Posiblemente en los próximos días -a menos que sobrevenga una baja importante-, todos quienes de una u otra manera participamos del mercado bursátil dejemos de hacer referencias negativas sobre la herencia que dejó el huracán Katrina. Es cierto que esto puede sonar poco solidario con las víctimas, pero teniendo en cuenta que a 1% que ganó el S&P 500 en la semana previa se sumó esta última mejora de 2% (el Dow trepó 0,5% y 2,2%, respectivamente), es claro que muchos tenedores de acciones están de parabienes. A esto se puede sumar que el precio del petróleo se derrumbó algo más de 5% a tan sólo u$s 64,08 por barril (el 10 de agosto se superó por primera vez ese valor), que la tasa de los bonos del Tesoro de 10 años quedó en 4,12% (algo más alta que el viernes pasado cuando se especulaba que la Fed interrumpiría su política de ajuste, pero inferior a la del viernes anterior cuando orillaba 4,18%) y que el dólar tiende a favorecer a las firmas exportadoras (quedó en 109,71 yens y u$s 1,2414 por euro, debajo de los niveles previos al cataclismo de 110,17 yens y u$s 1,2286 por euro). En la medida en que la semana que acaba de terminar fue corta y se repitió una vez más el clásico minirrall y posterior al día del trabajo (en la última rueda el Dow trepó 0,78% a 10.678,56 puntos), podemos decir de alguna manera que las cosas fueron fáciles y que simplemente el precio de los distintos activos financieros se reacomodó un poco a la distorsión que indujo la idea que Alan Greenspan abandonaría su tradicional parsimonia. Pero que hayan sido fáciles o simples no significa que lo sean a futuro.
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