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Bachelet busca domingo su regreso al poder. ¿Evitará un balotaje?
La expresidenta Bachelet conquistó a gran parte del electorado con un renovado discurso, mucho más reformista de lo que fue su primer Gobierno.
Aunque todos los sondeos resolvieron de forma unánime que la médica de 62 años ganará la contienda, sí hay diferencias sobre el caudal de votos que recibirá. La campaña electoral cerró ayer sin que aún estuviera claro si lograría superar el 50% de los votos en primera ronda. Así, hay consultoras que ubicaron a la candidata socialista entre el 35% y el 47% de los respaldos, mientras que la oficialista Evelyn Matthei cosechaba entre el 12,3% y el 22%.
La incertidumbre se origina por la irrupción del voto voluntario con inscripción automática por primera vez en comicios generales, y que suma al padrón a 5 millones de personas.
De mantenerse las cifras de los comicios municipales del año pasado (60% de abstención), los observadores sostienen que aumentan las opciones de Bachelet para imponerse en la primera vuelta. De lo contrario, con las urnas llenas, la derecha podría sobrevivir a esta instancia y acomodarse para un balotaje, que se realizaría el 15 de diciembre.
Bachelet y Matthei fueron amigas durante su infancia -convivían en la base aérea de Cerro Moreno, en Antofagasta- pero el golpe de Estado contra el presidente Salvador Allende, el 11 de septiembre de 1973, las alejó de por vida y las colocó en las antípodas de la política. Alberto Bachelet, padre de la exmandataria, fue apresado ese mismo día y torturado hasta la muerte, meses más tarde, por mantenerse fiel al gobierno derrocado. Mientras que Fernando Matthei dirigió la Academia de Guerra Aérea -en cuyos subterráneos estuvo detenido Bachelet- y luego formó parte de la Junta Militar del régimen. Desde la derecha, Matthei enfrenta hoy a la candidata socialista, mientras su padre carga aún cierto remordimiento por no haber tenido ningún gesto con su amigo Bachelet. "La prudencia primó sobre el coraje", dijo Matthei sobre aquel episodio.
Las dos candidatas cerraban anoche los tres meses de reyerta electoral con dos fastuosos actos: Matthei en la ciudad de Chillan, en la región del BioBío, mientras que la expresidenta se despedía en Quinta Normal, en la zona metropolitana de Santiago.
Estos comicios presidenciales suceden a las manifestaciones sociales que nacieron con el Gobierno de Sebastián Piñera, y que opacaron los logros de su gestión. La disconformidad que nació de la mano de los estudiantes universitarios, pronto se trasladó a otros sectores y derivó en un reclamo amplio por el fin de la desigualdad en un país que presume de cifras macroeconómicas únicas en la región. Las protestas dieron tregua, pero la disconformidad por las instituciones persiste.
El gobierno ostenta sus cifras: su inflación se ubica en torno al 3% anual, y el desempleo es inferior al 6%. Asimismo, ha gozado de un crecimiento récord en los últimos años de la mano del boom de la exportación del cobre y que en 2010 le valió la entrada A la OCDE, el selecto grupo de países más desarrollados del mundo. Pero la supuesta salud que exhibe es superficial. Chile también es uno de los países con mayor desigualdad. La mitad de la población vive con 500 dólares al mes, una cifra baja para el costo de vida local. Además, el 1% más rico de la población, acumula un 31,5% de los ingresos totales.
Bachelet apunta llegar a La Moneda con un programa tan variopinto como su coalición. La ex Concertación ha llevado al Partido Comunista a sus filas, una incorporación con la que intenta enterrar su anterior administración y que le dé el puntapié para instalar un nuevo poder político reformista, inédito desde el retorno a la democracia en 1990.
La jugada de Bachelet toca temas tabú dentro de los sistemas políticos y económicos que han ganado el beneplácito internacional. Es por ello que la iniciativa para la realización de una Asamblea Constituyente, ha empujado a algunos sectores a temer una copia cuasi chavista, como la que se vio en Venezuela, Bolivia y Ecuador.
De esa medida fundamental también depende la reforma tributaria, que le cortaría alas a las empresas que han operado libremente los recursos nacionales y obtenido beneficios desmedidos. Bachelet pretende con la nueva recaudación financiar la universidad pública y poner patas para arriba al "milagroso modelo", que durante 40 años ha hecho funcionar a la economía chilena. Las masas anhelan un sistema más distributivo que los involucre en la prosperidad y que permita el crecimiento de la industria nacional. Pero un cambio estructural de este tamaño podría demorar años en poder ponerse en práctica, es por eso que los analistas temen que Bachelet se haya llenado la boca, pero no las manos.
*Enviada especial


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