Estilo
Lo que se denominó, jocosamente, estilo K, ganó fama universal ayer, gracias a una dura nota que "The New York Times" dedicó a Néstor Kirchner. Allí se analizan sus rasgos de conducta, sobre todo su relación con el protocolo: la ausencia de reuniones de gabinete, las demoras en la atención de otros jefes de Estado, la negativa a recibir a Carly Fiorina de Hewlett Packard, lo que tardan los funcionarios de prensa en contestar un llamado y las quejas de Béliz por la falta de respeto presidencial, todo se describe minuciosamente en ese reporte. Una mala pintura, sobre todo si se la compara con la que el mismo diario le había dedicado un día antes al avance de la economía en la Argentina.
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Kirchner no se disculpa por cualquier violación de la etiqueta diplomática ni por su desagrado respecto de la política exterior. «¿Cómo puedo estar pensando en reuniones exigidas por el protocolo cuando debo dedicar cada minuto al pueblo de la Argentina?», respondió recientemente cuando los reporteros lo cuestionaron acerca de su comportamiento.
Críticos en países vecinos, como Brasil y Chile, califican despectivamente ese lenguaje y gestos como demagógicos y populistas.
Pero el enfoque de Kirchner de tratar con desprecio al mundo exterior efectivamente parece agradar a los argentinos, cuya suspicacia tradicional de ese mundo se vio agudizada por la crisis que generó el desplome de la economía hace tres años.
Kirchner, de 54 años, llegó a la presidencia después de haber conquistado menos de una cuarta parte de la votación popular, pero dio inicio a su período en el poder con acciones rápidas y decisivas. Conquistó elogios tanto en la Argentina como en el exterior por someter a los militares, reabrir los casos de abusos de los derechos humanos, combatir la corrupción policíaca y prometer que cedería el poder político de la Corte Suprema al permitir que los magistrados sean elegidos mediante un proceso independiente. Pero diplomáticos extranjeros y analistas políticos argentinos independientes dicen que Kirchner ha perdido buena parte de ese impulso inicial en meses recientes. El celo inicial de cruzado, aseguran, ha dejado su lugar a un liderazgo peronista más tradicional, preocupado fundamentalmente con ejercer la autoridad y llegar a acuerdos, y también dado a manifestaciones de autoritarismo, tanto de poder como de desquite.
Kirchner aparentemente depende de un reducido grupo de cuatro o cinco asesores probadamente leales a quienes él trajo consigo a la capital desde Santa Cruz, la provincia rica en petróleo pero con escasa población en la Patagonia que él gobernó durante una docena de años. La hermana de Kirchner, Alicia, ministra de Bienestar Social, es parte de ese grupo, al igual que su esposa, Cristina Fernández, una influyente senadora con una base de poder propia y la reputación de ser una mujer dura en cuanto a manejar sus intereses políticos.
• Sin respuesta
La mano de Kirchner se ha visto reforzada con los poderes del decreto de emergencia que le otorgó el Congreso después del desplome económico. Después de dos años consecutivos de crecimiento económico en el rango de 8%, esa crisis ha pasado en su mayor parte, y con ella la justificación para permitir al Presidente tales riendas sueltas. Pero Kirchner conserva, por ejemplo, la capacidad de desplazar el gasto gubernamental de un área a otra sin necesidad de dar mayores explicaciones.
Miguel Núñez, secretario de prensa de Kirchner y uno de sus asesores más cercanos, no respondió a solicitudes repetidas a lo largo de tres semanas para concertar una reunión con él y una entrevista con el Presidente. El secretario de uno de sus ayudantes dijo que Kirchner no estaba otorgando entrevistas de prensa, y otros miembros de su personal y Gabinete no respondieron a solicitudes de entrevistas.
• Escepticismo
En muchas ocasiones, los ministros han anunciado políticas después de recibir órdenes directas provenientes del palacio presidencial, sólo para que Kirchner los contradiga, critique o se burle de ellos poco después. Según muchas versiones periodísticas, cuando Kirchner no está pasando por alto a sus ministros, se dedica a minimizarlos o humillarlos.
En uno de estos incidentes, ocurrido en público, Kirchner golpeó en dos ocasiones con la palma abierta la cabeza de su ministro de Defensa, José Pampuro. Más tarde voceros presidenciales descartaron el episodio como una broma práctica, pero esa explicación fue recibida con escepticismo.
Hasta ahora, sólo un miembro del Gabinete ha renunciado a su cargo, pero fue en una forma muy desagradable. El ex ministro de Justicia Gustavo Béliz, quien había recibido altas calificaciones por encabezar la campaña gubernamental de derechos humanos y los cambios relativos a la Corte Suprema, abandonó su cargo el pasado julio, quejándose de falta de respeto y de lo que él llamó la «mafia» que ha tomado el control del gobierno.




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