Azar y Miño: la seducción de las vanguardias rusas

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La semana pasada en la Fundación Federico Klemm, Amadeo Azar y Jorge Miño presentaron "Los restos del triunfo (dos x tres)", una exhibición donde las obras de ambos se mimetizan y potencian a través del trabajo conjunto. El tema que los une es la mutua admiración por las obras de las primeras vanguardias del siglo XX, período de la historia que, en los días que corren, ejerce seducción y suma devociones en las nuevas generaciones de artistas. A partir de su aprecio genuino, Azar y Miño decidieron convertirlo en motivo de su producción. Azar aportó las acuarelas, los papeles plegados y las construcciones en madera; Miño, los enfoques y las distorsiones de sus fotografías. Primero revisaron la relación de las vanguardias con el diseño, la pintura y la fotografía; luego, investigaron obras de artistas como Lazlo Moholy Nagy, El Lissitzky, Gustav Klutsis, Antón Pevsner y, entre otros, Naum Gabo. Supieron de un tiempo en el cual, el arte y la vida habían tomado caminos diferentes y, sobre todo, investigaron el gran logro de las vanguardias: la inauguración del momento donde se volvieron a reunir.

El cineasta Sergei Eisenstein brinda en sus escritos un sorprendente testimonio del arte palpitando al mismo ritmo de la vida, cuando visita a Malevich y El Lissitzky en la Escuela de Arte de Vitebsk. Allí descubrió Eisenstein una ciudad íntegramente invadida por murales abstractos de Malevich. Al describir esta visión, el cineasta no ocultó el placer que el suprematismo le había deparado: "Una ciudad de provincias peculiar. Como tantas otras ciudades al oeste del país, edificada con ladrillos rojos. Tiznada de hollín, deprimente. Pero hay algo muy extraño en esta ciudad. En las calles principales, los ladrillos rojos están pintados de blanco. Y sobre este fondo blanco, hay círculos verdes, por todas partes. Cuadrados naranjas. Rectángulos azules. Esto es Vitebsk en el año 1920. El pincel de Kassimir Malevich se ha posado sobre las paredes de ladrillos. Ante los ojos se nos presentan círculos naranjas, cuadrados rojos y trapecios verdes. El confeti del Suprematismo esparcido por las calles de una ciudad atónita".

Miño
es un fotógrafo dedicado a la arquitectura y en sus imágenes se perciben los rastros de determinadas formas estilísticas, desde las de la célebre torre de Vladimir Tatlin a las de la Bauhaus, las de Albert Speer, Salamone o Niemeyer. En el fondo de la sala se divisa una imagen poderosa: un techo conformado por inmensos cubos de cemento. El dibujo de las líneas de la estructura oficia de guía para la mirada, la arrastra hacia un vértice ilusorio. El punto de fuga está fuera de la composición, pero el ojo tiende sin embargo a buscarlo. La perfección del diseño de la perspectiva monofocal, ejerce una atracción potenciada por las fuerza del áspero material. El enfoque cenital de esa arquitectura encajonada le confiere a la foto una dimensión monumental. La lente es el ojo del escultor.

Azar, por su parte, intervino con pliegues una serie de fotos de Miño. "Mis acuarelas plegadas forman parte de una investigación que consiste en hacer avanzar el dibujo en el espacio", señala Azar. "Tomando elementos de mis obras, como el degradé de color, los cortes y plegados, comencé a forzar los límites del dibujo. En los pliegues que presento ahora el degradé de la acuarela va desde el rojo al blanco y luego al gris oscuro", agrega.

Hace unos meses, Azar y Miño comenzaron a reunirse una vez por semana y en cada encuentro ajustaban un poco más las piezas que hoy encajan a la perfección. "Pensamos en una obra de estructuras de madera, la ideamos como un proceso de desaparición de la fotografía en nueve pasos, hasta que tan sólo las líneas puras quedan a la vista", aclara Azar.

Luego, dominando la sala, medio centenar de obras de breve formato cubren toda una pared. Y es preciso acercarse para advertir quién es quién, cuáles son acuarelas y cuáles fotografías. Las obras se han mimetizado al punto de parecer creaciones de un solo autor.

No es una novedad ver a dos artistas trabajando en la misma obra, así lo hicieron Warhol y Basquiat o, sin ir tan lejos, Guillermo Kuitca y Alfredo Prior. Al igual que ellos, Azar y Miño han ganado con la alianza. Pero el arte en colaboración no es algo fácil. De hecho, cuando a Warhol y Basquiat se sumó Clemente o, cuando Prior trabajó con Nahuel Vecino, los resultados no fueron los mejores. En la muestra "Los restos del triunfo (dos x tres)", la producción de ese tercer artista surgido por obra y gracia de los dos que conocemos, adquirió su propia identidad y se tornó totalmente abstracto.

El arte de este tercero le ha otorgado a la actividad manual el mismo valor que a la intelectual, sus expresiones son delicadas y discretas y su valor reside en la jerarquía que adquieren detalles casi imperceptibles. De este modo, el tercero en cuestión toma distancia de sus creadores y, en sus obras, lo insignificante adquiere el mayor sentido. Alguien dijo que en el mundo actual, la delicadeza tiene un carácter subversivo.

La muestra se destaca por su gran atractivo visual. Hay líneas cargadas de energía, rojos vibrantes, formas decorativas, dinámicas, bellas y, más que nada, gratas para la mirada del espectador.

El trabajo en colaboración literaria resulta en ocasiones afín al de las bellas artes. Cuando Borges presentó sus trabajos con la colaboración de Adolfo Bioy Casares, Betina Edelberg, Margarita Guerrero, Alicia Jurado, María Kodama y María Esther Vázquez, se burla primero del narrador santafecino Bustos Domecq, "tan calumniado por Bioy Casares y por Borges, que le reprochan su barroca vulgaridad" y, luego, escribe: "Hacia 1884, el doctor Henry Jekyll, mediante un modus operandi que se abstuvo de revelar, se transformó en el señor Hyde. Era uno y fue dos. El arte de la colaboración literaria es el de ejecutar el milagro inverso: lograr que dos sean uno. Somos todo el pasado, somos nuestra sangre, somos la gente que hemos visto morir, somos los libros que nos han mejorado, somos gratamente los otros".

El antecedente más cercano de Azar y Miño es el grupo santafesino La Herrmana Favorita integrado por Ángeles Ascúa, Juan Manuel Brandazza, Joaquín Boz y Florencia Caterina, quienes durante un viaje a Praga, encontraron una versión local del movimiento cubista. Los santafesinos investigaron un grupo de arquitectos checos cuyas obras se remontaban a 1910, a varios años antes de la fundación de la Escuela Bauhaus (1919).

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