22 de septiembre 2003 - 00:00

¿Lazard Frères o el Banco Nación?

París - Después de la primera etapa de reestructuración de la deuda, consistente en trabajos preparatorios de identificación de los tenedores de títulos y contactos preliminares con los acreedores privados, se espera la presentación en Dubai de una propuesta seria que inicie una negociación.

Lazard Frères, este mediador con mirada experta, se adaptará a la lógica de las circunstancias, seguirá siendo disciplinado en el enfoque y estará interesado en seguir las negociaciones exclusivas con el gobierno.

Podría entenderse que su esquema es obtener un doble beneficio: ahora, como efecto palanca, ya logró los honorarios de asesor, para conquistar un nuevo contrato después, a través del ofrecimiento de otro servicio mucho más importante que le brinde comisiones estimadas de entre u$s 109 y u$s 163 millones (0,1250% y 0,1875% sobre un total de títulos por u$s 87.064 millones): la colocación de nuevas emisiones de bonos destinadas a la reestructuración de esta deuda. Analizando desde una perspectiva distinta de la habitual en la Argentina, coraje no le faltará para proponer a los acreedores un menú de opciones para que elijan. Se trataría de un plan criterioso de refinanciación a largo plazo de los títulos públicos en cesación de pago, cuya devolución no esté ligada al crecimiento del país ni a la evolución de la recaudación fiscal, actitud que bien correspondería a su visión planetaria, y una nueva ocasión de demostrar su capacidad para organizar el refinanciamiento de la economía de un país lastimado por la falta de crédito, al que nadie desea como cliente crediticio por poca seriedad y solvencia.

Alguno de los bancos internacionales que navegan en las mismas aguas que Lazard (¿el Citibank?, ¿Rothschild?), si bien reconocen su sapiencia, dejan oír críticas sobre la falta de poder de convocatoria, la débil responsabilidad patrimonial que ostenta, y que los servicios prestados de asesoramiento no habrían dejado conformes a sus mandantes de Economía.

Es poco probable que cambien de opinión, inclusive si la Argentina lograra mantener con la cooperación de Lazard un diálogo estrecho y regular con los acreedores, fundado en la confianza y en la provisión de información completa y precisa que le permita el retorno al mercado después de la crisis, e impedir o amenguar el incremento de la aversión al riesgo de los inversores con respecto a nuestro país.

•Una de las propuestas

Así, en una de las propuestas con descuento, la República podría obtener con el patrocinio de Lazard una amplia participación de los acreedores en los acuerdos de reestructuración, basados en una reducción de 70% del cupón, es decir de los intereses de los títulos públicos emitidos bajo legislación extranjera, una reducción del valor facial de los mismos (quita en el capital) de 23,8%, y, finalmente, un mayor plazo de amortización (9 años). Estos bonos en dólares, euros y otras monedas, excluidos los emitidos en pesos, registrarían en conjunto una disminución total de 42,6% (ahorro de u$s 37.100 millones) pagando por ellos 57,4% de lo adeudado en origen por capital e intereses.

Este proyecto de menú se basa en una quita, es decir, en un concordato que el Uruguay no aceptó al oponer a su deuda de u$s 5.000 millones (16 veces menor que la muestra) el pago íntegro para salvar ileso el crédito nacional.

Este acuerdo, que no incluye aproximadamente u$s 13.000 millones en préstamos garantizados no pesificados, restablecería la sustentabilidad de la deuda y permitiría garantizar el valor actual neto de los activos de los acreedores.

Equilibrio difícil de encontrar entre una aplicación sin concesión del principio de la quita del capital y la rebaja de los intereses y la necesidad de promover un acuerdo aceptable para una mayoría de acreedores. Por eso, en el momento de estudiar los detalles habría que prestar atención ya que lo que parece muchas veces una buena propuesta, suele ser simplemente un mal negocio para el Estado.

•Preocupación

La Argentina fue una de las pocas naciones emergentes en el mundo en donde el capital extranjero acudió en semejantes magnitudes.

Es evidente que para el acreedor, es pobre consuelo asegurarle que en tiempos futuros -que quizá no verá- habrán desaparecido los males e injusticias de que hoy es víctima.

Por la fuerza de los hechos somos
aliados económicos de alemanes, italianos, japoneses y otros ahorristas. Por eso, cuando se presenten en Dubai los lineamientos de la oferta del canje de la deuda, debemos incorporar en nuestros hábitos políticos ese amor a la verdad y a la justicia, por la simple razón de que los bonistas serán, en definitiva, los mejores propagandistas en el exterior de la resurrección del crédito en la República y de la fe que merecen las leyes.

En su momento, ellos confiaron en nuestro país y se hicieron acreedores -según cifras del Ministerio de Economía-de un cupón, de una tasa de interés promedio ponderado en dólares estadounidenses de
8,79% que, si se examina un poco, está lejos de la exageración con que habitualmente la calculan los nihilistas económicos (12% a 14%).

En la situación actual, más enconada y más agravada que antes debido al silencio de 18 meses, el banquero mediador deberá disuadir a los acreedores de negar su participación en un acuerdo, una actitud no cooperativa que acrecienta el riesgo de fracaso.

Tarea difícil y compleja, pues los inversores mal aconsejados por perversos mentores de sus países, son constantemente advertidos de desconfiar de la mala fe argentina. Es dentro de esta atmósfera de recelos y desconfianzas mutuas que podría intervenir el Banco de la Nación,
«el banquero de la Nación», como lo llamó hace 102 años Carlos Pellegrini en su discurso del 15 de junio de 1901, sobre aprobación del proyecto del PE relacionado con la unificación en un solo título de las deudas externas.

•Pilotos del Nación

Hombres de reconocida experiencia, profesionales moral e intelectualmente competentes, banqueros veteranos que trataron con inteligencia la cuestión monetaria de casi todas las sucursales del exterior, se lanzarían en silencio, con empeño y tenacidad que vence todo obstáculo a prever las cláusulas de conflicto para establecer los derechos y obligaciones de cada parte.

Saben que la orientación de nuestra política con los acreedores no debe ser belicosa, pues llevaría a una solución cruenta. También, que la evaluación profunda de la situación económica y financiera del país es esencial para demostrarles el carácter insostenible de la deuda soberana actual. Los ahorristas estarán preocupados, pero reconocerán que la deuda puede exigir abandonos de acreencias.

El BNA no desconoce que un comportamiento no cooperativo del deudor será considerado como un no respeto deliberado de las buenas prácticas y sería rápidamente sancionado por los mercados.

Las autoridades políticas y económicas argentinas se aperciben de que la influyente alta banca francesa invitada al estudio razonado del conflicto no es tan poderosa como para asegurar por sí sola el éxito de la operación. Vive y habla allá en las regiones de la ciencia pura, no descendiendo a los detalles, dejando como tarea de empírico eso de calcular producidos y resultados prácticos.

¿Confiar entonces a otras manos el timón? Es decir, ¿que el experimentado y analítico BNA sea el encargado de cumplir la tarea en nombre del pueblo argentino?

En caso afirmativo, el banquero de la Nación comprende que su tarea no es cuestión de ciencia sino de oficio, siendo la eficacia el único punto de vista admisible en la idea de sustituir al exclusivo Lazard Frères para instrumentar la reestructuración.

El BNA le puede brindar un gran servicio a la República. Pero no puede entrar en el mundo de la
«alta ingeniería financiera», que está exclusivamente en manos de las grandes casas de corredores y de bancos particulares extranjeros que hacen de ello materia de especulación y de lucro.

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