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El Fondo Monetario ya no atenderá a la Argentina porque no cree más en esas explicaciones largas que terminan confundiendo del ministro Cavallo. Un país se puede mover en la heterodoxia económica pero no en la financiera donde todas las fórmulas ya han sido inventadas.
Se sobrelleva la situación en el exterior esperando lo único que puede ofrecer la Argentina: que cumpla el déficit cero, o sea que se adecue el gasto público al ingreso. Algo enormemente difícil en medio de un «Nuevo Plan» que, políticamente, es el original pensado para la alianza Frepaso-radicalismo populista para repudiar -aunque se disimule como «reestructuración»- la deuda del Estado, apropiarse de fondos en instituciones como las AFJP, no incluir ninguna medida de supresión de organismos públicos o de rebaja genuina del gasto general del Estado, etc.).
Quienes lo analizan deducen que si este tipo de plan, sin antecedentes en el mundo, triunfara, habría que darles el Nobel de Economía a sus autores. Lo merecerían, por cierto.
El Fondo Monetario hoy exige soluciones internacionales conocidas y aceptadas. Por caso salir de la convertibilidad, algo que ineludiblemente implicaría devaluación.
También, es obvio, gusta ese camino a los bancos, dentro de males mayores, porque tienen préstamos calzados en dólares. La nueva realidad argentina es que una devaluación es menos dolorosa que un default y que es torpe que un país caiga al peor desastre sin intentar otros caminos, aunque ciertamente en este grado de crisis ya ninguno es ni regularmente bueno.
La salida que tenía el gobierno es acercarse a una devaluación en la forma más indolora posible, vía extender el título LECOP como segunda moneda, con la especial particularidad de no ser convertible a dólares, lo que restaría presión cambiaria. En lugar de avanzar allí, el gobierno deja crecer bonos en cada provincia (el Quebracho chaqueño, el Patacón bonaerense, el Cecacor de Corrientes, el Cecor de Córdoba, el Federal de Entre Ríos, etc.). Hay 10 títulos provinciales.
Algunos como el correntino cotizan a 50% de su valor nominal 100, con el agravante de que supermercados y comercios, que igual lo aceptan, han casi duplicado los precios que hoy en esa provincia son más elevados que en la Capital Federal. Es un daño innecesario que se le hace a la población del interior por no disponer de una política financiera más firme con el LECOP, con el cual se pagan sueldos en provincias (Jujuy, Córdoba, Formosa) sin tener una reglamentación coherente por parte del Banco Central.
De los $ 4.000 millones que el gobierno piensa ahorrar el año próximo con este «Nuevo Plan» de «reestructuración» de deuda, una suma similar tiene comprometida en reducción de ingresos por impuestos debido los distintos planes especiales que ha otorgado, cuando precisamente la recaudación es la única garantía que tiene el bono o «préstamo forzoso» a 7% ante la falta de un respaldo internacional serio.
Se está ganando tiempo, pero no afrontando con seriedad la crisis terminal. Que Repsol vaya a aceptar los 300 millones de títulos para un canje en pesos significa poco: el petróleo por sí representa su propia moneda dado que el producto extraído es válido siempre a precios internacionales y ceder 300 millones no le significa erogación especial si con esos títulos paga los impuestos internos, combustibles y hasta los insumos y mano de obra. Hasta el límite de sus gastos internos a cualquier empresa que cumple con el fisco le puede convenir tal canje, siempre y cuando exporte o venda a la ecuación un peso igual un dólar.
Los gobernadores rebeldes han ganado comprensión porque no se engañan ante la real situación con las salidas que les puede proponer el gobierno a través del Presidente o sus ministros. Creen, inclusive, que ya no hay salida en la actual gestión presidencial y hablan del gobernador de San Luis, Adolfo Rodríguez Saá, quien aceptaría un interinato a 2003. Pese a la dura crisis ve esta alternativa como una forma de proyectar su figura de buen administrador, pero de una provincia chica, a la par de Carlos Reutemann, José Manuel de la Sota o el mismo Carlos Menem, con vista a la elección presidencial de 2003. También los radicales ven avanzada la idea de un cambio institucional, pero ya descartan al gobernador chaqueño Angel Rozas, sobre todo por haber provocado el primer default en su provincia, y piensan más en el mandatario mendocino Roberto Iglesias.
La especulación con tantas variantes anómalas y de creación argentina sólo podría tener justificación si diera tiempo a una reactivación, el sueño del gobierno y del equipo económico. Pero ninguna empresa lo cree ni siquiera para el año próximo. Han pedido a sus proveedores que en 2002 bajen sus costos 20%, que es lo que estiman que podrían desvalorizarse los títulos públicos en circulación contra el peso. El LECOP, como uso generalizado, sería más efectivo que la simple espera actual sin destino conocido. Frenaría la venta de productos externos y estimularía las compras porque la gente se desprendería rápidamente del título por temor a que se devalúe. Doloroso, desde ya, pero mal menor.
Si cada provincia crea un título por sí misma, su uso se restringe a su territorio y esto crea nacionalismos privados dentro de la Nación. Es totalmente absurdo dejar avanzar títulos provinciales individuales. Sería una anarquía.
La Argentina estaría como la ex Unión Soviética a partir de 1993, cuando cayó el gobierno central en Moscú. Cada región emitía su propia moneda contra el rublo y en medio de esa anarquía monetaria generalizada las regiones terminaron transformándose en repúblicas independientes donde Moscú quedó sólo como capital de Rusia. Aquí no se llegaría a la autonomía de cada provincia pero sí a que la que tiene un bien de exportación importante se mueva con sus propios títulos internos como moneda especial y venda al exterior a precios en dólares. Pocas podrían sobrevivir en este cuadro de disgregación.
La continuidad de maniobras y planes y el ganar tiempo para lograr fines que no parecen posibles desalientan la inversión interna y desde el exterior. Salvo en propuestas que aprovechan, pero a la mitad del valor, un peso igual a un dólar. Y además es cruel oír que ni siquiera hay tiempo de apresurarse porque aun con la crisis actual en la Argentina se podrá comprar con más beneficio si se espera la declaración formal del default.
Capitales financieros no vendrán a este 7% con el único respaldo de una recaudación en merma. También en México -un país vecino que Estados Unidos nunca dejaría caer-los títulos públicos rinden 7% pero al inversor se le asegura el capital no con una recaudación sino directamente con aval del Tesoro norteamericano, y si mantiene el aporte durante 2 años el mismo Tesoro le resguarda el capital y los intereses devengados. Salvo el forzado por su tenencia actual, entonces, es rarísimo que alguien invierta en títulos argentinos.
La tenencia para bancos puede compensarse en balances si figura un préstamo. Pero para inversores no se da esa posibilidad, salvo público local que pueda aprovechar para adelantarle pagos de impuestos al Estado. El que no tiene esta obligación no gira su capital actual hacia la Argentina.
Queda, entonces, una espera sin destino cierto y dos posibilidades difíciles: devaluar mediante una tercera moneda aparte del dólar y el peso y cumplir con el déficit cero que sí despertaría la atención nuevamente de los organismos internacionales. Pero en un país donde no se puede hacer ni el censo porque los maestros supeditaron su aporte a exigencias salariales que el Estado no puede satisfacer, es difícil alcanzar estas metas de ahorro e inversión. Sólo quedaría el uso de los títulos como espera más útil que esta anodina actual, en medio de una anarquía de títulos provinciales.
A nivel de público inversor puede crecer la Bolsa a partir de la ventaja para las empresas que pueden entregar parte de sus acciones a valor libro a un fideicomiso para saldar sus deudas con la AFIP, o de la posibilidad de pagar deudas morosas a bancos con títulos públicos. Aunque esto último no sea un beneficio generalizado y ni siquiera posible si de la voluntad de los bancos depende. El gobierno emite decretos utópicos.
Cuando los precios de los títulos argentinos han caído tanto, en otra forma de inversión de ahorros los que esperan la recuperación aparecen con poca chance. Ha ganado el mercado el sector más especulativo que puede obtener rentas de 5% en una semana, cuando a nivel internacional, aunque con más seguridad en su inversión, tardaría dos años en conseguir, por caso en Estados Unidos. Pero las diferencias de precios y consiguiente toma de ganancias desalientan una recuperación firme. También porque el mismo tipo de especulador que domina estos mercados financieros en crisis es capaz de influenciar para un retroceso que le permita volver a obtener en el «serrucho» de cotizaciones otra diferencia rápida y repetirá el ciclo hasta saciarse.



