Podía anotarse como una rueda más entre tantas desde hace más de un año, con bajas fuertes en los índices bursátiles globales... y a otra cosa. Pero no fue justamente así. Porque los vientos realmente «huracanados» que asolaron a los índices de toda la región se alzaron después que en Estados Unidos hubieran jugado otra carta «comodín» y de las más costosas -y últimas- que puedan quedar a la mano. La inmediata caída del Dow Jones y compañía, en términos bien notorios, no dejó ni disfrutar el «rebote» de la fecha previa.
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Y lógicamente, alertó mucho más y trajo perfiles de «corrida» en operadores de todo recinto respecto de las verdaderas dimensiones de la crisis que sigue rozagante. A partir de esto, todos los demás indicadores estuvieron cubiertos por la misma causa madre: el derrumbe en el NYSE, con su onda expansiva clásica. Y sólo faltaba ver los distintos matices, según región y tipo de mercado. El vecino Bovespa resbaló en gran forma, hasta caer 4,51% sin remedio. Un referente directo, que tenía que pegar fuerte hacia Buenos Aires y sin posibilidad de eludirlo.
El Merval acusó el golpe y cayó de espaldas, a pesar de que no había podido captar ni la rueda buena del lunes, trayendo su peor testimonio: en otro piso perforado y ya instalándose por debajo de los 1.600 puntos.
Y no fue lo peor
Siendo muy mala imagen, la baja de 4,4% y el cierre en 1.595 unidades, a efectos más amplios acaso lo más preocupante haya pasado por el volumen. Una expansión de las órdenes, hasta llegar a los $ 85 millones efectivos, denotó un perfil de límites de salida que no se aplicaron: idea de vender, salida amontonada, aún pagando el duro precio. La conjunción de baja fuerte en precios, con suba nítida en negocios es la peor figura imaginable. Carteras que se desarmaron, perdiendo cierta disciplina anterior, el riesgo de los «caucionados» (si no hay resto disponible). No fue sólo una «rueda más» de bajas en la crisis. Fue de las más inquietantes y reclama algún «tapón» inmediato. La Bolsa, al horno.
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