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12 de marzo 2020 - 00:00

Se busca psicoanalista para Wall Street

Aquello que no llegamos a comprender y aquello que aunque aprendido no llegamos a introducir en nuestro quehacer diario nos sorprende de manera siniestra a la vuelta de la esquina.

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Jacques Lacan.

Tras un par de días de los primeros claros síntomas de un enfriamiento global que todavía no ha comenzado porque las dos locomotoras que quedaban activas: Estados Unidos y China, aún no se han frenado del todo, se buscan explicaciones para lo que ha ocurrido y sigue aconteciendo. Era hora de que algo así ocurriera. Como decía el ilustre psicoanalista Jacques Lacan, “Lo que no se simboliza retorna desde lo real”. O sea, aquello que no llegamos a comprender, y aquello que aunque aprendido no llegamos a introducir en nuestro quehacer diario nos sorprende de manera siniestra a la vuelta de la esquina.

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¿Cómo es que esto ocurre? Pues bien, “el mercado” -por así llamarlo- ha venido financiando años y años el discurso crítico a veces ácido de economistas como Paul Krugman, Joseph Stiglitz , Naomi Klein y Thomas Piketty. Todos ellos han ganado fortunas -pagadas muy seguido por los propios mercados- exponiendo una y otra vez acerca de por qué la manera de actuar de la libre oferta y demanda en el mercado financiero puede llevar a graves crisis no solo económicas sino también sociales. “El mercado” escuchó a esos economistas pero no simbolizó lo que escuchó. Apenas sí lo comprendió. Y pensó, que como lo que se pretendía enunciar a manera de lección estaba comprendido…podía pasar al archivo. “El mercado” no actuó a consecuencia de lo que estos economistas denunciaban como elementos gestores de una crisis, sino todo lo contrario: curioseó en las tesis de los mismos para intentar encontrar elementos en sus argumentos que sirvieran para desbaratar sus teorías. Y ahora se paga caro. Veamos hasta dónde llega el desbalance. Pues bien, cierta lógica indicaría que los valores a los cuales pueden llegar las valuaciones bursátiles de las acciones deben corresponderse con el comportamiento de los PBI de los diversos países. Así, por ejemplo, si un país está en franca expansión de su PBI, su mercado bursátil debe experimentar una fuerte alza. Por lo contrario, si dicho país está en marcada recesión desde hace ya mucho tiempo el precio promedio de sus acciones bursátiles debe estar deprimido y estancado desde hace mucho.

Es difícil encontrar alguien que no crea esto. Sin embargo, los operadores financieros “dejaron correr” a las acciones de manera tal que mientras el PBI nominal norteamericano creció alrededor de 50% en la década entre 2019 y 2009, el índice Standard & Poors 500 -el más representativo de todos- creció desde los 948 puntos promedio del año 2009 hasta los 3225 puntos de la semana pasada. O sea, un incremento de 240 %. Obviamente, si la remuneración a todos los factores de la producción -incluyendo al capital- aumenta 50%, las valuaciones del mismo no pueden incrementarse cinco veces esa cifra. Sin embargo, cuando se esgrime este argumento surgen críticas que enuncian que la comparación es harto tramposa porque el 2009 fue un año artificialmente bajo para las acciones en general, que toda comparación con esa base carece de sentido, y que si por ejemplo tomamos en cuenta el año 2000, a inicios de milenio, como base nos encontraremos con la cifra inversa: el S&P 500 valía 2250 puntos antes de la caída de las “Punto Com”, por lo que -según esta línea de pensamiento- no existe ninguna burbuja accionaria de ningún tipo, dado que en lo que va del milenio la bolsa solo había subido 44% cuando el S&P 500 estaba en los 3250 puntos mientras que el PBI nominal norteamericano aumentó 110% en el mismo período. Con este contraargumento los mercados aún tendrían enorme trecho para correr.

Así dadas las cosas, si no podemos establecer una base sólida de comparación es imposible saber si estamos frente a un mercado accionario sobrevaluado o uno subvaluado. ¿Cuál es una base apropiada? La misma es muy probablemente el año 1981, que es cuando comienza la era de Ronald Reagan y las “reaganomics” invaden conceptualmente no solo todo Estados Unidos sino también el mundo. Ese año comienza una verdadera revolución intelectual a nivel mundial. Los mercados accionarios dejan de ser tomados como una forma de inútil especulación financiera y comienzan a ser vistos como la más genuina y pura expresión de las fuerzas creativas del capitalismo. Además, ese año sirve muy bien como base de comparación por otros factores: no es una fecha de comparación “baja” dado que su promedio es mucho más alto que los años de las eras Ford y Carter y además por primera vez nos encontramos con las reglas de juego procapitalistas que imperan hoy. ¿Qué encontramos con la comparación? Pues bien, el PBI norteamericano era de 3,2 trillones de dólares en aquel año, por lo que desde esa fecha hasta hoy se incrementó en un 570% en términos nominales. ¿Y la Bolsa? Pues bien, el índice S&P 500 en aquel año era en promedio de ¡130! Sí, solo de 130, por lo que en los 40 años que llevamos de revolución liberalizadora de los mercados las acciones subieron en promedio la friolera de 2500%.

O sea que el PBI se quintuplicó, y las acciones a su vez quintuplicaron el crecimiento del PBI. Cuesta comprender como puede ser que si en la economía real el capital recibe una remuneración de 500% en 40 años, la valuación de ese mismo capital pueda aumentar 2500%. Nadie mejor que un psicoanalista para explicarlo. Lacan quizás diría como alguna vez dijo que “Uno recibe del otro su propio mensaje de manera invertida”. O sea, los inversores bursátiles en su afán de ganar dinero se lanzaron a una loca carrera compradora de activos líquidos pagando cualquier precio porque solo veían lo que querían -o podían ver. Y querían ver que los árboles crezcan hasta el cielo – como en realidad crecieron – tomando todo argumento en favor de la mesura, la espera o incluso la venta como argumento en favor de la compra desenfrenada. Así por ejemplo, si el PBI crecía había argumentos para comprar porque las empresas ganarían más, y si el PBI se estancaba había argumentos para comprar anticipando la salida de la recesión. Si las tasas de interés bajaban había motivos para comprar porque los préstamos eran más baratos y si las tasas subían también había argumentos, incluso dobles, para comprar porque si ello pasaba era porque se crecía fuerte y porque había que anticipar que en el futuro las tasas habrían de bajar. Como se dice vulgarmente, a los mercados de Wall Street “cualquier tren los deja bien” a la hora de comprar acciones para ganar. Y no nos engañemos: esta estructura psíquica que campea en el capitalismo financiero no va a desaparecer ni a modificarse por esta baja – hasta ahora circunstancial – por la sencilla razón de que no puede haber real aprendizaje, o sea simbolización de la situación, cuando todo está hecho, preparado y condimentado para que todo funcione al alza. Los inversores ganan cuando la Bolsa sube, los accionistas de bancos y fondos de inversión solo ganan cuando todo sube y hasta el management – los gerentes – de esos mismos fondos de inversión solo ganan, dado que los bonus superan por gran distancia a los salarios, cuando todo sube. Si Wall Street baja, todos pierden. Hoy Wall Street no podría subsistir tal como está diseñado con un mercado que cese de subir por tiempo prolongado. Si se sigue por esta línea de pensamiento solo cabe concluir que en algún momento del tiempo – nadie puede saber cuando – sucederá algún hecho que obligue a hacer cambios reales mucho más profundos que los parches que se pusieron en 2009 con el presumible objetivo de balancear el desbalance alcista que hasta el 2008 tenían los mercado. Las mismas solo han implicado, con el paso del tiempo alzas aún más brutales que las que se habían vivido hasta aquel año. Como dijo una vez también Lacan. “Si usted cree que me comprendió, seguramente es porque no me entendió lo que dije”.

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Walter Graziano y Asociados

macroeconomía - finanzas -
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