Si hubiera que hacerse una pregunta acerca de los desafíos que enfrenta la economía argentina de aquí a uno o dos años, esa es precisamente si es factible o no crecer en forma sólida, comenzando a reducir la pobreza al mismo tiempo que se padece una alta tasa de inflación. Por alta tasa de inflación nos referimos a un incremento en el nivel general de precios superior al 7% u 8% anual, cifra que marca cuan abismal es la diferencia que hoy existe entre la realidad económica argentina con lo que podría denominarse como “normalidad”.
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Al respecto, la realidad es que la respuesta surge de manera prácticamente inmediata. El análisis necesario es realmente sencillo y fácil. Esa respuesta es que no. Un rotundo no. Podríamos enumerar muchísimas causas por las cuales la respuesta a ese interrogante es un no. Sin embargo, basta bosquejar un simple esquema de cómo funciona una economía con alta tasa de inflación para que el lector ni siquiera necesite que desde estas páginas se le mencione esa respuesta negativa. Sucede que las decisiones de consumo, ahorro e inversión se realizan haciendo un sencillo -a veces imperceptible pero muy real- cálculo acerca de la conveniencia o inconveniencia de cualquier decisión económica que piense realizarse.
El consumidor, por ejemplo, intentará calcular si lo que quiere adquirir estará en un futuro más barato o más caro -y si la respuesta es que más caro, entonces querrá saber cuánto más caro- en el futuro. El ahorrista querrá saber si sus ahorros se derretirán al calor de una inflación o una devaluación más alta que la tasa de interés que cobraría por un depósito en un banco y el potencial inversor querrá conocer si colocando dinero en agrandar o empezar un nuevo emprendimiento ganará o perderá dinero y cuánto y también cuando.
Tanto el consumidor como el ahorrista o el inversor no pueden realizar ese cálculo cuando la tasa de inflación empieza a subir porque no pueden determinar cómo van a ser afectados los costos empresarios, los salarios, las tasas de interés, el tipo de cambio y los precios de todos los bienes de la economía. En condiciones de alta inflación -y cuánto más alta, peor- se ingresa en una situación de altísima incertidumbre.
En la economía no hay nada más paralizante que la incertidumbre. Y si bien una dosis moderada de incertidumbre es normal porque el futuro nunca puede saberse del todo a ciencia cierta, cuanta más incertidumbre, peor, porque las decisiones de consumo, ahorro e inversión se postergan para más adelante. Como por uno u otro camino en economía prácticamente todas las decisiones tienen que ver con el consumo o con la inversión en una última instancia, surge claramente que la inflación tiene un efecto económicamente paralizante. Esta sencilla cuestión que todo buen estudiante de economía de primer año conoce parece no ser focalizada adecuadamente en el diseño fundamental de la política económica.
Es sencillo advertir por qué. Por ejemplo, cuando se toman decisiones como la que se encaró durante el partido entre Argentina y Brasil el sábado pasado por la cual buscando que pase lo más desapercibido posible se vuelve a empezar a cerrar el mercado del dólar “contado con liquidación”, se está admitiendo que no hay la menor idea de cómo luchar de manera real contra la inflación. No nos engañemos: si se necesita disponer medidas amparadas en las sombras a fin de que reciban las menores críticas posibles, resulta clarísimo que no se sabe exactamente qué hacer. Lo que acaba de ocurrir no es otra cosa más que una tácita admisión de que no se tiene la menor confianza en lo que se dispone. De otra manera los anuncios se harían a plena luz del día y con toda normalidad.
Y la verdad es que resulta muy natural que no se tenga la menor confianza en la propia medida que se dispone. Hace solo unos nueve meses parecía que se había zanjado la diferencia existente entre el Ministerio de Economía y el Banco Central acerca de qué hacer con el mercado del dólar “contado con liquidación”. Economía quería abrir y oxigenar el mercado, mientras que el Banco Central estaba embarcado en una política de cerrar y apretar cada vez más. Inicialmente las decisiones eran elaboradas por el Banco Central, embarcado en una quimérica política de virtual prohibición del dólar libre.
Eso, entre otros factores, había llevado al dólar a costar el valor real más alto de la historia argentina: cerca de $200 al mes de noviembre de 2020. Con la apertura del mercado lograda posteriormente por Economía el mercado pareció comenzar a normalizarse, cosa que duró varios meses. Más precisamente los meses durante los cuales el ministro Guzmán comenzaba a internarse en las arenas movedizas del retraso cambiario, que siempre resulta dulce inicialmente pero amargo en las cercanías de su final.
Pero claro, una mayor libertad de mercados es un requisito indispensable para normalizar decisiones de consumo, ahorro e inversión. Pero de ninguna manera alcanza para que eso ocurra. El retraso cambiario a veces puede proporcionar algo de tiempo para elaborar un plan económico integral con el cual solucionar los problemas. Pero una vez transcurridos varios meses si nada se hace al respecto, el retraso cambiario termina por jugar en contra porque simplemente agrava las condiciones iniciales que precedieron a su propia implementación.
Esa es la causa por la cual el retraso cambiario resulta a la economía lo que las arenas movedizas son a un pantano. Porque el mero paso del tiempo juega en contra y porque cualquier movimiento que no sea firmemente pensado, calculado y coordinado termina por provocar un hundimiento mayor y un tiempo de sobrevida cada vez menor. Al respecto, la reciente suba en la cotización del dólar “contado con liquidación” estaba marcando simplemente eso: que llevamos ya medio año embarcados en un módico esquema de retraso cambiario y que nada se ha hecho para transformarlo en un programa sólido y coherente. Es más: nada se ha hecho para transformarlo en un programa económico cualquiera, sólido y coherente o no.
Por lo tanto, como nada se ha hecho para transformar el esquema de retraso cambiario de manera que nos conduzca a otro escenario económico, termina entonces pasando lo que ahora ocurre: el apremio en la toma de medidas encaradas entre gallos y mediasnoches para buscar, por las malas, lo imposible: que no exista el dólar “libre”. Cómo si algo así fuera posible en un país donde todo el mundo piensa en término de dólares. Como si se pudiera dejar de hacerlo simplemente mediante una subrepticia circular del Banco Central luego de un semestre entero durante el cual se incentivó a todo el mundo a que piense cada vez más en término de dólares. Para ser más concretos: cada vez en término de dólares cada vez más baratos…
La duda entonces, es tan sencilla que hasta casi resulta redundante expresarla: ¿Cómo se puede tomar decisiones de consumo, ahorro e inversión en un país en el que hoy se nos pide que no pensemos en dólares cuando hasta hace semanas se nos incentivaba a diagramar un futuro en el que cada día, cada semana y cada mes, el dólar iba a estar más barato en términos reales? ¿Cómo se nos pide sin solución de continuidad que pasemos directamente a dejar de pensar en el dólar?
El tiempo ha pasado, y aunque el atraso cambiario ha comenzado a corroer la rentabilidad de varios sectores, los autores de este esquema económico provisorio que pretenden instaurar como definitivo aun cuentan con la ventaja de que la economía viene de meses con fuertes liquidaciones de dólares por parte de sectores exportadores agropecuarios.
Todavía queda algo de tiempo entonces -aunque ya bastante menos- para transformar la situación a fin de no repetir la historia de los atrasos cambiarios argentinos. Es todo un contrasentido, pero lo cierto es que en vez de poder dedicar las energías a pensar en cuestiones productivas para tomar decisiones de consumo, ahorro e inversión, los argentinos somos empujados a pensar cada vez más y más en el dólar por culpa de las propias medidas que tratan de impedirlo.



