6 de febrero 2001 - 00:00

Estudian cumbre De la Rúa, Bush y Cardoso por el ALCA

El saldo principal de la reunión que mantuvieron ayer Adalberto Rodríguez Giavarini y su par Colin Powell se concretará en abril, cuando se realice en Canadá la Cumbre de las Américas. Estados Unidos aprovechará ese escenario para relanzar la apertura de un área de libre comercio en todo el continente, el ALCA. Ayer comenzó a sugerirse que la fecha y los alcances sean motivo de una negociación política de la que participen De la Rúa, Cardoso y Bush. Se trata de saber cuáles son los grados de proteccionismo que Washington defenderá para su propio mercado y cuál la agresividad que aplicará a conquistar los ajenos. El próximo paso se dará la semana que viene: estará en el país el nuevo canciller de Brasil, Celso Lafer. Giavarini también trató con Powell dos peculiaridades de la política exterior argentina: el diferendo con Gran Breta-ña por Malvinas y el encendido entredicho que mantiene el gobierno con Fidel Castro.

Adalberto Rodríguez Giavarini mantuvo ayer una extensa reunión con el nuevo encargado de la diplomacia de los Estados Unidos, Colin Powell, en la que se tantearon algunas de las cuestiones principales de la agenda regional. Powell no terminó aún de sentarse en su nuevo cargo y por eso la conversación tuvo un carácter preliminar.
Sin embargo, de las definiciones de uno y otro ministro se derivó una novedad importante: las discusiones por el Area de Libre Comercio continental (ALCA) tendrán un tratamiento político en la próxima cumbre americana de Québec, que se realizará en abril. El curso de acción que se inició ayer en Washington y que obedece a negociaciones informales con Brasil, probablemente desemboque en una cumbre entre Fernando de la Rúa, Fernando Henrique Cardoso y George W. Bush para discutir el fondo del problema comercial: cuánto está dispuesto Estados Unidos a abrir su mercado a cambio de una liberalización continental del comercio.

No fue la única expectativa que se abrió ayer respecto de la cumbre de Québec. Giavarini propuso y Powell, en principio, aceptó que se establezca en esa reunión una cláusula democrática continental como la que rige como criterio de pertenencia para los países del Mercosur, por ejemplo. La iniciativa no tiene como único destinatario al régimen cuba-no; supone también una prevención para cualquier tipo de crisis institucional en otros estados. Tal vez éste termine siendo el párrafo más fuerte del pronunciamiento político que se oiga en Québec. Otra novedad que apareció ayer en la charla entre Powell y Giavarini tiene que ver con las relaciones entre la Argentina y el Reino Unido.

El canciller le expuso a su colega norteamericano la posición del gobierno: «Somos amigos del Reino Unido, sólo mantenemos una diferencia por la soberanía de Malvinas, que seguiremos reivindicando en los términos establecidos por la Constitución. Usted estará al tanto de estas tratativas, pero me interesaba comunicárselo porque sé que mañana (por hoy) estará con mi amigo Robin Cook, el canciller británico». El jefe del Palacio San Martín se cuidó bien de que su comentario fuera tomado como una información y no como un pedido de gestión, impulso en el que ya había fracasado Guido Di Tella en su momento frente a Madeleine Albright.

Aspectos ríspidos de la agenda regional, que podrían haberse discutido ayer con Powell, no aparecieron sin embargo en la conversación. El plan Colombia o la sorda crisis de poder que afecta a Hugo Chávez en Venezuela son dos ejemplos. En cambio sí se habló de Cuba. El secretario de Estado reveló estar informado minuciosamente del entredicho que envuelve al gobierno de Fernando de la Rúa con Fidel Castro.

Giavarini confesó lo que estaba obligado a confesar: «No tenemos definido cuál será nuestro voto en la ONU respecto de las garantías para los derechos humanos que ofrece el gobierno de La Habana; pero quiero expresarle que nuestro país estará a favor de que se levante el bloque comercial sobre la isla». Powell aceptó esa postura con resignación y sugirió, sin decirlo con toda claridad, que su gobierno está obligado a sostener esa medida no sólo por convicción sino por la imposibilidad de anularla en el Congreso.

De la cumbre de ayer participaron también los embajadores de ambos países, Guillermo González y James Walsh; el subsecretario de Política Exterior, Horacio Basabe; el encargado de Asuntos Latinoamericanos del Departamento de Estado, Peter Romero; el jefe de América del Norte de la Cancillería argentina, Jerónimo «Tincho» Cortés Funes; el encargado de asuntos económicos norteamericano, John Larson, y el ministro Ricardo Lagorio, quien ofició como «note taker». Sentados junto al fuego, Giavarini y Powell dejaron en claro sus principales preocupaciones respecto del adelantamiento de tratativas por el ALCA. El norteamericano dejó en claro que la gestión republicana está interesada en avanzar más rápido.

El canciller argentino puso énfasis en la conveniencia de abrir mercados y liberalizar los intercambios. No se habló de fechas y eso benefició la lógica argentina. Si bien públicamente Giavarini habla de 2004 como fecha para establecer el acuerdo, se trata de una respuesta de compromiso, equidistante de 2003 -la que querría Estados Unidos-y 2005, que prefiere Brasil. En rigor, Giavarini sintonizó más con Cardoso e Itamaraty que lo que se torna visible. Como muchos diplomáticos del país vecino, cree que sólo se podrá avanzar hacia el ALCA si Bush define claramente cuál es el espíritu con que Estados Unidos pretende negociar. Esa incógnita -creen en Buenos Aires y en Brasilia- sólo se puede desentrañar si se produce una cumbre presidencial de los tres países para darle marco político a cualquier discusión arancelaria.

Estas premisas fueron sugeridas por Giavarini a Powell, ayer. Serán tratadas con más detalle en la reunión que el canciller mantendrá con su colega brasileño, Celso Lafer, el 12. Aunque ya fueron materia de diálogo, absolutamente informal, entre el titular del Palacio San Martín y Sebastiao Do Rego Barros, el embajador brasileño en Buenos Aires, acaso el diplomático con mayor llegada personal a Cardoso de cuantos revistan hoy en Itamaraty.

Desde luego, Giavarini manifestó ayer entusiasmo respecto del avance, aunque más no sea conceptual, que se pueda verificar en Québec en materia de comercio: para él la presión norteamericana sobre Brasil puede despejar problemas a los que la Argentina no les encontró solución todavía en el contexto del Mercosur. Por ejemplo, el grado de protección que el empresariado brasileño demanda para su economía nacional.

Así, diferencia de lo que puede cavilar por ejemplo José Luis Machinea, el ALCA debería en la visión de Giavarini mejorar el Mercosur, no contrariarlo. Es una aclaración que, además, el canciller se preocupa de hacer explícita: sabe que algunos gestos dirigidos a Estados Unidos son tomados en Brasilia con desconfianza, sobre todo después de que Chile decidió lanzarse a una negociación bilateral con Washington.

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