Fue la mejor semana para la Bolsa desde abril. Un avance sólido y compacto que restableció la senda de los récords para el S&P 500 y el Dow Jones Industrial, la que estaba clausurada desde el 2 de junio. La desesperación de la Casa Blanca por reabrir el estrecho de Ormuz hundió el precio de la energía. El crudo Brent cayó casi 8%. No importa que Washington no participe de la negociación entre Irán y Omán por consensuar un régimen viable de navegación.
El presidente Trump y el secretario del Tesoro, Scott Bessent, predicaron toda la semana que habrá un acuerdo “en un día o dos”. Los mercados fingen demencia cuando les conviene. Saben que la iniciativa está hoy en manos de Teherán, dedujeron que la Casa Blanca, a esta altura, aceptará lo que le ofrezcan, y lo tomaron como un presupuesto válido para sus decisiones. Que la reapertura de Ormuz se concrete o no, está por verse. Y llevará su tiempo. Pero, la curva de bonos frenó, así, su alza incesante. Más importante que los récords de Wall Street es que se disipe la amenaza de una rabieta de los bonos – a la manera del “taper tantrum” que desencadenó Ben Bernanke (entonces al comando de la Fed) en mayo de 2013, y que sembró el pánico entre los inversores internacionales.
Que la curva de rendimientos desmonte su escalada es una preocupación central para Bessent. Más aún, después de su incursión para socorrer al yen japonés vendiendo los euros del Fondo de Estabilización del Tesoro. Debió ejecutar un diseño sinuoso que reveló el especial cuidado en no dañar a los bonos del Tesoro. Que la renta fija global se dé un respiro es, por cierto, el ingrediente clave que hará funcionar la intervención cambiaria.
Los bond vigilantes – que ahora también deben hacerle el trabajo sucio a la Fed de Warsh, por lo menos mientras dure su inmovilidad y no merme la inflación – le compraron la promesa a Bessent sin plantear objeciones. Nadie duda de que necesita que haya paz para que se calmen bonos y monedas. Un acuerdo con Irán y la consecuente caída del precio de la energía es la vía rápida para contener a la inflación y a las tasas cortas y largas, hacer viable el salvamento del yen al costo más bajo posible, y también para rescatar a Kevin Warsh de la trampa del offside en la que cayó en su segunda reunión al frente de la Fed. Todos objetivos muy valiosos de su cartera.
No hay mal que por bien no venga. EEUU destruyó 23 mil puestos netos de trabajo en julio cuando se esperaba la creación de 88 mil.
Las cifras van, de seguro, a revisarse. De hecho, las de mayo y junio se corrigieron. Eso sí, el signo es incierto. En este caso, fueron peores – 103 mil empleos menos – que lo publicado un mes atrás. ¿Cómo reaccionaron los mercados? Con un alivio notable. Las tasas de interés cayeron en el acto. La curva de rendimientos se retrajo de nuevo. Al cabo de la semana, según los plazos, entre 9 y 10 puntos base. Se quebró así el ascenso tenaz que había arrancado a fines de junio, y que todavía pende como una espada de Damocles.
La Bolsa, por su parte, festejó y aceleró el rally. El S&P 500 y el Russell 2000 crecieron 3,5% en la semana. El Nasdaq, más de 5%. El índice SOX (de semiconductores), lideró con una explosión de 9,2%. Sobre la salud de la economía, Wall Street no tiene dudas. Está convencida de su fortaleza, aunque se sofrene la creación de empleo (20 mil netos mensuales según el último promedio móvil trimestral). Confía en el poderío de la inteligencia artificial (IA); una tendencia que, por cierto, no hace especial hincapié en la expansión del empleo.
¿Serán rentables los data centers? Las inseguridades de junio y julio quedaron atrás después de una fortísima depuración bursátil, que tuvo a las acciones de semiconductores y de la IA como epicentro. Los papeles estrella fueron castigadas con saña. Los minoristas vendieron fuerte en la caída y achicaron tenencias. Y los fondos ETF apalancados perdieron más de 60 mil millones de dólares de activos desde su nivel pico en junio. El climax se produjo diez días atrás cuando un fondo estrella de IA, Situational Awareness, altamente apalancado y contra las cuerdas por los margin calls, debió malvender su portafolio líquido a Citadel. Ese reposicionamiento – el traspaso de dicha cartera en una única operación en bloque a manos muy firmes –gatilló el clic que relanzó el paso de los toros. Ya verán más adelante cómo se repagan las grandes inversiones de los hiperescaladores. Pero, si ahora las condiciones financieras se relajan, y se aplaca el escozor de los bonos, la trepada se facilitará todavía más.
Después del informe laboral, y aunque lo prometido por Bessent todavía es deuda, los futuros de Chicago recalcularon los pasos próximos de la Fed. La suba de un cuarto de punto en el mitin de septiembre ya no es el escenario favorito (cuenta sí con 43% de probabilidades). Que Kevin Warsh vuelva a dejar la tasa de fed funds donde se estacionó desde diciembre – en el rango 3,50% - 3,75% - luce hoy más probable (57%). El chairman, que está pagando el derecho de piso en su relación con los mercados (como lo hicieron todos sus antecesores), podrá cultivar su perfil de halcón, sin tener que actuar ni por ello desacreditarse. No fue una señal auspiciosa para su liderazgo que tres presidentes de distrito votasen en disidencia con su propuesta de tasas estables.
Pero, a buen entendedor, lo peor vino más tarde: otros dos, que carecen de voto, manifestaron después esa misma discrepancia en público. Al único efecto de que conste en registros. El que no calla, no otorga. Alberto Musalem, titular de la Fed de Saint Louis, resultó particularmente áspero. No solo dijo que la Fed debió haber aumentado la tasa. Advirtió que la caída posterior de los bonos señalaba la necesidad de que la Fed refuerce su credibilidad en la lucha contra la inflación. Pero si este miércoles la inflación al consumidor no arroja sorpresas, y mucho más si Trump y Bessent cumplen, Warsh podrá alegar que su decisión fue una demostración de prudencia y sagacidad.
Lo malo de la data dependencia de la Fed, dijo Warsh en la última reunión, es la data y la dependencia. Pues bien, es la data la que le ofrece, en su reflujo, una salida decorosa. Que se sepa que Trump lo consulta con frecuencia deja en pie la intriga sobre la dependencia. Sobre todo, porque no se informa en la agenda oficial y se conoció por filtraciones de terceros. Por eso mismo Warsh necesita, sí o sí, que la Casa Blanca consiga el bendito acuerdo con Irán. Una Fed inactiva hasta después de la elección se podrá justificar así por razones genuinas y no políticas.
Wall Street, se sabe, no precisa tanto. Si la IA es la fuerza de la naturaleza que preconiza, el rally podrá convivir con tasas más altas. Sería lógico que un salto de la productividad demande un aumento de la tasa de equilibrio real. Pero si el banco central se mantiene de brazos cruzados, y la curva de bonos no lo objeta, mucho mejor.