21 de agosto 2001 - 00:00

La real situación que interesa

Aporte entre 9.000 y 15.000 millones vendrá igual. Bush no puede afectar a la Argentina y la región. Pero sin déficit cero es postergar el default. O'Neill, duro pero justo: "no pidan que regalemos". No quieren pedidos de emergentes sin ajuste. Obras sociales, reforma laboral, coparticipación nueva y provincias sin piso seguro: las 4 claves. Europa y Fondo ceden riesgo de decidir a Bush. Cavallo y menos Marx, solo con técnicas y numeros no son hoy para negociar drástico cambio del país. Solo cumbre de De la sota, Reutemann, Alfonsín, De la Rúa, Menem, Colombo, Cavallo, Duhalde, Frepaso, banqueros, empresarios, gremios y gobernadores, o un plebiscito si no hay cumbre, lo resuelve. La especulación del día a día conspira contra el tiempo necesario para un cambio de tal magnitud.

La real situación que interesa
Cuando el viernes 5 de mayo salió el megacanje hubo alegría: se postergaban los acuciantes y dramáticos vencimientos de la deuda externa argentina hasta después del año 2005.

Pero en medio de la algarabía, los argentinos moderados se preguntaron: ¿qué hipoteca le estamos creando al gobierno que surja en 2003 si pasamos tantos pagos externos a su cargo a tasas tan altas? Pensemos que se postergaron en el megacanje, pero a interés de 15% que elevará la actual deuda pública de 127.400 millones a casi 150.000.

La conclusión fue lógica: esto cierra si desde ahora mismo, desde este gobierno de De la Rúa, el PBI comienza a crecer más de 5% mínimo por año. Si no, no se podrán pagar en 2005 tantos vencimientos acumulados.

Ya es difícil llegar a crecer con la persistencia del modo de ser de los principales políticos argentinos: demagógicos, ignorantes y populistas. Rodeados de inflexibilidades (las leyes laborales; la estabilidad de empleados públicos que les facilita hacer huelgas sin riesgo, como ahora en la DGI; estatutos especiales; designación indiscriminada de empleados públicos y aumento así de los presupuestos por cada político que quiere ganar una interna partidaria y asegurarse una banca; miles de puestos públicos a un costo altísimo para el Estado; sindicatos y sindicalistas enriquecidos con cuotas compulsivas y aportes sin control desde el Estado disimulados en forma de asistencia por salud a las obras sociales).

Lo mismo -exactamente lo mismo-pensaron los organismos internacionales y O'Neill y el Fondo y Europa, aunque hayan desligado su responsabilidad en lo que disponga George W. Bush, el mandatario norteamericano. Admiraron que votáramos la revolucionaria Ley de Déficit Cero, pero saben que sin cambiar la coparticipación (hay provincias hoy más ricas como Santa Cruz, San Luis, La Pampa y la Capital Federal), hay provincias destruidas por el accionar de los políticos, como es el caso de la provincia de Buenos Aires. También se descubrió, hace tiempo, que el «déficit del Estado» no es sólo el del gobierno nacional, sino también el de los Estados provinciales sumado y el de los municipales. Desde el exterior quieren lo obvio: si los empleados públicos nacionales serán sometidos a una quita salarial de 13% o más (si la recaudación no es la esperada), ¿por qué las provincias deben tener asegurado el piso de los impuestos que se les reparte -por la famosa coparticipación-y no que ese monto sea móvil y también adecuado a la recaudación? ¿Se puede subsistir con este régimen laboral en la Argentina, con sindicalistas ricos y obras sociales de salud pobres porque las vacían?

Estas son las claves cuya resolución se exige, para hacer posible de cumplir y no sea más la Ley de Déficit Cero. Paul O'Neill, secretario del Tesoro, una especie de ministro de Economía de Estados Unidos, aunque no más importante y con menos continuidad en el cargo que el titular de la Reserva Federal, Alan Greenspan, es duro para la Argentina: «Nadie tiene la culpa de que sean como son (los argentinos)», dijo. ¿Quién se lo puede discutir? Luego expresó que no quiere regalar la plata de los «carpinteros y plomeros» de Estados Unidos. ¿No es lógico que lo diga o Estados Unidos con sus cuotas al Fondo Monetario, que integra con lo que le extrae en forma de impuestos también a los electricistas y carpinteros norteamericanos, van a pagar que Leopoldo Moreau designe en un organismo oficial como la ANSeS en pocos meses a 3.296 contratados y activistas para ganar una interna partidaria y lograr una cómoda butaca en la Cámara de Diputados?

¿O los norteamericanos padres de jóvenes estudiantes a los que les tienen que pagar en su país la universidad, porque no hay gratuitas (sí becas estatales), van a financiar 18.000 activistas «ñoquis» que los partidos políticos argentinos tienen en las universidades estatales, totalmente gratuitas, con exceso de anotados y falta de graduados en términos normales?

La posición realista de los hombres republicanos de la economía norteamericana no puede ser compartida por el también republicano George W. Bush ni por el Departamento de Estado ni por el de Defensa. ¿Por qué? Porque saben que necesitan de la Argentina si desean integrar con sus soldados fuerzas de paz en el mundo, sin que a ellos, si van solos, los llamen «imperialistas»?

Bush, además, no quiere aparecer como el culpable de un default argentino. Y más, si podría arrastrar a otros países importantes de la región, para empezar Brasil.

¿Va a desairar, por otra parte, el pedido de ayuda expresa hacia la Argentina de presidentes latinoamericanos gravitantes, como Fernando Henrique Cardoso, de Brasil; Ricardo Lagos, de Chile; o Andrés Pastrana, de la hoy vital Colombia para Bush?

Por eso, la ayuda vendrá igual. Pero Bush no puede eludir la presión y la verdad que emana de los republicanos del área económica de su partido y de su gobierno. Por eso, quiere un acuerdo sostenible en el tiempo, que permita crecer a la Argentina, que le permita saldar la deuda de 127.400 millones actuales o 150.000 millones desde 2005, o buena parte de ella y en los términos acordados.

Si no logra ese compromiso de los puntos clave, Bush la concederá igual por un solo motivo: sabe que la Argentina no podrá cumplir la Ley de Déficit Cero y el default sólo se habrá postergado, pero no eliminado como acechanza. Si viene ese default, no podrán la Argentina ni sus políticos (aunque siempre invocarán culpas norteamericanas), ni los países emergentes, ni los presidentes solidarios de naciones latinoamericanas decir que la culpa es de Estados Unidos, del Partido Republicano o del Fondo Monetario. Será exclusivamente de los argentinos.

Pero, por ahora, quieren hacer las cosas bien. Desean verdaderamente que la Argentina salga a flote. Lo necesitan, porque si Bush concede igual ayuda sin compromisos de ajustes serios y auditados externamente, todo país emergente pedirá lo mismo: denme ayuda sin compromisos serios como a la Argentina.

Por tanto, nuestro país queda ante la disyuntiva: o recibe una ayuda más sin grandes compromisos y la quema pronto (como hizo con el blindaje, el megacanje o el microcanje de Letras) o cambia la política demagógica, sin la táctica populista de prometer lo que no se puede cumplir para ir «saliendo del paso».

Pero eliminar estabilidades, estatutos, introducir reformas serias laborales, también salud laboral en serio y desregular obras sociales dilapidadoras, cuyos fondos van hacia los bolsillos de los sindicalistas, sin más uso del empleo público en política y otras, requiere un serio compromiso político que está más allá de un excedido Daniel Marx, que lleva hoy 10 días en Washington con sus números tan abrumantes como repetidos y se enfrenta a tigres que le plantean que hay que cambiar 50 años de formas demagógicas y grotescas de manejar la economía y ejercer la política sin recato alguno en la Argentina.

Tampoco EE.UU. -representando a los organismos mundiales de crédito-quiere seguir ayudando con el dinero de sus propios contribuyentes al enriquecimiento de políticos, empresarios prebendarios o sindicalistas desde los grifos del Estado. O sea, quieren ayudar a una Argentina acercándose a lo no visible: un país serio.

Ni Cavallo está hoy para esa negociación, más allá de mostrar números y engendrar estrategias recaudadoras. Cavallo, además, se enoja con O'Neill. No le gustaba atacar el déficit, sino reactivar y recaudar más. No pudo y tuvo que cambiar. Busca el éxito político de sacar con gestos personales al país de esta crisis y se da cuenta de que lo desbordan por todos lados. Ya la Ley de Déficit Cero -el único real aporte a la seriedad del país-fue más gestión de políticos, como Chrystian Colombo o De la Sota, que de economistas. Por eso está enojado. Por eso es secundario en las soluciones de fondo que deben sobrevenir hoy en la Argentina.

Hay que ir a una reunión cumbre, una especie de Pacto de la Moncloa, ampliado. No querrán estar todos. No es la «unión nacional», que es tanto una utopía como un galimatías que lanzó Raúl Alfonsín para obtener apoyo a medidas demagógicas e inaplicables. O sea, el ex presidente quiso institucionalizar el populismo y sólo lo acompañó --obvio-Eduardo Duhalde.

Hay que ir a un acuerdo que no será general ni de «unión nacional», sino simplemente de una mayoría sobre los eternos políticos o sindicalistas argentinos que siempre buscarán su promoción personal (o de su bolsillo) dando un portazo para buscar imagen en el disenso. Ni soñar de sumar al realismo a la izquierda y, menos, si está Estados Unidos en juego.

Si no se puede llegar a ese acuerdo de, por lo menos, de una mayoría, debe irse al plebiscito, como hizo el gobernador De la Sota con un caso específico en Córdoba (reducción de una cámara sobrante para legislarse la provincia y salvar grandes gastos al Estado cordobés).

Esa cumbre, como primer intento, debe ser en serio: debe incluir al ex presidente Menem, aunque sea con permiso especial de la Justicia. Si no es amplia en el origen, aunque termine con disensos menores inevitables, no servirá: si hay plebiscito, luego debe actuar el Parlamento.

El problema de todo está en que es un proceso muy interesante y valioso para el país, pero llevará tiempo, y los especuladores del mercado paralizarán a la Argentina en el entretanto. Destrozarán sus títulos públicos, elevarán el nivel de riesgo-país, alarmarán al público y a su dinero, pueden desguazar el sistema financiero y bancario si se alarga en el tiempo. Un gran problema inmediato, entonces, dentro de otro más grande pero necesitado de tiempo.

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