Habían terminado los discursos del presidente Fernando de la Rúa y de Chrystian Colombo; el jefe de Gabinete seguía respondiendo las preguntas de los periodistas. Pero el Presidente ya no estaba en el auditorio para escuchar las respuestas; tampoco estaba mirando televisión: con un grupo de sus más íntimos colaboradores (una treintena) habían cruzado el pasillo que separa el auditorio de Olivos del quincho cubierto, y se disponían a dar cuenta de sándwiches de chorizo que los mozos de la residencia les alcanzaban en bandejas.
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Era el final de una larga jornada, trabajosa y difícil, de negociaciones que parecían -en algún momento particularmente ríspido, como la pelea Cavallo-Ruckauf-destinadas al fracaso.
Pero «Todo lo que termina bien está bien», como reza el título de una de las obras menos representadas de William Shakespeare. Así, eufóricos radicales como el secretario de Turismo, Hernán Lombardi; Luis Brandoni; el titular del Banco Nación, Enrique Olivera; el intendente de Vicente López, Enrique «Japonés» García; y su ex colega sanisidrense Melchor Posse -se sentaron juntos-; José María García Arecha, y medio centenar más se agolpaban en el salón de Olivos y aplaudieron a De la Rúa cuando ingresó, de (inusual para un domingo) traje azul, camisa blanca y corbata azul y colorada.
El secretario de Hacienda, Jorge Baldrich, en mangas de camisa, reconocía: «Acabo de venir de comerme una hamburguesa (dijo la marca); estaba en ayunas desde la mañana». Después, explicó que los anuncios «sin dudas van a hacer que los mercados reaccionen de manera favorable». Y adelantó algunos detalles de las medidas que un minuto más tarde anunciarían el Presidente y Colombo.
Más parco pero igualmente informal en su vestimenta, Armando Caro Figueroa puso un dedo en sus labios y negó con su cabeza ante el requerimiento de algunos periodistas. Domingo Cavallo también fue abordado por la prensa, pero no se apartó demasiado del libreto convenido de antemano.
Comitiva
De la Rúa subió al escenario acompañado de siete de los ocho gobernadores aliancistas: el chubutense José Luis Lizurume, el entrerriano Sergio Montiel, el mendocino Roberto Iglesias, el chaqueño Angel Rozas, el rionegrino Pablo Verani, el catamarqueño Oscar Castillo y el interventor en Corrientes, Jorge Aguad. Lo flanqueaban el titular de la Cámara baja, Rafael Pascual; y el del Senado, Mario Losada. El único firmante del acuerdo de gobernadores era el jefe de Gobierno porteño, Aníbal Ibarra; se explicó que había elegido concurrir a un derrumbe (con víctimas) en un barrio porteño. «No piensen nada raro», pidió un radical.
Los ministros y secretarios se acomodaron en las primeras filas del auditorio: sin demasiado respeto por las jerarquías se alternaron Nicolás Gallo, Cavallo, Caro Figueroa, Horacio Jaunarena, Juan Pablo Cafiero, Darío Lopérfido, Jorge de la Rúa, Héctor Lombardo, Baldrich.
Horas antes, a las puertas de Olivos sobre la calle Villate, una manifestación de un centenar de trotzkistas intentó alterar la paz del barrio, sin demasiado éxito. Los políticos y funcionarios siguieron ingresando a la residencia sin mayores inconvenientes.
De todos modos, seguramente no era ésa la demostración de apoyo o rechazo con la que anoche se fueron a dormir los integrantes del gobierno: un integrante del equipo económico confesó que iba a quedarse despierto hasta que comenzaran a cotizar los títulos de la deuda argentina en los mercados europeos. «Sabemos que es un día clave, pero tenemos mucha confianza en que los mercados van a entender que esto va en serio.
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