Tal vez haya que remontarse muy atrás para detectar una cumbre internacional de negocios en la que la imagen de la Argentina causara tanta desazón como la reunión del World Economic Forum que terminó este sábado en Davos. El país ya no despierta, por la dimensión de su crisis, sentimientos de conmiseración y solidaridad. La hecatombe se considera superada (por más que uno de los paneles preguntara: «¿Está la Argentina fuera de peligro inmediato?») y ahora lo que prevalece en todas las referencias es cierta animadversión por lo que se considera una actitud ventajera o maliciosa en la relación con los acreedores. Viejos conocidos del país, como Jacob Frenkel (fue el asesor de Domingo Cavallo para el megacanje) alimentaron esta corriente, lo que tal vez se explique por la exclusión de Merrill Lynch entre los operadores de la reestructuración. Es el banco para el que trabaja Frenkel.
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Bajo esa atmósfera cada día más extendida, habrá resultado más sorprendente todavía el desafío de Alfonso Prat-Gay, el presidente del Banco Central. Como si se regodeara en ir contra la corriente, este joven economista preguntó: «¿Cuál es el país que tuvo el mayor crecimiento económico de los últimos tres meses?; ¿cuál el de la tasa más baja de todos los tiempos?; ¿cuál el que tuvo un récord de superávit fiscal?». A cada pregunta la respuesta fue «la Argentina» y eso lo llevó a concluir: «Si no fuera porque estamos en default, los analistas de mercado debería estar viendo claramente que mi país está ante la posibilidad de un boom en 2004». Después, por si alguien pensó estar escuchando a un funcionario de un banco de inversión (Prat-Gay lo fue durante bastante tiempo) cortó con un «estos son hechos, no marketing».
Como en todas sus apariciones públicas, el titular del Central evitó hablar de la negociación de la deuda, escudándose en que es competencia del Ministerio de Economía. Apenas si comentó que debía haber una quita grande «porque de lo contrario estaremos sentándonos todos los años a ver si podemos o no pagar» y que «lo mejor que le puede pasar al país es cerrar un acuerdo rápidamente». Para salir de esa cuestión espinosa, a la que está abrazado Roberto Lavagna, colaboraron bastante los brasileños. Con ese entusiasmo bochinchero que le provee la nieve (y en Davos las pistas estuvieron este año como nunca), la comitiva verde y amarilla estuvo encabezada por el ministro de Industria, Luiz Fernando Furlan. Enemistado con Lavagna por la guerra textil, este ex ejecutivo de Sadia quedó fascinado por Prat-Gay. El argentino Antonio Estrany y Gendre, infaltable en estas tertulias internacionales, no salía de su asombro: «A ver si convencés a Henrique de bajar la tasa; ¿cuánto la bajaste esta semana?», fue el pedido de Furlan a Prat-Gay. «Henrique» es Meireles, presidente del Banco Central de Brasil, contra quien todo el empresariado de su país hace tiro al blanco por mantener alto el costo del dinero (la última reunión del Comité de Política Monetaria fijó la tasa anual en 16,5%).
Pero la tasa brasileña, la deuda y el sigiloso boom argentino fueron sólo tres de los temas que rodearon a Prat-Gay en Suiza. También debió hacer frente a uno de los principales reproches que se lanzan contra el país: la falta de reglas de juego, la transgresión permanente de la ley. «Estoy de acuerdo -se plegó el economista, con un inglés cultivado durante años en South Kensington-pero también hay que advertir que hay leyes inconsistentes, condenadas a ser ignoradas. En la Argentina había una ley de convertibilidad que imponía el uno a uno; otra de déficit cero, que era incoherente con la anterior e imposible de ser cumplida; y una ley por la cual todos los depositantes tenían derecho a retirar el dinero de sus cuentas al mismo tiempo, lo que contraría la lógica en que se funda el sistema financiero. Que ese sistema de leyes se derrumbaría no debía verse como un accidente; era casi un objetivo».
•Buena impresión
Además de la discusión sobre la Argentina, Prat-Gay tuvo otras participaciones en el encuentro de Suiza. Algunas, muy discretas, con Anne Krueger (FMI) y Alan Larson ( subsecretario de Estado para cuestiones comerciales y financieras), en las que seguramente habrá escuchado la misma rigidez que planteó John Snow sobre la negociación de la deuda y la recomposición de las tarifas de servicios públicos. Otras, menos reservadas, con George Soros y Joseph Stiglitz, quien comentó más tarde en el almuerzo la buena impresión recibida por el presidente del Central, «con quien estuvimos hablando largamente sobre financiamiento de pequeñas y medianas empresas», según dijo el Premio Nobel.
Finalmente, Prat-Gay también participó de un panel con Caio Koch-Weser (Ministro de Economía de Alemania), Alan Blinder (Universidad de Princeton) y Moisés Naim (editor de Foreign Policy Magazine), sobre una pregunta inquietante: ¿Qué sucedería si el dólar tuviera una caída adicional de 20%? Las opiniones se alinearon de manera más o menos previsible: habría una distribución del crecimiento en favor de los Estados Unidos, un beneficio derivado para América latina en detrimento de Asia y, casi seguramente, una corriente de compras de empresas norteamericanas por parte de europeos. Sin embargo, hubo una reflexión final más inquietante por parte de Prat-Gay, en coincidencia con un planteo de Kenneth Rogoff (ex Fondo, ahora en Harvard): «El exceso de liquidez anuncia otra burbuja; sabemos que la habrá pero no sabemos ni dónde ni cuándo».
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