Feletti: "No tiene que haber un Estado empresario, pero sí empresas testigo en manos del Estado"

Economía

El economista definió al escenario actual como "de incertidumbre", aunque confía que la Argentina va a crecer de 2021 a 2023.

Hoy secretario administrativo del Senado de Buenos Aires, Roberto Feletti cuenta con una larga trayectoria como funcionario, en la que se destacan sus dos años como viceministro de Economía de la Nación (2009-2011). En diálogo con Ámbito se refirió, entre otros temas, a la crisis de la globalización y su impacto en la Argentina.

Periodista: A usted le tocó estar en gestión en la anterior crisis económica global. ¿Qué diferencias y similitudes hay?

Roberto Feletti: La crisis de 2008 al día de hoy sigue sin resolverse. En ese entonces hubo un crack de burbuja de activos financieros y ese ajuste provocó un hundimiento de precios en todo el mundo que, por supuesto, impactó acá. En ese momento el mundo venía creciendo a una tasa promedio del 5% y bajó al 2%. Y nunca se recuperó. Pero esta crisis es mucho más profunda porque golpea a la economía interna de los países.

P.: ¿Cambia el tablero?

R.F.: Se termina de cerrar un ciclo de globalización. El mundo que se abrió en 1989, después del final de la Guerra Fría, tuvo veinte años virtuosos, se dio un golpe en 2008 y termina de colapsar ahora con la pandemia. Veremos un mundo distinto, más apoyado en vectores de economía nacional que en modelos de redes de empresas.

P.: El mundo que describe parece tener puntos en común con lo que históricamente ha querido el peronismo.

R.F.: La Argentina produce alimentos, energía, tiene una base industrial importante y, a pesar de los golpes que sufrió, tiene una base de educación importante. Ese conjunto de activos le permiten, en un contexto de volatilidad y sobre la base de economías protegidas a nivel global, un mejor desenvolvimiento. Ante las grandes crisis mundiales, la Argentina siempre tuvo capacidad de discutir. Si conectamos la mayor demanda que hay del común del pueblo sobre bienes esenciales como la salud, la educación, el techo y la energía, y la capacidad que tiene la Argentina de abastecer esos bienes, nos permitiría resolver muchos temas de pobreza. En el sentido de medir la pobreza como aquel ciudadano que se encuentra sin acceso a lo esencial. Después, el consumo global es otra cuestión. Pero la Argentina está en posición de resolver necesidades.

P: ¿Confía en que Alberto Fernández pueda terminar con un PBI superior al que recibió?

R.F.: El escenario es de incertidumbre. Pero creo que el país va a crecer de 2021 a 2023. Porque un Gobierno peronista va a movilizar recursos hacia el mercado interno. Y ese mercado interno, protegido, tiende a ser muy dinámico. Obviamente, en ese marco, no vamos a estar discutiendo la frontera del consumo global, porque esto es lo que provoca siempre los límites del crecimiento argentino. Si todo el mundo quiere tener los bienes de última generación, vamos a colisionar. Pero la economía argentina puede crecer suministrando vivienda, alimentos y energía a muchísimos ciudadanos que hoy carecen de esto. Creo que ahí es donde puede haber un gran acierto, porque la desarticulación de la globalización, tal como la conocimos, y la pandemia, que ha provocado la revalorización de bienes esenciales, habilitan esto.

P.: Hoy el Gobierno tiene menos poder de fuego...

R.F.: Es una mezcla de decisión política con una visualización de la situación internacional. En 2008 se recuperó el sistema de fondos previsionales, que constituyó una fuente de financiamiento y recursos que se inyectaron en 2009 (la AUH, extensión de las redes cloacales y agua corriente, la obra pública de rápida recuperación como alumbrado y asfalto, el proceso de Repro) y también hubo un orden externo. Utilizamos el excedente de reservas para amortizar deuda, produjimos el segundo canje en 2010 que ordenó la cuestión externa y la salida de la crisis fue virtuosa: tuvimos crecimiento del 10% en 2010 y en 2011 fue del 6%, medido por el INDEC de Todesca. Ahora no tenemos que pensar que no hay recursos. Hay que pensar que los recursos están y hay que reasignarlos.

P.: ¿El Estado debería tener un rol regulador o co-empresario para usted?

R.F.: Yo avalo que el Estado tenga empresas testigo en determinados mercados, porque es necesario. Pero no un Estado empresario, tiene que haber un sector privado. El Estado tiene que ser regulador antes que otra cosa. Obviamente, tener un arco de empresas estatales que operen como testigos directos de mercados clave como la energía, el petróleo o el sistema financiero es interesante. Pero lo más importante hoy es un Estado regulador. Va a ser muy necesario planificar la oferta. ¿Cómo fue durante nuestros gobiernos? Primero fue desde la macroeconomía: desendeudamiento, un sector externo superavitario, un sector público con cuentas ordenadas y liberamos la microeconomía. Generamos las condiciones favorables de demanda, con políticas fiscales y monetarias, mantuvimos un equilibrio general de las variables y dejábamos que la micro se encargara de abastecer esa demanda. Eso funcionó hasta un límite del sector externo que llegó en 2012 y obligó a administrar el comercio exterior, a regular el mercado cambiario y, así y todo, se siguieron manteniendo las políticas fiscales y monetarias de demanda. Hoy estas políticas, en medio de la pandemia, y en un cambio de globalización, no son suficientes. Es necesario regular la oferta.

P.: En los últimos días generó revuelo el tema Vicentín. ¿Qué observación hace?

R.F.: Es la oportunidad para garantizar el abastecimiento de dólares, para intervenir en la comercialización de cereales. Ya desde 2010 se venía hablando de la importancia de tener una empresa mixta cerealera, de la misma forma que hay una empresa mixta en energía con YPF. Eso favorece una intervención directa en el control de oferta de divisas. Y eso es un mecanismo para asegurar estabilidad macroeconómica. En países como México o Chile el Estado se asegura una porción de la oferta de divisas con empresas estatales en sectores clave.

P.: ¿Cuánta importancia tiene cerrar el tema deuda?

R.F.: Es importante. La reestructuración de 2010 creó un horizonte de estabilidad, al punto de que hasta el fallo de Griesa el tema deuda había desaparecido de agenda. La reestructuración es importante y define la suerte del Gobierno. Pero un arreglo a cualquier precio también definiría la suerte del Gobierno, si se comprometiese a cosas que van a implicar ajustes dolorosos. Pero esto no es la voluntad de Guzmán ni de Alberto. Reestructurar la deuda genera condiciones de certidumbre, a mediano plazo, importantes.

P.: ¿Hace alguna autocrítica cuando ve las tasas a las que se endeudan nuestros vecinos?

R.F.: No. Macri recibió un país desendeudado y no pudo conseguir, ni siquiera en sus primeras colocaciones, una tasa inferior al 6,75% o 7%. Contra tasas del 4,5% o 5% que colocaban países como Chile, Bolivia, México o Perú. Hay varias razones para este gap. Muchos de esos países securitizaban el flujos de divisas. Mucha de la deuda que emitía Chile estaba securitizada con el flujo de exportaciones de cobre en manos del Estado. Lo mismo pasaba con las exportaciones de gas en manos del Estado en Bolivia, o las exportaciones minerales en Perú. Garantizaban con un flujo seguro de divisas el pago y eso bajaba el riesgo. A nosotros nos ofrecieron varias veces emitir deuda contra un fideicomiso con las retenciones de la soja. Probablemente si se hubiera hecho el nivel de tasa de interés hubiera bajado. Pero hay un segundo punto, y es que aquí existe el peronismo y, a pesar de interregnos como el de Macri, hay una puja distributiva que se expresa en el sector externo. Es decir, la restricción externa es porque hay una demanda de expansión de la economía que pide dólares y productos importados. Si nuestro PBI crecía un punto, las importaciones crecían tres. Por eso hay que cambiar los paradigmas. Hay un demanda de consumo de bienes globales que fuerza eso.

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