Entre el jueves y el viernes próximos, quedará definido, en Miami, durante una cumbre de 34 ministros de toda América, el formato que tendrá el ALCA como tratado de libre comercio. Será mucho más modesto de lo que se soñó hace casi 10 años, cuando Bill Clinton lo propuso, también desde Miami: apenas un acuerdo tarifario, que ni siquiera abarcará a todos los productos y que se irá negociando durante los próximos 15 años. Subsidios, reglas para inversión, propiedad intelectual, regulaciones antidumping, compras gubernamentales, servicios, es decir, la trama compleja y amplia del comercio internacional deberá desregularse en tratados específicos, país por país. O quedará para acuerdos universales en la OMC. Finalmente, se llegó a un entendimiento entre Estados Unidos y Brasil (al que se asoció la Argentina). Los dos copresiden esta etapa de la negociación. El primero, consiguió salvar el proyecto. El otro, reducirlo.
El principal resultado de la Cumbre Iberoamericana que se celebró en Santa Cruz de la Sierra durante el fin de semana pasado fue la aceptación definitiva, por parte de la Argentina, México, Brasil y Chile, de garantizar el éxito de la reunión ministerial de Miami, que se celebrará el jueves y el viernes de esta semana en el hotel Intercontinental de esa ciudad de los Estados Unidos.
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Durante el desayuno que ofreció el chileno Ricardo Lagos en su suite del hotel Los Tajibos, Néstor Kirchner y Luiz Inácio Lula Da Silva consiguieron que el anfitrión y el mexicano Vicente Fox aceptaran la propuesta de convertir el ALCA en un acuerdo de «geometría móvil», por tomar una metáfora frecuente en el lenguaje de la negociación. Esto quiere decir que el ALCA ya no será lo que se pensó cuando Bill Clinton, entusiasmado por la expansión económica de la primera mitad de los '90, lanzó la idea de un área de libre comercio en la cual bienes y servicios pudieran circular libremente por 34 países, al amparo de un tratado continental (la iniciativa había nacido, en rigor, durante el gobierno de George Bush padre). Para que Brasil se mantenga dentro de las tratativas se avanzará, en cambio, hacia un menú de distintos acuerdos bilaterales o multilaterales, donde cada país podrá abrir sus mercados con la generosidad o restricción que le permita su ecuación políticoeconómica local.
Lagos y Fox, que tienen sus propios acuerdos con los Estados Unidos, festejaron el resultado del encuentro. El mexicano fue el más sincero cuando explicó por qué: «Hay los suficientes elementos para que el proceso siga porque estos cuatro países estamos comprometidos en la negociación». En otras palabras, quedaba ratificado lo que ya se había establecido en la reunión ministerial que se realizó, casi con urgencia, en Washington, hace 10 días: Brasil no se plegaría a la postura del venezolano Hugo Chávez, contraria a que se avance en la negociación. Parece un disparate que el gobierno de Lula llegara a ese extremo, sobre todo porque copreside con los Estados Unidos la mesa común. Pero razones no faltaron para temer. Primero, porque Brasil ya frustró la cumbre de la OMC en Cancún y, segundo, porque la postura frente al ALCA abrió una grieta dramática en Itamaraty, entre el canciller Celso Amorim y su segundo (y consuegro), Samuel Piñeyro Guimaraes, un diplomático afiliado al PT y, en los hechos, el jefe de los negociadores.
Para quienes se han planteado en los últimos años la opción ALCA-Mercosur, las negociaciones de estos días volvieron a enseñar que se trata de una alternativa falsa. El Mercosur -en rigor, la asociación de Brasil con la Argentina-terminó siendo el instrumento más eficiente para que los Estados Unidos retengan a Brasilia en la mesa de discusión, determinación en la que la influencia de Rafael Bielsa y Martín Redrado sobre Amorim fue clave. El canciller y su vice actúan frente a Brasil embretados por dos temores. Uno, que el gobierno de Lula se aleje de la negociación por la presión que se ejerce desde los Estados Unidos en favor de la apertura del mercado de inversión en servicios, sobre todo, de comunicaciones e informática. La Argentina tiene muy poco que resguardar en ese campo, que se abrió -a juicio de Kirchner y sus hombres, irresponsablemente-durante los años '90, merced a decenas de acuerdos bilaterales con distintos países.
El otro temor de la cancillería argentina frente a Itamaraty es que, precisamente por conseguir más resguardo en el área de servicios, entregue en la mesa de las transacciones el negocio agropecuario. Al contrario, en las conversaciones con Robert Zoellick y con el subsecretario de Comercio de los Estados Unidos, Grant Aldonas, el gobierno argentino ha reiterado el mismo argumento: «Si quieren que convenzamos a los brasileños de la necesidad de avanzar en la negociación, aceleren la inclusión del mercado agrícola en la apertura y no pongan ese rubro al final de la lista, para dentro de 15 años».
•Corolario
De estas tensiones y equilibrios emerge un corolario que se consagrará en Miami, donde la Argentina estará representada por Roberto Lavagna (cuya expertise ha sido siempre el comercio internacional) y por Redrado (Bielsa decidió ausentarse para no estar tanto tiempo fuera del país: al cabo de la cumbre estará viajando rumbo a China y Japón). Ese corolario es la limitación del ALCA a un acuerdo sobre intercambio de bienes y servicios, de naturaleza tarifaria, aún con restricciones. El resto de la agenda, que va desde las reglas para la inversión, las normas antidumping, los subsidios agrícolas, las compras gubernamentales, los derechos de propiedad intelectual, entre otras materias, quedaría para acuerdos globales en el marco de la OMC o para tratados bilaterales o multilaterales entre los países del ALCA. Hasta Zoellick, el representante de los Estados Unidos para el Comercio, admitió que el proyecto original quede devaluado: dijo que será difícil para el congreso de los Estados Unidos aprobar un tratado ambicioso porque «hay mucha gente aterrorizada con este tipo de acuerdos debido a la situación de la economía norteamericana».
Estas limitaciones harán que la cumbre de ministros del jueves y viernes, la octava de este tipo desde 1994, se restrinja a una serie de criterios generales formulados como instrucciones de los ministros a los negociadores que deben empujar la lapicera de las cuestiones específicas (de hecho, hay 5.000 temas de discusión pendientes a esta altura de las tratativas). Los más ambiciosos, entre ellos los diplomáticos argentinos, todavía aguardan por algunos objetivos. Por ejemplo, que en el acuerdo sobre reducción de aranceles de bienes y servicios quede incluido, ya en esta reunión, el negocio agropecuario. Y que los Estados Unidos y Canadá -que son la verdadera presa para Brasil y la Argentina-abran la discusión sobre el componente de subsidios que cobijan sus créditos y seguros a las exportaciones. Por lo demás, se habrá salvado la «marca» y los presidentes podrán seguir hablando de ALCA cuando se reúnan en Monterrey, a comienzos del año que viene.
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