Gonzalo Tanoira: "Atraer inversiones reduce la pobreza. Combatiendo el capital solo se la aumenta"

Economía

"La inflación y la falta de competitividad versus otros países son muy alarmantes", opinó el dirigente. "Las urgencias" han impedido "la estructuración de un proyecto de país que sea convocante", señaló.

“Atraer inversiones reduce la pobreza. Combatiendo el capital solo se la aumenta”, afirma Gonzalo Tanoira, presidente de Asociación Cristiana de Dirigentes de Empresa, ACDE, al tiempo que manifiesta su preocupación por los niveles de pobreza. Estar siempre resolviendo “las urgencias” impide que no se atienda lo importante que es “la estructuración de un proyecto de país que sea convocante”, afirma el empresario.

La pandemia, a su juicio, deja algunas enseñanzas positivas como la comprobación de que “nos salvamos en racimo. No solos”. Críticas a la Ley de defensa de la Competencia, al Impuesto a la Riqueza y la autocrítica empresaria, son algunos de los temas abordados en el reportaje concedido a Ámbito.

Periodista: ¿Cómo evalúa el comportamiento del empresariado durante la pandemia?

Gonzalo Tanoira: Los empresarios hicieron lo que hacen siempre en la Argentina: adaptarse a las condiciones y buscar la forma de continuar. La supervivencia en una cuarentena como la que tuvimos que experimentar aquí le dio carácter heroico al esfuerzo empresarial; al margen de las condiciones que ofreció el Estado, tuvo que invertir lo que no tenía previsto para mantenerse y sostener a la empresa; no todos tuvieron ese respaldo, ya que la economía viene cayendo sistemáticamente y algunos subsistían por la inercia. Otros no pudieron continuar y tuvieron que cerrar o irse del país. Porque el empresario toma sus decisiones sobre la base de las condiciones que ofrece el país, y algunos debieron tomar la dolorosa decisión de discontinuar sus operaciones aquí. También tuvieron que renegociar sus deudas compulsivamente cuando el Estado no pudo venderle los dólares para pagarlas, algo que no se había visto nunca.

P.: ¿Cómo les afectó la pandemia y que cambios vinieron para quedarse en las operaciones?

G.T.: Hubo que asumir ausencias, costos incrementales sanitarios. Cuando pudimos sortear la situación con el teletrabajo, el Congreso se puso creativo con una norma que no podía cumplir nadie. Gracias a Dios, la reglamentación la alivianó un poco. El teletrabajo llegó para quedarse, aunque en una proporción que tendrá que ver con cada industria, sector y lugar.

P.: La pandemia desnudó con más crudeza las diferencias sociales, ¿qué enseñanzas cree que dejó en la Argentina?

G.T.: Estas clases de circunstancias en la Argentina sacan lo mejor de los individuos. Hubo un alud solidario. En ACDE lo pudimos experimentar en la iniciativa Seamos Uno. Concluyo que hay que confiar más en la iniciativa de la gente antes que en el dirigismo conductual.

P.: ¿Qué otras enseñanzas nos deja la pandemia?

G.T.: La necesidad de higienizarse continuamente, especialmente en los entornos urbanos. Era algo en lo que se venía insistiendo desde las últimas pandemias. Cambios culturales como no dar besos o la mano, que no se si van a seguir en el tiempo o se va a volver atrás. Pero por sobre todo, la conciencia de que nadie escapa a una pandemia. No importan la condición social o el lugar adonde uno vive. Y por eso tenemos que trabajar todos juntos por salir adelante. Nos salvamos en racimo. No solos.

P.: ¿Qué reflexión le merece que la Argentina tenga hoy el mismo PBI que en 1970 y que la pobreza -que era del 4% en 1974- ahora fluctúe entre 30% y 45%? ¿Qué falló en la Argentina?

G.T.: Falta lo que José Ortega y Gasset llamaba “un proyecto sugestivo de vida en común”. Al no haber un proyecto, no se convoca a nadie. Están los que estaban, menos los que van saliendo. Por resolver las urgencias nunca atendemos lo verdaderamente importante: la estructuración de un proyecto de país que sea convocante. Estas cifras resumen el fracaso de la dirigencia en su conjunto, no solo de los políticos, también de los empresarios y de los sindicalistas. Falló nuestra capacidad de mirar que funciona en el mundo y unirnos para lograrlo.

P.: ¿Qué responsabilidad le compete al empresariado?

G.T.: El empresario debe ser responsable de la ejecución del papel que le toca desempeñar, pero no tiene la responsabilidad primaria de sancionar las leyes que crean el marco en el que el sector privado opera. Eso le corresponde a la política. Pero si creo que los empresarios debemos estar disponibles para esa construcción y solicitarla cuando vemos que es necesario. Tenemos que hacer oír nuestra voz cuando vemos que se está yendo por un camino equivocado.

P.: ¿Qué aporte deben hacer los empresarios para reducir las desigualdades?

G.T.: Una empresa es un proyecto colectivo que trasciende al tiempo. Los empresarios son los que tienen la responsabilidad de conducirlo. Así que nuestro deber es simplemente emprender y trabajar seria y concienzudamente en nuestras iniciativas. Cumplir con nuestras obligaciones con el Estado, la cadena productiva, los trabajadores, la comunidad. Invertir y apostar, porque el riesgo está siempre implícito en las empresas. El Estado debe ocuparse de la distribución, salvo en las emergencias que nos convocan a todos.

P.: Hay empresarios, junto con otros ciudadanos, que sienten que su futuro está fuera del país. ¿Por qué cree que pasa y qué mensaje les daría?

G.T.: Es lo que expresamos antes: no hay un proyecto que los contenga ni que atraiga a nuevos actores. Entiendo a los que se van, pero les diría que no den a la Argentina por terminada. Que acá todavía hay potencial y que no se vayan muy lejos para poder volver cuando las condiciones cambien.

P.: La Argentina tiene una presión impositiva entre las más altas del mundo y, sin embargo, también las desigualdades son significativas ¿por qué cree que pasa?

G.T.: Porque se atiende exclusivamente las urgencias y se evita pensar en las necesidades para recrear un esquema que prevea volver a crecer. Hay que mirar con una visión más estratégica. Atraer inversiones reduce la pobreza. Combatiendo el capital solo se la aumenta. Es muy obvio pero sin embargo no todo el mundo lo ve.

P.: ¿Qué opinión le merece el impuesto a la riqueza?

G.T.: Al impuesto a la riqueza al igual que ocurre con cualquier estructura impositiva de un país, hay que verlo desde la perspectiva del modelo de país que se pretende. Está claro que se quiere un país más ecuánime. Todos aspiramos a eso. Los empresarios creemos que si nos ofrecen condiciones equilibradas, que incentiven la inversión, podemos producir más y crear más trabajo. Pero en ese sentido, el impuesto a la riqueza es perjudicial porque podría generar una señal inconveniente en vista a las futuras inversiones que el país requiere. Podríamos también referirnos a lo que significó en materia de debate social, porque la dirigencia siempre parece querer contrastar a los empresarios con los trabajadores, en lugar de impulsar un proyecto en común. Deberían contemplarse intereses compatibles y alineados que resulten en mayores inversiones y la creación de empleo.

P.: ¿Por qué considera que la Ley de Defensa de la Competencia no ayudará a las inversiones?

G.T.: ACDE se ha manifestado claramente respecto de los perjuicios que traen aparejados los cambios a la Ley de la Competencia. Nuestra organización defiende, en el marco de los criterios de la Doctrina Social de la Iglesia, los principios de un mercado libre y de una sana competencia, donde el Estado sea quien arbitre las desigualdades. Estamos convencidos de que una adecuada Ley de Defensa de la Competencia y un funcionamiento transparente del Tribunal de Defensa de la Competencia, constituyen aspectos de suma trascendencia al decidirse inversiones productivas, incluso más que cualquier política de incentivos industriales. Pero las modificaciones aprobadas por el Senado no contribuyen a una mayor competencia, ni a generar inversiones productivas y mejor empleo, e incorporan criterios de dudosa legitimidad y riesgos de discrecionalidad. Porque se elimina la aprobación tácita ante el silencio de la Autoridad y la suspensión de los plazos ante requerimiento de informes; se reduce la transparencia y se aumentan los riesgos de discrecionalidad al ubicarse a la Autoridad de la Competencia como dependiente de la Secretaría de Comercio Interior, en lugar del Poder Ejecutivo y se introducen cambios regulatorios que lejos de orientarse a mejorar el control de la competencia y el cese de conductas inadmisibles, operan en sentido inverso.

P.: ¿Qué temas son los que más preocupan para poder invertir?

G.T.: La falta de previsibilidad, de reglas constantes de juego para la inversión. El cambio permanente de los parámetros genera desconcierto y paraliza la inversión. Llevamos muchos años de cambios de reglas permanentes y esto bloquea el desarrollo del potencial productivo de la Argentina. La inflación y la falta de competitividad versus otros países son también muy alarmantes.

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