se implemente ya, la fruticultura no admite más días de espera», admitió. Es que en el éxito de este plan se juega la suerte de su provincia y de su gobernación. De aquí que no resulte extraño que al salir de la Casa Rosada admitiera al periodismo que aún no sabe cómo ni cuándo llegarán los fondos de la Nación y que teme que el acuerdo quede en la letra, en lo formal.
La contracara está del lado de Neuquén donde es menor la cantidad de afectados y pueden salvarse emergencias con fondos provinciales. «Este plan es muy importante, pero nosotros ya avanzamos en un trabajo conjunto con los productores de la provincia y no llegamos a una crisis como la que vivió Río Negro», señaló un tranquilo Jorge Sobisch.
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