20 de septiembre 2004 - 00:00

El plan Redrado al Central arrancó hace seis meses

Miguel Pesce
Miguel Pesce
El alejamiento de Alfonso Prat-Gay del Banco Central merece estudiar qué factores jugaron en esa decisión que abre interrogantes para la marcha del gobierno. ¿Era el mejor momento -en medio de la renegociación de la deuda y a la espera de la revisión del programa con el FMI- para hacer este cambio, pese a que el prestigio de Martín Redrado en el exterior es alto, como el de Prat-Gay, y que en lo ideológico y en lo técnico tienen gran identidad entre sí, y eso el mercado lo sabe? ¿Ayuda la señal que se transmite de que no hay intermediarios entre el Presidente y los acreedores con este relevo en pleno debate de la reestructuración de la deuda? ¿Era oportuno desarmar -con el solo propósito de ratificar el «aquí mando yo» del Presidente- dos sectores que han funcionado muy bien con este gobierno y el anterior, que son el Central con Prat-Gay y comercio internacional con Redrado, que ha prestado un servicio poco reconocido abriendo mercados para los productos argentinos en todo el mundo y firmando acuerdos de comercio que han desbloqueado situaciones que se arrastraban desde hace años? Aquí una reseña de las jugadas:

El plan de un Central comandado por Martín Redrado y Miguel Pesce existía hace seis meses. Cuando Pesce se fue de ministro de Economía a la intervención de Santiago del Estero ya sabía que después iría al Central. Cuando se lo dijeron en Casa de Gobierno le adelantaron que el nombre de Redrado era parte del paquete. Eso lo supieron los contertulios radicales de Pesce (Raúl Baglini, Jesús Rodríguez, «Fredi» Storani, Mario Losada) y por eso la UCR no objetó las funciones de este economista mendocino en Santiago del Estero ni después en la escala que cumple en la SIGEN. El que no sabía nada de esto era Redrado, que se enteró cuando le hicieron la oferta de regreso de Madrid.

• ¿Qué hacía Redrado en Madrid? Nada menos que reemplazar a Prat-Gay en un seminario organizado por el BBV y el diario «ABC» sobre relaciones comerciales UE-Mercosur. Una semana antes, Prat-Gay había llamado a Redrado para contarle que lo habían invitando a ese seminario pero que él no entendía nada de comercio exterior y que les iba a decir a los del «ABC» que lo invitaran a Redrado y no a él. Martín le dijo que le venía bien la fecha porque iba a Francfort y a París. Por eso fue al seminario, en reemplazo ya de Prat-Gay.

Kirchner resolvió el relevo de Alfonso Prat-Gay en el Banco Central entre las 19 y las 23 del jueves, en un giro de la decisión que sorprendió a todos. A esta hora (4 de la madrugada para España), una azafata del avión de línea que conducía a Martín Redrado de regreso a Buenos Aires despertó al economista en su sillón de la primera clase. «Tengo un mensaje urgente de Buenos Aires; el Presidente quiere que lo llame a este número», le dijo acercándole un papelito. Redrado se recompuso, echó mano del teléfono satelital por tarjetas que hay en el avión y lo llamó a Kirchner. La tarjeta de crédito no la tomaba el teléfono porque estaba desmagnetizada, lo cual terminó de despertarlo.

• A Redrado lo habían empezado a llamar a la oficina de la Cancillería a las 21.30 del jueves pero no lo encontraron. Le dieron el mensaje de que el Presidente quería hablar con él y dejaron el número del conmutador de la Presidencia. Las secretarias pasaron el mensaje a Iberia. Cuando le llega a Redrado (23 de Buenos Aires, 4 de la madrugada hora española) y logra la llamada, le dicen que es el conmutador y que en la Casa de Gobierno no había nadie. Nervioso por la duda sobre qué querría a esa hora el Presidente, lo llama a Oscar Parrilli, que le informa que Kirchner está en Olivos y le hace un puente por el celular. Recién en ese momento pudieron hablar.

Hasta el jueves a la tarde, Prat-Gay y Pedro Lacoste estaban nominados por el Presidente para un nuevo mandato en el Central. Seguía una discusión sobre los nombres de los directores pero no se dudaba de la cúpula.A las 19, Prat-Gay logró verse en persona con Kirchner para conversar los detalles pendientes. En esa charla se produjo el cortocircuito motivado en la forma como Roberto Lavagna encara la reestructuración de la deuda. Testigos de ese diálogo dicen que Prat-Gay insistió en que debía avanzarse en un pago adelantado a bonistas como muestra de buena fe. También deslizó una crítica al estilo de Lavagna de proclamar superávit en recaudación y ejecución del gasto con una estridencia tal que alimentaba la creencia, del lado de los bonistas, de que la Argentina podía ofrecer más de lo que está ofreciendo. El Presidente le respondió: «La política sobre la deuda no es la de Roberto, no es la del ministro, es la del Presidente».

• Prat-Gay volvió de esa reunión al Banco Central sin advertir que se había roto algún vidrio. Celebró ante algún director, el duhaldista Jorge Levy, la continuidad al frente de la institución. Creía que estaba confirmado y que, además, ponía un director propio.

En el edificio de enfrente -Casa de Gobierno- había comenzado otra película. Kirchner debatió con el entorno de los más íntimos que debía rever la confirmación de Prat-Gay y de Lacoste. Habilitó entonces el plan de contingencia. La reflexión del Presidente en la reunión que siguió antes de decidirse por Redrado fue: «Yo estaba para confirmarlo, con muestras de confianza tales como que rechacé la idea de Alberto Fernández de darle acuerdo por un año o tenerlo un año por decreto. El me vino a decir que necesitaba los 6 años.

Le dije que sí, y así firmé el pedido de acuerdo al Senado. Pero me vino a plantear lo de los directores. Los directores que yo (Kirchner es el que habla) quiero poner son para controlar el banco con un Prat-Gay de seis años. No puedo pretender menos. Pero si él me viene a pedir seis años y se lo doy y después me pide más directores de él, estoy obligado a pensar que está en algo raro, en controlar algo que debo controlar.


• Esta reflexión dicha ante poquísimos esa noche del jueves fundamentó la decisión de llamarlo a Redrado. Es decir, una reflexión política, no técnica, como la que Prat-Gay argumentó durante el fin de semana ante todos aquellos con quienes habló (la mayoría ex funcionarios de Duhalde, que se extrañaron de un despido sorpresa como éste). Dolido porque quería seguir aunque él mismo pavimentó su despido, decía que el gobierno quiere dominar el Central porque el año que viene lo va a necesitar porque con los pagos que tiene que hacer la Argentina, se le va a dar vuelta la ecuación del superávit. Para ese momento va a necesitar -dice- un Banco Central dócil. Además, se muerde los labios porque se da cuenta de que lo usaron para despachar la pelea Lavagna-De Vido. Kirchner lo echa y el que paga es Lavagna, que ahora no puede pedir nada porque esa víctima se la anotan al ministro.

¿Qué terminó de volcar al Presidente en esta decisión? No sólo la disidencia sobre la deuda. También le sirvió el caso para un pingüinazo: disciplinar a funcionarios que ensayan un vuelo que les hace olvidar quién manda. En los últimos días era visible la irritación de Kirchner por los titulares que afirmaban que Prat-Gay sería confirmado y que encima ponía condiciones sobre quiénes serían los nuevos directores. Eso no le gusta a ningún presidente cuando hace cambios y menos a éste, tan celoso en preservar su autoridad que cree siempre amenazada como si dudase de su control de la situación. Molestó mucho al Presidente un editorial de «La Nación» en defensa de esa continuidad.

• A esa irritación se sumaron reproches a espaldas del funcionario saliente sobre sus conversaciones inconvenientes con senadores para asegurarse un acuerdo que el Presidente quería tramitar él solo y según sus métodos. Un error que desmiente esta viñeta: hace tres semanas fue a almorzar Prat-Gay al Senado. Estuvo con Miguel Pichetto, Jorge Capitanich, Carlos Reutemann y, entre otros, Rubén Marín. Muy afables y correctos hasta que Pichetto hace un elogio de la gestión en el Central y agrega: «Creemos todos que no habrá ningún problema con los acuerdos para el nuevo mandato». Prat-Gay lo interrumpe y le dice: « Tengo la obligación de decirles que hasta ahora nadie me ha dicho nada de un nuevo mandato». Se quedaron todos sorprendidos.

Cuando recibió la demorada llamada de Redrado desde el avión de Iberia que lo traía a Buenos Aires, el Presidente le ofreció sin muchas explicaciones reemplazarlo a Prat-Gay en el Central. Aceptó de inmediato, mientras armaba los argumentos que usaría después para justificar su decisión y con el mismo olfato puso una sola condición, a la que Kirchner no se opuso: que le acepte por lo menos una terna de nombres para asumir en la secretaría que deja en la Cancillería y que el elegido confirme a la segunda línea de funcionarios que lo acompaña. Kirchner no le dio muchas explicaciones sobre la salida de Prat-Gay; apenas sintetizó acerca de una disidencia sobre el tratamiento que hace el gobierno de la reestructuración de la deuda. Cuando Redrado bajó del avión, pasó fugazmente por su domicilio particular y recién duchado disparó a la Casa de Gobierno. Mantuvo una apurada reunión con el Presidente, que debía viajar a Santa Cruz, y salió con la seguridad de tener mano libre en la designación de parte del equipo que lo acompañará en el banco. Prat-Gay, le dijo el Presidente, tenía sin cubrir algunos cargos importantes y le dejaba esas decisiones al reemplazante. «Para un economista estar en el Central es algo que no se puede rechazar», decía anoche a sus amigos Redrado. «Además -agregaba-, ya es hora de hacer un balance de mi gestión en la Cancillería, y la situación del Central es buena porque la política monetaria está clarificada.»

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